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Espectaculos

El fracaso al que estaba destinada la película 'Ben-Hur'

El Mundo | Jueves 01 Septiembre 2016 | 18:55 hrs

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Madrid.- Ben-Hur, la película de 1959, la que todo el mundo tiene en mente, la de los devaneos gays entre Judá y Mesala, la tercera versión en cine del torpe libro de Lew Wallace, la de la carrera de cuadrigas que tanto gustó a George Lucas, la del presupuesto imposible, la de... Sí esa misma que todos hemos visto en Semana Santa, nunca debió ver la luz. Y no es tanto un juicio estético como, digámoslo así, económico.

En efecto, una de las producciones con más éxito y más aplaudida de la historia del cine jamás tuvo que ser rodada. ¿Cómo se quedan? Todo en ella parecía destinado al más sonoro fracaso. Cualquier analista de riesgo, sea esto o que sea, habría desaconsejado rodar, en plena crisis de los estudios por culpa de la televisión, una superproducción bíblica tan extravagante y bizarra como aquella. Pero, lo que son las cosas, afortunada y milagrosamente para la declinante MGM (la Metro), ningún mecanismo de alerta funcionó y aquello derivó en el más incomprensible éxito que jamás ha visto una pantalla.

Hasta caer en manos del director William Wyler, el proyecto había estado dando vueltas por los despachos de medio Hollywood. La MGM había cancelado cualquier proyecto que supusiera la utilización de más de 15 extras. Especialmente los que tuvieran algo que ver con el Antiguo o Nuevo Testamento. Los días de gloria de la partición de las aguas en Los diez mandamientos ya habían pasado y la prueba de ello que todo el mundo citaba, como si mentara a la misma peste, era El cáliz de plata, con Paul Newman en uno de esos papeles que acercan al ateísmo. Sin embargo, aún sigue sin ser explicado del todo por qué Ben-Hur, a pesar de la negativa a interpretar el papel protagonista de gente como el citado y escaldado Newman, Burt Lancaster, Kirk Douglas y Rock Hudson, pasó la criba.

Y tanto que la pasó. La producción de 15 millones de dólares de entonces (el equivalente a una Star Wars de ahora) obtuvo unos beneficios de 73, consiguió 11 Oscar y dejó la carrera de cuadrúpedos para la historia, curiosamente una escena en la que nada tuvo que ver el director firmante. En su realización se emplearon 8.000 actores, 465 con líneas en el guión, y se construyó el mayor plató jamás levantado en el que casi un millar de carpinteros dejaron algún clavo. Todo ello por no hablar del agrio y muy entretenido debate entre Gore Vidal, guionista y homosexual, y Charlton Heston, protagonista y homófobo, a vueltas con las inclinaciones sexuales del personaje del actor y presidente de la fálica Asociación del Rifle. Y así.

La novela de un general de la guerra civil americana

Lo cierto, accidentes, triunfos y despropósitos a un lado, es que el fenómeno de la película Ben-Hur sería incompresible sin el también fenómeno de la novela Ben-Hur: Los tiempos de Cristo, publicada en 1880. Su autor, el general de la Unión Lew Wallace, tan sólo quería analizar las relaciones políticas de la Roma imperial en el momento previo a su caída. Ni siquiera se pretendía, pese al título completo, como una novela religiosa. Es más, el escritor confesó en más de una ocasión su desprendido agnosticismo. Y, sin embargo, fue aparecer en las librerías y el mundo, o parte de él, se detuvo. No sólo fue un éxito incuestionable sino que acabó por convertirse en el germen de algo así como una nueva religión pseudopagana conocida como la Tribu Suprema de Ben-Hur. De otro modo, la Iglesia Jedi tiene no es tan original como se pretende.

Pero su éxito en calidad de best-seller no es más que una sombra del clamoroso triunfo que el texto de marras, un pálido homenaje a El Conde de Montecristo, alcanzaría sobre los escenarios. La incomprensible adaptación teatral cautivó Broadway hasta unos extremos inéditos. La reproducción de la carrera con ocho caballos sobre el escenario cabalgando en un cinta continua, a la vez que un ciclorama como telón de fondo giraba en sentido contrario al movimiento de los jamelgos, dejó a más de uno con la boca desencajada. Más concretamente a los cerca de 20 millones de espectadores que vieron las más de 6.000 representaciones por todo Estados Unidos.

Que se adaptara a ese raro invento que era el cine era cuestión de tiempo. Bastante poco. Si el estreno sobre las tablas data de noviembre de 1899, en 1907 ya se pudo contemplar una primera versión de 20 minutos de duración en la que el avispado director utilizaba los descartes de una chaplinesca carrera de cuadrigas oficiada por bomberos en un espectáculo popular. Por cierto, esta versión se hizo sin contar con Wallace y del conflicto jurídico subsiguiente vendría el embrión de lo que hoy conocemos como derechos de autor en el cine. Pero esto es otro asunto.

La siguiente parada sería, ya sí, la versión muda de 1925 firmada por Fred Niblo, pero, en realidad, dirigida con mano de hierro por el todopoderoso productor Irving Thalberg. La Metro recién fundada echó el resto en probablemente el mayor espectáculo jamás contemplado hasta la fecha en pantalla. Su producción fue un auténtico infierno pero el resultado, con de nuevo la carrera y los caballos como protagonistas (se utilizaron 42 cámaras y 56.000 metros de película), no dejaron indiferente a nadie. De repente, la historia de Judá era, directamente, la historia de todo un pueblo: el americano que no el judío. "¡La historia que todo cristiano debe ver!", rezaba la publicidad y hasta se quedó corta.

Salvación o suicidio

Con estos precedentes, la Metro ni siquiera se paró a reflexionar lo que hacía cuando se proponía hacer, de nuevo, Ben-Hur a finales de los 50. Simplemente se dejaba llevar sin tener muy claro que aquello fuera su salvación o simplemente su suicidio. De todas las increíbles historias que pueblan el relato de su producción, ninguna ha ocupado tantas páginas como, lo han adivinado, la carrera. Las cifras marean. Y contemplarlas desde la perspectiva que ofrece la historia de un estudio al borde de la ruina, trastornan aún más.

La escena fue dirigida Andrew Marton y Yakima Canutt, que no por Wyller cuya única contribución fue admitir en la sala de visionado que aquello quedaría para la historia. Como quedó. Para recrear la arena se construyó en Cinecittà el mayor decorado jamás visto con un coste de un millón de la época. Sólo perforar (pues eso se hizo) el óvalo del circuito llevó más de un año. Se compraron casi 80 caballos, los cuales requerían sus obligados entrenadores, veterinarios y más de 20 cuidadores. Se contrataron a 7.000 extras y la grabación duró cinco semanas repartidas a lo largo de tres meses. Cuentan que los días que por planificación no eran necesarios todos los extras, en las puertas del plató se organizaron auténticas batallas campales por entrar. Y así. Se rodó tanto que apenas se utilizó en la escena final más que un minuto de cada 250 filmados.

Pero con todo, como casi siempre, lo interesante, está en otro lado. Más íntimo. Wyller, un director de actores, quería que la rivalidad entre Judá y Mesala fuera creíble, que su odio empapara cada segundo de metraje. Todas y cada una de las ideas más o menos convencionales, más o menos coherentes con la incoherencia de lo escrito por Lew Wallace, se le antojaban insuficientes. Hasta que llegó el nada discreto Gore Vidal y propuso una historia de amor no correspondido entre musculados romanos. Todo un clásico.

Sobre la película todo discurre de forma lo suficientemente sutil para que entienda el que quiera entender. Nosotros nos entendemos. Al fin y al cabo, estábamos en los 50. Lo divertido vino después, cuando guionista y actor (aquí Heston) decidieron escribir sus respectivos y nada modestos puntos de vista. El escritor dejaba claro de qué iba realmente la competición de lanzamiento de jabalina. Resulta que lo que iba por el aire con aspecto puntiagudo eran... Bueno, ya me entienden. Esto al presidente con rifle le pareció obsceno y la sola idea de tener en sus manos un palo le mantuvo despierto más de una noche. Su contraataque fue terrible y, después de acusar a Vidal de mentiroso, confesó que "le sacaba de sus casillas". Tiembla Vidal. La cosa siguió en un bonito intercambio de pareceres y, obviamente, puyas. Sobre todo eso, puyas. Muchas puyas. Y aquí lo dejamos.

Lo cierto es que Ben-Hur, a pesar de lo escrito por Wallace, se convirtió en el éxito que aún es. La película ha envejecido una barbaridad con esa teatralidad impostada y esos diálogos de cartón piedra, pero permanece el mito. La Metro se salvó, el merchandising de la película batió récords y los espectadores se solazaron en una aventura de romanos hasta arriba de pechos de lata, cuerpos bronceados y caballos, muchos caballos.

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