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Internacional

Yo sobreviví a una visita a la fábrica de Jagermeister

Agencias | Jueves 19 Mayo 2016 | 06:50 hrs

Agencias |

Ciudad de México.- Cuando uno llega a Wolfenbüttel, una ciudad de apenas 50.000 habitantes con casas con jardín y poca gente por la calle, resulta complicado imaginarse que es el lugar de origen de una de las bebidas más populares (y peligrosas) del panorama nocturno actual. Al norte de Alemania, en la provincia de Baja Sajonia, es donde se destila Jägermeister. En sus cuarteles generales se estudian las técnicas de márketing que han conseguido que se asocie esta bebida al arte urbano y a las propuestas musicales más vanguardistas.

A una hora de camino del aeropuerto de Hannover se guarda la fórmula secreta de este licor. Es secreta porque solo lo conocen cinco personas y, como las familias reales, no pueden viajar a la vez en avión. Resulta un poco extraño situar en un entorno tan bucólico como este el licor que ha sido la fuente de algunas de las noches más divertidas que he vivido en los últimos años. Ni rastro de comandos jäger ni de sus ya míticas furgonetas, esas que cuando aparecen en el horizonte de cualquier fiesta aseguran la diversión.

La compañía es hermética en cuanto a sus datos. Jägermeister es una empresa familiar que quiere mantenerse como tal y, a pesar de ser la octava bebida espirituosa más vendida y escalar posiciones cada año, no da datos de facturación y ni del número de trabajadores. Lo único que aseguran es que se acerca a los 200 y que cada año salen de allí 89 millones de botellas. El crecimiento de la marca, que ha vivido un rejuvenecimiento que comenzó la década pasada, les ha llevado a tener tres plantas de embotellado. Las tres en Alemania, así que son casi un emblema de su país.

Al entrar en las instalaciones se impide la utilización de cámaras de fotos y cualquier otro dispositivo en el que se pueda almacenar información sensible. Se muestran algunos de los ingredientes, se dan a probar, nunca todos juntos ni mucho menos en el orden en el que se maceran y mezclan. Y eso que son 56 los que componen el espirituoso. Para un novato en el arte de destilar, que no en el de beber, lo único reconocible resulta el olor, pues la canela y el punto dulce del caramelo lo impregna todo.

La familia Mast ha estado detrás del negocio desde su fundación en 1898. Formada como una empresa que comercializaba vinagres y otros productos bastante alejados de lo que es hoy el Jägermeister, en 2016 se dedican ya exclusivamente a la producción de su bebida estrella. De ella, por cierto, existe alguna variación que suelen comercializar en Alemania en épocas como la Navidad. Y es que este licor de hierbas tiene más de 80 años de vida y ha vivido varios cambios de imagen e incluso se ha modernizado la fórmula con variaciones que nunca han superado en popularidad a la bebida principal.

Tal es el poder de la empresa en su lugar de nacimiento que prácticamente parece una religión. Los periodistas que pasamos por allí y a los que se nos cuentan las bondades del 'Jäger' casi, casi, como su fuera un culto profano dormimos en una casa de huéspedes funcional en la que el ciervo aparece en todas las esquinas. Hasta bombones y petacas del licor aparecen como por arte de magia en la almohada de la habitación.

La bucólica fábrica de Jägermeister.

Asociada durante años al consumo desenfrenado y de borrachera fácil Jägermeister busca desligarse de una imagen que no ha beneficiado nunca a ninguna compañía. Los avisos por el consumo responsable se repiten en casi todas las comunicaciones y eso para alguien como yo, al que se le olvida habitualmente la responsabilidad al pisar la calle, es de agradecer. De hecho no sólo inciden en ese tipo de consumo sino que enseñan a disfrutar de la bebida y de sus matices. Los tiene.

El consumo sosegado y en combinados ayuda a disfrutar de un sabor intenso que en las primeras tomas podía desagradar. Nunca me consideré un gran fan de las bebidas alcohólicas fuertes, pero combinada con refrescos y jugos consigue notas que parecían increíbles. Y el pedir un combinado de Jägermeister (nada de Jägerbombs, por favor) aporta un punto de conocedor de lo que se bebe bastante a tener en cuenta.

Resulta cuanto menos curioso que de los campos de Alemania, aquellos en los que parece que nunca pasa nada más allá de alguna historia de telefilm de mediodía, salga una bebida que en el resto del mundo se asocia tan profundamente a festivales de verano, música, grafiti o tatuajes (una de sus últimas campañas precisamente versó sobre ellos). Tan curioso como las preguntas que a uno le surgen cuando conoce el proceso de producción y que nunca tendrán respuesta. La familia Mast, la que sigue viviendo en su localidad de siempre, así lo ha decidido.

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