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Internacional

Tiempos difíciles en Venezuela producen malaria

The New York Times | Domingo 14 Agosto 2016 | 13:02 hrs

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La Mina Albino, Venezuela La décimo segunda vez que Reinaldo Balocha se enfermó de malaria, apenas si pudo descansar. Su cuerpo aún con fiebre, puso un pico sobre su hombro y regresó al trabajo —triturar piedras en una mina ilegal de oro.



Como técnico de computadoras de una gran ciudad, Balocha no estaba preparado físicamente para las minas, sus suaves manos están acostumbradas a trabajar con teclados, no con la tierra. Pero la economía de Venezuela se colapsó en tantos niveles que la inflación arrasó con su salario, junto con sus esperanzas de conservar una vida de clase media.



Así que, como miles de personas más en el país, Balocha vino a estas minas abiertas, pantanosas, dispersas por en medio de la selva, buscando un futuro. Aquí meseros, empleados de oficina, conductores de taxis, egresados de universidades, y hasta empleados municipales que están de vacaciones en sus empleos de Gobierno están cribando en busca de oro para el mercado negro, todo bajo la vigilancia de un grupo armado que les cobra una comisión y amenaza con amarrarlos a postes si desobedecen.



Es una sociedad volteada “patas pa’arriba”, donde la gente con educación formal abandona sus empleos cómodos en la ciudad, a cambio de otros donde se rompen la espalda, en agujeros cenagosos, desesperados  por lograr que les alcance el dinero. Y esto tiene un costo muy alto: malaria, expulsada desde hace mucho a las orillas del país, reagrupándose en las minas y lista para tomar venganza.



En 1961, Venezuela fue el primer país del mundo en ser certificada por la Organización Mundial de la Salud por erradicar la malaria en sus áreas más pobladas, derrotando en esa carrera aún a Estados Unidos y otros países desarrollados.



Fue un logro inmenso para una nación pequeña, la cual ayudó a preparar el desarrollo de Venezuela como una potencia petrolera y alimentó esperanzas de que ya existía un modelo para erradicar la malaria de todo el planeta. Desde entonces, el mundo ha dedicado enormes cantidades de tiempo y dinero para volver a combatir la enfermedad, logrando que las muertes se redujeran en un 60 por ciento en lugares con malaria en años recientes, de acuerdo con la OMS.



Pero en Venezuela, el reloj avanza en dirección opuesta.



La agitación económica del país trajo de regreso la malaria, lanzando la enfermedad fuera de las remotas áreas de la selva donde había persistido en silencio y esparciéndola por toda la nación a niveles no vistos en Venezuela por 75 años, dicen los expertos médicos.



Todo comienza en las minas. Con la economía hecha harapos, al menos 70 mil personas de todas las ocupaciones han estado llegando a la región minera a lo largo del último año, expresó Jorge Moreno, experto de Venezuela en mosquitos. Mientras buscan el oro en hoyos encharcados, el lugar perfecto para la reproducción de los mosquitos que esparcen la enfermedad, decenas de miles se están contagiando de malaria.



Luego, con la enfermedad en su sangre, regresan a sus casas en las ciudades de Venezuela, pero debido al colapso económico, a menudo no hay medicina y hay poca fumigación que impida que los mosquitos les piquen y pasen la malaria a otros, enfermando a decenas de miles de gente adicional y dejando así a pueblos enteros desesperados por ayuda.



El colapso económico ha “causado una gran migración en Venezuela, y justo enseguida está el esparcimiento de la malaria”, comentó el doctor Moreno, investigador de un laboratorio estatal en la región minera. “Con esta crisis viene una enfermedad que se cocina en la misma olla”.



Una vez fuera de las minas, la malaria se esparce rápidamente. A cinco horas de ahí en Ciudad Guayana, una ciudad industrial antes floreciente y ahora en decadencia donde muchos ahora no tienen empleo y se han dedicado a las minas ilegales, un grupo de 330 personas abarrotaban la sala de espera de una clínica en mayo. Todos tenían síntomas de la enfermedad: fiebre, escalofríos y estremecimientos incontrolables.



No había luces porque el Gobierno había cortado la electricidad para ahorrar. No había medicina porque el Ministerio de Salud no había enviado. Los enfermeros hacían pruebas sanguíneas a mano limpia porque ya no tenían guantes.



Oficialmente, el esparcimiento de malaria en Venezuela se convirtió en un secreto del gobierno. No ha publicado reportes epidemiológicos de la enfermedad el último año y dice que no hay crisis.



Pero las cifras internas más recientes, obtenidas por el New York Times de doctores venezolanos que ayudaron a compilarlas, confirman que hay un repunte en proceso.



En los primeros seis meses del año, los casos de malaria se incrementaron un 72 por ciento, para un total de 125 mil, de acuerdo con las cifras. La enfermedad se extendió por gran parte del país, con casos en más de la mitad de sus 23 estados. Y entre las infecciones de malaria presentes aquí está el Plasmodium falciparum, el parásito que causa la forma más mortífera de la enfermedad.



Las minas ilegales se encuentran por veintenas de kilómetros, dejando un estrecho cacarizo de tierra donde la selva cede ante un sinnúmero de cráteres y grietas.



Algunos no son más que estanques donde dos hombres ciernen el lodo con sartenes, como en una escena de los campos de oro de California hace más de un siglo. Otros desaguan amplios pantanos con redes complejas de tubos y bombas. En otro lugar, cientos de aventureros habían escarbado un enorme agujero de tierra roja y blanca. Mide 15 pisos de profundidad y tiene el largo de un campo de futbol americano. Lo llaman Cuatro Muertos.

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