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Delicias

MENSAJE DOMINICAL

Pbro. José Luis Armendáriz Tarango | Lunes 15 Octubre 2018 | 16:41 hrs

 

 

LA MIRADA DE JESÚS

 

Queridos hermanos:

Tener a Cristo es poseerlo todo, pues con Él nos llegan todos los bienes. Por eso cometemos la mayor necedad cuando preferimos algo (honor, riqueza, salud...) a Cristo mismo que nos visita. Nada vale la pena sin el Maestro.

Jesús miró con un gran aprecio a este joven que se le acercaba. Y le invitó: “Sígueme. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor!” Es la invitación que quizá nosotros hemos recibido... ¡y le hemos seguido! “Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido  desde la eternidad. Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota (...); entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir”.

Cada uno recibe una llamada particular del Maestro, y en la respuesta a esta invitación se contienen toda la paz y la felicidad verdaderas. La auténtica sabiduría consiste en decir sí a cada una de las invitaciones que Cristo, Sabiduría infinita, nos hace a lo largo de la vida, pues Él sigue recorriendo nuestras calles y plazas. Cristo vive y llama. Un día, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de Él. Es la alegría de la entrega, ¡tan opuesta a la tristeza que anegó el alma del joven rico, que no quiso corresponder a la llamada del Maestro!

Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo; luego ven y sígueme, le dijo Jesús a este joven que tenía muchos bienes. Y las palabras que debían comunicarle una inmensa alegría, le dejaron en el alma una gran tristeza: afligido por estas palabras, se marchó triste. “La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente”. Si notamos en nuestro corazón una renuncia de tristeza es posible que se deba a que el Señor nos esté pidiendo algo y nos neguemos a dárselo, a que no hayamos terminado de dejar libre el corazón de ataduras para seguirle plenamente.

Ven y sígueme. ¡Cómo estarían todos esperando la respuesta del joven! Esta invitación llevaba consigo acompañarle en su ministerio, escuchar su doctrina y a veces una explicación más pausada, imitar su modo de vida... Después de la Ascensión de Jesús a los Cielos, el seguimiento no es, lógicamente, acompañarle por los caminos y aldeas de Palestina, sino permanecer allí donde Él nos encontró, en medio del mundo, y hacer nuestra su vida y su doctrina, comunicarnos con Él mediante la oración, tenerle presente en el trabajo, en el descanso, en las alegrías y en las penas..., darlo a conocer con el testimonio alegre de una vida corriente y con la palabra. Seguir al Señor comporta un ponerse en camino, es decir, la exigencia de una vida de empeño y de lucha por imitar al Maestro. En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Él no deja de llamarnos para emprender el camino de la santidad siguiendo sus pasos. Ahora, también Jesús viene y llama. Es el mismo que recorría los caminos de Palestina. No dejemos pasar las oportunidades que nos brinda.

¡Feliz domingo para todos, llevemos bendiciones a nuestra familia de parte de Dios!

 

Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe

 

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