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Deportes

50 años del Coloso de Santa Úrsula

Excélsior | Domingo 29 Mayo 2016 | 07:35 hrs

Agencias |

El alarido del gol

Arlindo fue el primer anotador en el Estadio Azteca. Zague el segundo y Roberto Martínez, dos días después, fue el primer mexicano en poner la pelota en las redes

La noche anterior al primer gol en el Estadio Azteca, Arlindo Dos Santos miraba el techo de la habitación. Eran las cuatro de la madrugada y afuera hacía un calor demoniaco que traspasaba las paredes del hotel. No podía dormir de la emoción.



“Cuando llegué a México, en 1964, no se hablaba de que el Azteca iba a ser la casa del América. Me llevaron como turista para mostrármelo. No dormí nada pensando jugadas en mi cabeza, imaginando el gol. Cuando lo metí, una parte de mí descansó”, relata Arlindo desde su trabajo en el Sindicato de la Procuraduría General de Justicia.

Bromea porque se acercó con sigilo para sorprender a la historia: “Tenía algo a favor, toda la noche me la pasé pidiendo a Dios que me hiciera el anotador, entonces creo que por eso me tocó. Lo molesté tanto, que cedió”.

Llevaba una medalla de la Virgen de Guadalupe que le regaló una amistad muy querida “y lo primero que hice fue besarla”. Con los años, esa alhaja de 14 kilates se le extravió en un juego recreativo en Tepotzotlán, en una cancha crecida que la devoró sin piedad.

Pero el día en que Arlindo anotó el primer gol en el Azteca ante el Torino, un domingo a las 13:07 horas, otro delantero brasileño hizo el segundo para el América, José Alves Zague. “Es que el presidente Gustavo Díaz Ordaz llegó tarde de San Ángel. Lo vimos de cerca dar la patada inicial en medio de una rechifla fuerte, nunca me había tocado que silbaran tantas personas. Era un día de fiesta y color, de mucho sol y calor, un carnaval”, relata Zague, desde Sao Paulo.

Curiosamente ambos son de Bahía, Salvador, en Brasil y, paradójicamente, hace 50 años, en un domingo como hoy, anotaron en la inauguración del Azteca y jugaron baraja por la noche.

“Es que éramos vecinos en la colonia Nápoles y la verdad es que fue una emoción muy grande”, relata Zague. “Jugábamos muy bien los dos al futbol. El tiro de Arlindo fue a pase de Vavá, y yo anoté de punterazo casi frente al portero. No nos dijimos mucho en el vestidor, porque nos conocíamos bien. En ese momento no pasa por la mente que quedas registrado en la historia. Quedamos de vernos por la noche para jugar baraja”, cuenta Zague.

El fuerte alarido de los primeros goles en el Estadio Azteca del 29 de mayo de 1966 se ahogó con la noche. El éxito estaba consumado y los protagonistas enmarcados para siempre.

Arlindo cuenta que hubo varias circunstancias diferentes. “Por ejemplo, ese día me dieron la camiseta 10 cuando usaba siempre la 8, pero no sé por qué”. Por su parte, Zague recuerda que días antes iban a entrenar en el Azteca, pero prefirieron quedarse en las instalaciones del América, en Tlalpan 3000.

“Lo que supimos es que un grupo de ingenieros después de poner la cancha hizo un partido ante los albañiles, entonces seguro que ahí existió el primer gol, pero el oficial fue el de Arlindo y el mío como segundo.”

La creación del Azteca como labor titánica y mitológica del futbol fue apadrinada por los equipos capitalinos: América, Necaxa y Atlante ante el Torino de Italia y el Valencia de España. Los cremas fueron los elegidos para abrir por ser el equipo más longevo.

Dos días después, el Necaxa entró a escena contra el Valencia y un mexicano se haría presente, obsesionado por un premio que vio en la mañana anunciado en las páginas de El Periódico de la Vida Nacional.

Era Roberto Martínez, un tipo religioso que fue a misa de ocho y regresó con sus compañeros para ir al Azteca. Le apodaban el Loco, por la canción de Javier Solís, con quien tenía una amistad incipiente. Tras jugar ese 5 de junio y anotar, se le pondría otro mote, el Cañabrava.

“Era sobrecogedor, se me dispararon los vellos de los brazos de la emoción al salir a la cancha. Habían publicado en el Excélsior un recuadro donde donaban un trofeo al primer anotador mexicano. Me lo enseñó nuestro defensa Francisco Majewski. Me ilusioné. Total, que en una jugada el centro delantero Peniche se pasó a mi banda derecha, me cayó raro porque en ese tiempo nadie se movía de su posición y envió el centro, corrí al área y le gané en el salto al portero español Pesudo para rematar de cabeza. Cuando veo la bola adentro grité: ‘¡Fui yo, fui yo!’ Dos días después me premiaron en el cine Orfeón, momentos antes de exhibir la película Cañabrava, por eso también me apodaron así.”

Arlindo recuerda al Azteca sin techo, “con vestidores muy modestos, apenas un tablón atravesado, nada glamoroso, no como ahora, pero mágico, el estadio más maravilloso”.

Zague lo perfila como un nudo en su corazón, “es parte de los mexicanos, de lo bello que es el pueblo con el futbol”. Y Cañabrava muerde el ajo por no tener una placa que lo recuerde, “por eso les quité la camiseta que les había donado”.

Chávez, Púas, Saldívar...

Los golpes del recuerdo

El boxeo, otro deporte que se instaló en el corazón de los mexicanos, ofreció en el Estadio Azteca veladas inolvidables con los grandes ídolos

Rebelándose contra sus propias tesis, el Estadio Azteca se convirtió también en uno de los más grandes aforos para el boxeo. El corazón del barrio, que llama a ver a los boxeadores de cerca, miró a a los grandes ídolos subidos en un ring en donde estaría el circulo del campo de futbol.



Un año después de su inauguración, en 1967, la trilogía de ídolos presentaron una magna función: Vicente Saldívar, Jesús Castillo y Rubén Púas Olivares defendieron su honor y títulos ante más de 40 mil personas. Fue apoteósica la conexión mágica entre aficionados que se sentían en un doble contexto, sentados en ring side pero también pisando la cancha sagrada del inmueble.

De aquella pelea estelar que ganó Saldívar en el úndecimo round a Howard Winstone, en la que defendió su título de peso pluma, escribiría Manuel Seyde para Excélsior: “Inmediatamente de que se declaró el nocaut técnico, Saldívar pidió el micrófono del sonido local y anunció al público que ésta fue su última pelea, y el entusiasmo que había estallado en el enorme lugar se acalló súbitamente”.

Aunque en el vestidor insistió en que colgaba los guantes, lo de Saldívar fue un amague.  Siempre le funcionó su valentía apresurada con el condimento del arrojo pero hizo cinco peleas más hasta retirarse, en 1973, en Bahía, Brasil.

De Púas Olivares, un talentoso de la colonia Bondojito que llegó como ídolo de los jóvenes con 31 peleas, habló Ramón Márquez en una crónica deliciosa tras vencer a Ushiwakamuru Harada en el segundo asalto de una pelea pactada a diez. “Olivares, el chamaco del futuro, agregó un eslabón más a su larga e impresionante carrera: 26 triunfos antes del límite y uno por decisión. La de ayer, sin embargo, fue la más trascendental. Se enfrentó a un rival que hasta hace poco ostentó la corona de campeón mosca de Japón”.

Chávez y el vértigo

La imagen del Azteca al borde del colapso y el vértigo quedó como una estampa para el récord.

Jamás han vuelto a citarse en su interior 132 mil 274 personas para un evento deportivo. ¿El culpable? Julio César Chávez, el ídolo, el hombre que jamás bajaba los brazos y que sabía que no rendirse y el talento han sido una buena combinación.

“Me cayó como bomba la noticia de pelear en el Azteca. En Las Vegas, sinceramente no le creía a Don King cuando me enseñó el contrato que había firmado con Emilio Azcárraga Milmo”, recuerda Chávez. Entonces comenzó la preparación, “bien motivado, aunque con muchos nervios, porque si no lo llenaba me tocaría hacer el ridículo. Sinceramente no creí que fueran ir tantas personas. A veces me dormía pensando que estarían 100 o 200, nada más”.

Pero el Azteca entró en ebullición el 20 de febrero de 1993. Los malos augurios que tenía Chávez se cayeron en retazos al verlo lleno. Además estaba enfurecido con su rival Greg Haugen, que había insultado a los mexicanos y a él mismo diciendo que le había ganado “a puros taxistas”. Lo noqueó sin misericordía en seis rounds.

“Lo más desagradable que recuerdo fue llegar del camerino al ring. No se podía caminar, la gente me quería tocar. Siempre el camino al ring dura en promedio tres minutos, si es que el lugar está abarrotado, pero en el Azteca tardé 13 minutos y lo peor, iba con mis hijos Julio y Omar, que estaban chiquitos, los llevaban a hombros, me daba miedo que les sucediera algo. Pero al llegar al ring sentí el apoyo y la ovación”, refiere.

Examen de ingreso a la UNAM

Un largo silencio

Entre 1969 y 1987, el responsable del sonido local del Estadio Azteca, en el mes de marzo, se olvidaba de anunciar las alineaciones del partido para dar instrucciones a los estudiantes que aspiraban a estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México.



Los alumnos, el día que entregaban la solicitud para el examen, recibían un sobre cerrado y un boleto que indicaba el número de asiento que debían ocupar en el estadio con la hora de la prueba. En el trayecto, desde cuadras antes, se instruía a los aspirantes por cuál de las puertas debían entrar y en los pasillos, que dan acceso a la zona general del Azteca, se entregaba una tabla de madera para que se pudieran recargar a la hora de escribir las respuestas.

En el momento en que se daba la orden de iniciar se escuchaba el eco de más de 10 mil aspirantes rompiendo el sobre que contenía las preguntas y la hoja de respuestas. Después de eso, un largo silencio y concentración.

La idea de hacer el examen en el Estadio Azteca surgió durante la gestión del rector Javier Barrios Sierra, siguió con la tradición su sucesor Pablo González Casanova y luego Guillermo Soberón Acevedo junto con Octavio Rivero Serrano, además de Jorge Carpizo Macgregor, continuaron con el ritual de llenar la zona general del inmueble para, por cuatro horas, convertirla en un salón de clases.

Carlos Alberto

El Azteca se hizo brasileño

Algo en concreto les pidió Pelé a sus compañeros dos meses antes del Mundial de México 70. En una breve reunión de vestidor en Sao Paulo les dijo que iba a ser su última Copa del Mundo y quería ganarla manteniéndose fiel al futbol que había practicado toda su vida.



“Del Azteca recuerdo muchas cosas”, relata Carlos Alberto; “pero el último gol en la final ante Italia fue lo mejor, venimos tocando la pelota todos desde atrás, fueron 16 pases en total. El sentimiento que me queda de este estadio es mágico por la energía de la gente”, recuerda.

De principio, en aquel 1970, a los brasileños no les impactó tanto el Estadio Azteca. “Teníamos el Maracaná, que era una gigantesca olla de presión”, dice Carlos Alberto, el capitán de aquella selección verdeamarela. Además, se habían acostumbrado a jugar bajo el cobijo del calor del Estadio Jalisco.

Pelé, que con su estilo rápido y de frases cortas apadrinaba cada movimiento de la selección brasileña dijo, al llegar: “Es bonito, muy bonito”, según recuerda Carlos Alberto, quien señala que sin O Rei jamás hubieran sido campeones en el Azteca.

Eran los años también de la dictadura militar en Brasil de Emílio Garrastazu Médici, “lo sabíamos bien, pero no podíamos hacer nada. Salíamos a jugar sin tratar de pensar en los problemas políticos que atravesaba el país, pero creyendo que un triunfo nuestro aliviaría muchas penas entre los ciudadanos, por eso intentamos dar lo mejor, sobre todo en la final. Para los brasileños de aquella generación quedó el Estadio Azteca como muestra de un mejor futuro y el recuerdo bello del futbol. Hace dos años pude visitarlo de nueva cuenta. Desde 1970 no volvía y en 2014 me invitaron para hacer unos comerciales y lo vi lindo como la primera vez”, señala.

La verdeamarela, que luchó hasta el último aliento, pasó todos los partidos en el Estadio Jalisco, con excepción de la final ante Italia. El último partido de aquel Mundial fue un concierto de los brasileños, arte que los encumbró para siempre en la memoria colectiva del futbol.

“Me tocó cargar la Copa”, rememora Carlos Alberto; “es una impresión que se queda para siempre y particularmente en mi caso por ser un capitán bastante joven de una selección de consagrados como Pelé, Zagallo, Gerson o Tostao”.

Carlos Alberto fue el anotador final y se le quedó grabado el apoyo de la afición mexicana que los hizo sentirse en una porción de Brasil. El camino ascendiendo a las tribunas, rodeado de papelillos, a los lejos Pelé con el sombrero charro y él con la bella Copa en las manos.

 

Jorge Valdano

Estadio de la fe

Existen ocasiones en las que no se envejece con el recuerdo, sino que rememorar hace que la juventud se quede pasmada, como congelada en el tiempo. Le sucede a Jorge Valdano cuando habla del Estadio Azteca, “un experimento arquitectónico que nos llena de fe a los argentinos”.



Hace 30 años fue campeón del mundo ahí, junto a Diego Maradona. El gol de Jorge Burruchaga destapó la presión de un partido que los alemanes llevaron al extremo del cansancio y el límite.

“Mi sensación es que no han pasado 30 años. Si me dices que fue el año pasado, estoy en condiciones de creérmelo.  El tiempo en el futbol corre de diferentes maneras, depende de si vas ganando o perdiendo el partido, pero, en tal caso, existen templos que hacen que el tiempo se detenga.”

Un argentino experimenta todas las sensaciones al pasar por el Azteca. Es una mixtura de fibras suaves y auténticas que van desde la admiración hasta la nostalgia. Para Valdano, el cúmulo de sentimientos se pueden atrapar en un cajón, pero tarde o temprano saltan al aire con el recuerdo.

“No se puede olvidar una mansión tan bella del futbol como si nada pasara. Trata uno de acumular hasta los pequeños detalles pero se van escapando. Lo que queda es esa sensación de eternidad por haber conquistado la Copa del Mundo en un símbolo tan gigantesco como ése.”

El tiempo pasa rápido cuando las sensaciones son tan grandes, “aunque ahora vivimos en un punto de ansiedad. En aquel 1986 vivíamos en el punto de la felicidad”.



 

La voz de Melquiades Sánchez

“Gol anotado por...”

La voz de Melquiades Sánchez Orozco tiene un efecto mágico. Aquel que lo escucha de inmediato se imagina en el Estadio Azteca, mientras la voz local inicia su letanía: “Brandy Bobadilla 103 informa” y “mete un golazo Tutsi-Pop”, hasta el éxtasis del “gol anotado por”. Así ha sido a lo largo de los 50 años del inmueble de Santa Úrsula, en el que el veterano de ochenta y tantos años ha sido testigo y vocero de batallas históricas como El Juego del Siglo entre la Italia de Luigi Riva y la Alemania de Franz Beckenbauer, el triunfo en la final de la verdeamarela de Pelé, así como la Mano de Dios con la complicidad de Diego Armando Maradona.



 

 

“Han pasado tantas cosas”, comenta el también popular Perraco, quien le ha dado voz al Azteca, un coloso cincuentón por el que han pasado leyendas del balompié, así como personajes de distintos ámbitos.

Y todo sucedió de una manera extraña. “Yo le hacía a eso de arreglar cosas electrónicas en Tepic y un día fui a arreglar una bocina afuera de la estación de radio XERK. Me confundieron con un locutor que iba a prueba y no les pude decir que no. Pronto estaría en México, en Sistema Radiópolis, y me habían invitado a vender palcos y plateas para un nuevo estadio que se construía en el Distrito Federal. No vendí ninguno, pero el destino me tenía preparado otro puesto: sería la voz del Estadio Azteca”.



Confiesa que no le tocó la inauguración, pero a la siguiente semana recibió un llamado para hacerse cargo del sonido local del Azteca. “Pensé que era broma”. Después se dio cuenta que la invitación era real, aunque “no imaginé que al Azteca le dedicaría los siguientes 50 años de mi vida. Ha sido una gran experiencia”.

Una voz prestada también para el Canal Cinco, para avisos a la comunidad. “Solicitamos su colaboración para localizar a la niña Rocío, quien sufre de sus facultades mentales”. Melquiades explica que antes también anunciaba programas: “Nuestro siguiente programa, Don Gato y su pandilla; inmediatamente después, Los Picapiedra”.

Y tal ha sido la fuerza de su voz que la gente, cuando lo identifica, le pide les grabe aquello del niño perdido para un hijo o un amigo, con todo y que “sufre de sus facultades mentales”.

“¿Qué ha cambiado de 50 años para acá? Bueno, yo miraba los juegos con binoculares y no había monitor para checar quién anotó el gol. Tenía que bajar a los vestidores para pedir la alineación de los equipos. Hoy es distinto, la tecnología y reconstrucción de palcos en el Azteca hacen que mire el juego en un monitor”. ¿Cuántos partidos más? Hasta que la voz y el cuerpo aguanten”.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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