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Estado

El ‘águila azteca’ que aterrizó en Juárez

El Diario de Juárez | Domingo 31 Julio 2016 | 07:14 hrs

Archivo |

Ciudad Juárez.- En el seno de su hogar, donde conserva fotos, su uniforme de gala militar con sus condecoraciones y un reconocimiento del presidente de México, el subteniente armero Juan López Murillo recuerda como si fuera ayer su participación al lado de las llamadas “águilas aztecas”.

Él es uno de los mexicanos que respondieron al llamado para defender la patria y que se integró al único contingente armado del país que ha combatido en el extranjero: el Escuadrón 201.

A 71 años de distancia, los hechos del conflicto armado son recordados por López Murillo desde Ciudad Juárez, donde radica desde hace tres décadas.

Como integrante del Escuadrón Área 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, el subteniente armero participó en la Segunda Guerra Mundial y combatió al ejército de Japón para liberar al pueblo filipino.

La hazaña, poco conocida entre los mexicanos, pero que influyó en las décadas siguientes por las implicaciones diplomáticas que trajo y los beneficios económicos para el país por estar al lado de las naciones triunfadoras, comenzó el 24 de julio de 1944.

Ese día 290 soldados mexicanos partieron de la Ciudad de México a las bases militares estadounidenses ubicadas en Randolph Field, Texas, para integrarse primero a una etapa de entrenamiento de meses y después para embarcarse en el Océano Pacifico rumbo a las Islas Filipinas, donde la unidad militar operó del primero de mayo al 2 de noviembre de 1945.

La entrada al conflicto no fue fortuita y fue en respuesta a una serie de agresiones de la maquinaria bélica de la Alemania nazi hacia buques petroleros mexicanos que fueron hundidos en el Golfo de México, así como a amenazas de invasión por parte del ejército nipón al país que hasta entonces se había mantenido neutral.

El Escuadrón 201 llevó a cabo 96 misiones de guerra, combatió mil 966 horas con 15 minutos, lanzó 957 bombas de 100 libras, 500 de 500 libras y percutieron 166 mil 992 cartuchos calibre 0.50. Se le atribuyen 30 mil bajas japonesas.

En la conflagración murieron en combate cinco pilotos y dos en entrenamiento.

A 71 años de distancia y desde Ciudad Juárez, López Murillo da fechas, nombres, anécdotas y sobre todo destaca el riesgo de perder la vida al que estuvieron expuestos en el mayor conflicto bélico que ha vivida la humanidad.

Sin embargo, no duda en afirmar que volvería a enlistarse como voluntario para defender al país.

Camino al frente de batalla

Nacido en Fort Worth, Texas, el 13 de marzo de 1925, López Murillo llegó a Ciudad Juárez a principios de los años 40, cuando ya la Segunda Guerra Mundial había estallado. De aquí partió a la Ciudad de México, donde se enroló al Ejército mexicano.

Ya para entonces se habían registrado los ataques a buques petroleros mexicanos, tres de ellos –el Tamaulipas, el Faja de Oro y el Potrero del Llano– que fueron hundidos en el Golfo de México por submarinos alemanes que no respetaron la neutralidad del país, lo que obligó a México a declarar estado de guerra el 22 de mayo de 1942.

Sin embargo no fue hasta el 8 de mayo de 1944 cuando el presidente Manuel Ávila Camacho decidió enviar una unidad de la Fuerza Aérea y comenzó a seleccionarse al personal con miembros activos del Ejército, cadetes recién egresados de diferentes espacialidades de los colegios militares e incluso personal civil voluntario que una vez reclutado fue enviado a entrenamiento.

“Era yo soltero y dije voy a integrarme a ver qué pasa, si tengo suerte regreso. No me dio miedo”, refiere López Murillo, hoy de 91 años.

El escuadrón fue trasladado en buques estadounidenses que zarparon del estado de California. Originalmente fue entrenado para ser enviado a Europa, pero después se decidió que por afinidad cultural e incluso idioma, fueran a participar en la liberación de las Islas Filipinas que los japoneses tenían invadidas desde cuatro años atrás.

“Al principio, en el entrenamiento, sabíamos que íbanos a algún frente, pero a nadie le dijeron a dónde íbanos, solamente los comandantes sabían. ¡Si son buenos navegantes, ya saben que salimos de San Pedro, California!, pero nos transportaron a un barco que nos llevó hasta Filipinas”, recuerda.

Las secciones del escuadrón estaban compuestas por 30 pilotos, oficiales especializados en armamento, mecánicos (especializados en planeadores, motores, hélices e instrumentos), armeros, inteligencia, médicos, operadores de radio, meteorólogos, herreros, pintores, cocineros y panaderos, recuerda el subteniente López Murillo, quien destaca que decidió unirse a sus 18 años de edad, “tal vez por la aventura”.

“Nosotros pertenecíamos al personal de tierra, cada quien tenía su misión, su lugar. Los de transmisiones se encargaban de los radios de los pilotos, todos los aviones traían radio y sólo un piloto los volaba”, indica.

En los barcos, muchos soldados pasaron la travesía recostados, con mareos, pero al llegar a las costas de la isla de Luzón, la más grande de Filipinas, fueron embarcados en unidades anfibias que fueron protegidas desde el aire por aviones estadounidenses.

“Al momento de desembarcar no llegamos a un muelle de pasajeros ni nada de eso, era un barco anfibio que abrió la parte de enfrente y entonces habría que salir corriendo. Llegamos listos para pelear, aunque estaba debilitada la artillería japonesa y nos dijeron que íbanos a desembarcar con aviones que iban a cubrir el desembarco en la bahía sur”, dice.

Sin embargo para López Murillo, a diferencia del resto, el arribo no fue fácil. Un olvido del alto mando militar lo obligó a regresar al buque que los transportó desde América hasta el frente de batalla.

“En la barcaza que yo desembarqué se iba metiendo el agua, en la misma me regresaron porque al alto mando se le olvidaron los documentos donde iban las órdenes confidenciales. Yo fui y me regresé junto con más personal, pero me embarcaron en una barcaza que me llevó por la misma isla hasta la bahía norte (la unidad desembarcó en el lado sur)”, indica.

Lo anterior le representó dificultades para llegar hasta el punto donde se instalaría el campamento del Escuadrón 201. En el camino vería los horrores de la guerra y la destrucción que queda al terminar las batallas.

“Me costó trabajo incorporarme con los demás. Por el camino iba viendo yo cadáveres por todos lados, fuerzas japonesas que estuvieron listas para atacar pero ya estaban fuera de combate, los cuerpos quedaron salidos en los tanques, tratando de escapar. Para incorporarme tardé tres días, para alcanzar a los demás”, añade el subteniente.

Finalmente tras viajar de aventón en vehículos militares aliados, el subteniente se incorporó a su unidad en la que sirvió de intérprete, además de la función para la que fue asignado al salir de México, que era encargarse de dotar a los aviones de bombas y municiones.

En la isla poca fue la población civil que se dejaba ver. Muchos permanecían escondidos entre la selva y las montañas refugiándose de la milicia japonesa. Algunos se acercaban a los campamentos aliados en busca de alimentos puesto que la situación para ellos era crítica.

“Había gente, pero no eran civiles, los civiles estaban escondidos, nomás asomaban la cabeza. Se acercaban mucho a la hora de la comida, nosotros teníamos la orden de que la comida que quedaba se las diéramos”, señala López Murillo.

“No había comida, un kilo de arroz se lo daban a la gente en 150 o 200 dólares porque había gente que tenía almacenados víveres”, añade.

Aunque la principal función del escuadrón eran los ataques aéreos a vías de comunicación, fábricas, depósitos de municiones, vehículos del enemigo y apoyo directo a tropas, quienes se encontraba asignados a tierra también fueron enviados a misiones, en una de las cuales López Murillo estuvo a punto de perecer al caer el vehículo en el que viajaba a un río.

“Si había noticias de que algún avión se había caído, se transportaba tropa para rescatarlo. Había ataques, pero muy retirados, había más peligro de las llamadas trampas bombas que provocaron muchos accidentados”, recuerda.

Agrega: “En la sección mía estábamos avisados de que no le hiciéramos caso a las granadas que estaban a flor de tierra. Estaban pintadas hasta de colores, pero en un intento de desarmarlas (al explotar) quedaba el que estaba desarmándola y los que estaban cerca”.

Cuando no estaban en misión, los aviones P-47 Thunderbolt del escuadrón eran escondidos en la selva, cubiertos de maleza para que no fueran detectados por el enemigo y ser destruidos.

De 25 que fueron utilizados, tres se perdieron en combate, dos en accidentes y sólo dos de los cuerpos de sus tripulantes fueron rescatados y llevados hasta la Ciudad de México.

Cuando en agosto de 1945 Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón se rindió, pero sus tropas, sin tener conocimiento todavía, siguieron peleando todavía en las islas Filipinas por poco tiempo.

En el campamento del Escuadrón 201, la algarabía se hizo presente. El 2 de noviembre se embarcarían de regreso a México, donde fueron recibidos como héroes. El escuadrón sería disuelto pero su aporte es reconocido en las Islas Filipinas, donde incluso un monumento recuerda a los pilotos caídos en combate.

La participación de López Murillo en el Escuadrón 201 será motivo de un homenaje por primera vez en esta frontera el próximo jueves a las 6 de la tarde en las instalaciones del IMIP, por parte de la Sociedad de Historiadores de Ciudad Juárez.

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