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Internacional

Análisis: ¿Qué motiva a un terrorista a actuar?

The New York Times | Viernes 17 Junio 2016 | 08:29 hrs

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Estados Unidos.- Antes de que cualquiera de las víctimas de Omar Mateen en Orlando fuera identificada, los candidatos que compiten por la presidencia de Estados Unidos chocaban alrededor de una pregunta muy concreta: ¿la masacre fue una acción del “islam radical”?

Donald Trump y otros republicanos han utilizado ese concepto para transmitir, en parte, que el presidente Barack Obama pone la corrección política por delante de la seguridad de los estadounidenses. Los demócratas la evitan por miedo a exacerbar los sentimientos de islamofobia y porque no quieren legitimar que los terroristas actúen en nombre de una religión. Hillary Clinton rompió con esa tendencia y usó la expresión para describir a Mateen, el guardia de seguridad de Florida responsable del ataque contra la discoteca Pulse.

El debate sobre la terminología podría parecer una distracción pero pone de manifiesto la pregunta más difícil de responder, la más conflictiva: cuando un hombre joven asesina a docenas de personas en nombre de un grupo con el que en realidad no parece tener muchos vínculos, ¿cómo clasificamos lo que ha hecho? ¿Cómo podemos entenderlo?

El de Orlando, como otros ataques anteriores, ha desatado una búsqueda obsesiva de pistas que nos permitan ubicar este tipo de violencia dentro de un contexto que nos sea familiar. Cuando Trump se refiere al “islam radical” pide que se utilice una narrativa de choque de civilizaciones y guerra global contra el terror. Obama, mientras tanto, se centra (cuando muestra su rabia) en lo que considera la laxitud de las leyes estadounidenses de posesión de armas de fuego. Y los grupos de defensa de los derechos de los homosexuales, enmarcan el ataque dentro de una larga historia de homofobia.

La motivación de los actos de Mateen tiene ramificaciones que van más allá de Orlando. Quienes defienden un control de armas más estricto tienen un incentivo para centrarse en su historial de violencia doméstica, amenazas, problemas emocionales y contactos con el FBI. Quienes defienden una respuesta más estricta al terrorismo islamista encuentran su motivación en mostrar vínculos con el Estado Islámico, los extremistas a los que se refirió en sus llamadas al 911 durante el ataque.

Para los defensores de los derechos civiles que reclaman que se reconozca la persecución a la que se ven sometidos, el hecho de que Mateen eligiera una discoteca donde se reunían homosexuales durante el mes del orgullo gay es un ejemplo extremo.

Pero mientras se conocen más detalles de la vida de Mateen, incluida la información que le sitúa en el club gay y con un perfil en una aplicación de citas para homosexuales, ambas narrativas se difuminan más que clarificarse. Es más difícil responder por qué y, por supuesto, qué hacer.

Estas pistas aisladas y contradictorias sobre los motivos que lo llevaron a actuar forman parte de un debate cuya narrativa no solo es cierta sino urgente. Las redes sociales y los canales de cable están vinculados con líneas ideológicas, la campaña presidencial no hace más que agudizar estas contradicciones y esas narrativas excluyentes.

El esfuerzo por descubrir la motivación va más allá de la política: muestra el deseo de encontrar el sentido de una violencia que aparentemente no lo tiene. Encontrar una explicación —bien sea el islamismo radical, la enfermedad mental, la homofobia o el acceso a las armas— es un modo de sentirnos mejor tratando de aclarar algo que es, a fin de cuentas, inescrutable. Se trata de la cadena de experiencias personales y decisiones que llevaron a ese hombre a asesinar a 49 personas en Orlando.

“Hay un fuerte impulso en Estados Unidos para ‘hacer algo’ tras una tragedia como esta”, dijo Will McCants, experto en terrorismo en Brookings Institution en Washington. “Si sabemos por qué sucedió la tragedia, sabremos qué hacer”.

En realidad, según McCants, los atentados terroristas muestran una “confluencia de causas porque tratamos con la mente humana y la interacción de complejos factores sociales y políticos, es difícil separar lo sustantivo de lo accesorio”.

Esta falta de certeza se hace evidente con la estrategia del Estado Islámico de inspirar ataques de “lobos solitarios” a través de la propaganda en la que pide a quienes lo siguen que actúen por su cuenta.

Esta descentralización le da al grupo un alcance aparentemente global, pero pone la toma de decisiones en manos de individuos aislados que se identifican con sus propias motivaciones y sus agendas. Diluye la distinción entre la motivación del grupo y la del individuo, entre lo que es violencia estratégica y lo que no tiene sentido, entre atentados terroristas con origen ideológico y otros tiroteos con víctimas causados por motivos personales.

“Los motivos de los lobos solitarios son muy complicados de identificar”, dijo McCants. “Por definición no son parte de una organización, así que sus motivaciones para atentar tienen más que ver con su personalidad”.

El santo grial de los estudios sobre el terrorismo ha sido, durante años, el intento de identificar un modelo, una hoja de ruta para comprender las motivaciones individuales. Pero a pesar de los repetidos intentos por parte de la academia, todos han fracasado. Es una decisión personal que la gente toma por motivos casi exclusivamente individuales que pueden ser políticos o no.

“Cómo llega un individuo a ese punto es algo realmente complejo, y si tratamos de reducirlo a un solo factor vamos a perder gran parte de esa complejidad”, dijo Paul Gill, profesor en el University College de Londres dedicado al estudio del terrorismo. “Y en esa complejidad no entenderemos lo que sucedió”.

Esto revela una verdad incómoda. Factores externos como la ideología y el acceso a las armas de fuego, aunque son importantes, no pueden explicar por qué alguien decide dar el paso hacia el terrorismo. Aunque conociéramos cada detalle de la vida de Mateen, no responderíamos totalmente algunas de las preguntas más importantes.

Calzamos los atentados en las narrativas que nos resultan familiares —violencia derivada del uso de armas de fuego, homofobia, yihadismo— porque las comprendemos, nos ayudan en el momento de la aflicción, procesan el peligro y las posibles respuestas. Incluso nos permite validar nuestra cosmovisión previa y todo aquello que sentimos que no ha sido puesto en evidencia.

Pero debido a que ninguna narrativa resulta suficiente por sí misma, el debate no llega a resolverse y continúa.

Y no son solo los estadounidenses quienes lidian con esto.

En Europa occidental, el terrorismo está vinculado al debate sobre la migración y la inclusión cultural, el modo en que sociedades tradicionalmente laicas pueden o deberían tolerar el aumento de las minorías musulmanas.

Como en Estados Unidos, estos debates dependen de motivaciones personales imposibles de trazar: ¿les motiva la religión? ¿La marginación económica?

Queremos vivir en un mundo en el que estas preguntas tengan respuestas claras, en el que los políticos quieran contarnos lo que hacen y presenten soluciones.

Donald Trump escribió en su cuenta de Twitter. “Aprecio las felicitaciones por tener razón sobre el terrorismo radical islámico. No quiero felicitaciones, quiero firmeza y vigilancia. Tenemos que ser listos”.

La narrativa del radicalismo islámico, entre todas las disponibles, ofrece un atractivo inmediato. Muestra a los atacantes y potenciales atacantes como un monolito, identificable con rasgos comunes que le son extraños a la mayoría de los estadounidenses. Y enmarca el terrorismo dentro de un contexto familiar, el de la guerra, algo que puede ganarse.

El énfasis de Obama en el acceso a las armas de fuego presenta al terrorismo como una extensión del crimen y algo que, por tanto, solo puede gestionarse. Aún así, este enfoque permite contar con villanos —políticos y grupos de presión que se oponen a regulaciones más estrictas del mercado de armas— y una alternativa clara para combatirlo.

Pero todas las narrativas tienen a minimizar o descartar en qué medida el terrorismo depende de personas que toman decisiones individuales.

Los políticos no quieren admitir esto porque significaría admitir que la violencia nunca podrá prevenirse de forma total. El Estado Islámico tampoco reconocerá que muchos de sus combatientes pueden ser unos individuos conflictuados en busca de respuestas. Y las víctimas —que pueden ser todos los ciudadanos de un país atacado— no quieren que se le quite el sentido a su trauma.

Eso podría ser lo que tanto nos molesta de la incapacidad de comprender las motivaciones de Mateen: no solo que volverán a ejecutarse ataques contra objetivos de cualquier otra ciudad, sino que se especulará sobre las motivaciones pero nunca se sabrán con total certeza.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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