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Internacional

La clave para expulsar a Daesh de Irak

ABC | Sábado 04 Junio 2016 | 19:50 hrs

Tomada de Internet |

Irak.- La liberación de Faluya tendrá que esperar. Dos semanas después del inicio del asalto al bastión de Daesh más cercano a Bagdad, apenas 50 kilómetros, las autoridades iraquíes lamentan que «nadie puede dar un plazo concluyente del tiempo que tardará Faluya en liberarse» y la ciudad vuelve a demostrar que es «un hueso duro de roer», declaró a Reuters el ministro de Economía, Hoshiyar Zebari. Después de nueve meses de cerco militar, el primer ministro Haidar Al Abadi lanzó la batalla de Faluya el día 23 de mayo, justo después de una oleada de atentados suicidas reivindicados por Daesh en la capital en los que más de cien personas perdieron la vida.

Fuentes de la inteligencia iraquí señalaron que esos ataques estaban preparados y dirigidos desde Faluya y ese fue el principal argumento para lanzar la ofensiva. El primer ministro se enfrentaba también a una revuelta liderada por el clérigo chií Muqtada al Sader, que en en nombre del final de la corrupción llevó a sus seguidores a la Zona Verde de Bagdad y un grupo llegó a asaltar el Parlamento.

Durante la primera semana el ejército, con el respaldo de las milicias chiíes y los bombardeos de la coalición que lidera EE.UU., logró bloquear todos los accesos y comenzó un avance progresivo hacia el centro urbano. Cuando el asalto final estaba a punto de comenzar llegaron los mensajes de alarma de Acnur y Unicef, que alertaron de la presencia de 50.000 civiles, de ellos al menos 20.000 niños, y del uso que Daesh hacía de ellos como escudos humanos. Abadi tomó entonces la decisión de paralizar el avance para proteger a la población.

Cuando parecía que Mosul, capital de Daesh en la provincia iraquí del «califato», sería el gran objetivo militar de 2016, el primer ministro sorprendió con el avance sobre Faluya que, en cualquier caso, es el punto clave para avanzar sobre Mosul y expulsar al Daesh de Irak. «El gobierno necesita que la gente vea que reacciona y quiere distraer la atención del sufrimiento diario de la población, por eso se han acelerado los planes de reconquista de Faluya. Pero como ya descubrieron los estadounidenses hace más de una década, Faluya es fácil de perder, pero dura de recuperar», reflexiona en Al Yasira Afzal Ashraf, miembro del think-tank británico Royal United Services Institute for Defence and Security Studies.

Como ocurrió en Tikrit o Ramadi, la fuerte presencia de milicias chiíes rodeando una ciudad de mayoría suní vuelve a provocar temor sobre posibles venganzas sectarias. Son, además, milicias más poderosas que las fuerzas regulares. «En este caso tenemos paramilitares chiíes entrenados por Irán y con presencia de líderes iraníes en la primera línea de combate, y también soldados suníes del ejército y milicianos de las tribus de la provincia de Anbar. Fuerzas contradictorias a las que une el odio a Daesh», opina el veterano analista Abdulrahman al-Rashed en la cadena Al Arabiya.

Cincuenta mil frente a 700

Si los chiíes reciben entrenamiento y armas de Irán, el ejército y las tribus suníes son competencia de EE.UU., que además lidera los bombardeos desde el aire. En total se calcula que más de 50.000 hombres podrían estar desplegados en Faluya para enfrentarse a entre 500 y 700 yihadistas de dilatada experiencia, según las cifras del Pentágono, y dispuestos a resistir hasta la muerte.

Esta nueva batalla por Faluya recuerda al año 2004, cuando EE.UU. lanzó dos ofensivas para acabar con la presencia de Al Qaida. En la primera no pudo penetrar al centro urbano, pero en la segunda lo logró, de la mano de decenas de miles de marines y entre acusaciones de haber empleado armamento prohibido. En enero de 2014, seis meses antes del establecimiento del «califato», la ciudad estaba de nuevo fuera de control de Bagdad. Lo que comenzó con protestas semanales en contra de la política sectaria del entonces primer ministro Nuri Al Maliki, acabó con una sublevación en armas y la lealtad a Daesh por parte de líderes tribales locales cansados de la discriminación por parte de la cúpula dirigente chií, en el poder desde la caída de Sadam Husein.

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