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Internacional

Entrevista: Don Delillo; 'Trump debe preocuparnos'

Excélsior | Martes 11 Octubre 2016 | 06:16 hrs

Agencias |

Nueva York.- El 3 de octubre de 1951 se jugó en el desaparecido estadio Polo Grounds –sede de los entonces Gigantes de Nueva York– uno de los partidos de beisbol más memorables de la historia.

Los locales se enfrentaban a los Dodgers de Brooklyn, en el tercero y último partido de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional.

En la parte baja de la novena entrada, los visitantes llevaban ventaja de cuatro carreras a una.

Con dos en base, y luego de haber recortado los Gigantes la desventaja por una carrera (4-2), pasó a batear el jardinero Bobby Thomson. A lanzamiento del pitcher Ralph Branca, el escocés Thomson sacó la pelota del parque y así le dio el campeonato a los de casa.

El partido, que ya era una sensación antes de jugarse, fue el primero en televisarse a todo el país. Luego de su definición, pasó a ser conocido como “The shot heard ’round the World” o el tiro que se escuchó en todo el mundo.

Ese mismo día, el gobierno estadunidense se enteró que la Unión Soviética había realizado su primera prueba exitosa de una bomba nuclear, en las llanuras de Kazajistán, con lo que comenzaba la era conocida como la Guerra Fría.

Muchos años después, revisando la edición de la primera plana de The New York Times del 4 de octubre de 1951, el escritor Don DeLillo (Nueva York, 1936) se dio cuenta que ambos hechos –el jonrón de Thomson, que dejó tendidos en el campo a los Dodgers y el estallido de la bomba atómica soviética– habían quedado plasmados en la primera plana.

DeLillo pensó que había una ironía ahí. Estados Unidos había experimentado dos asombros en muy pocas horas: de la gozosa hazaña deportiva a la preparación para un eventual invierno nuclear.

Y decidió que esos dos hechos fueran la columna vertebral de una novela que habría de convertirse en su obra más extensa y afamada: Submundo (1997).

Reacio a dar entrevistas, DeLillo –autor de 17 novelas y uno de los cinco escritores vivos más importantes en idioma inglés– accedió a conversar con Excélsior el 3 de octubre pasado, cuando se cumplieron 65 años de aquellos hechos.

La conversación –la primera con un medio latinoamericano– se realizó en la oficina de su agencia de relaciones públicas, en la calle 79, en el Upper East Side de esta ciudad.

Hombre que pasó de ser escritor de culto a autor de bestsellers, DeLillo tiene una personalidad tan sencilla que raya en la timidez.

Llega a la entrevista puntual, vestido con pantalón de mezclilla y tenis negros, suéter del mismo color y camisa roja. Las patillas encanecidas le bajan hasta media mejilla, de su cabello convertido en un remolino por el viento de la tarde otoñal.

El mes que entra cumplirá 80 años, cosa que le disgusta, no por alcanzar el octavo piso de la vida sino porque “es mejor tener 79”, un número primo como los que aparecen con frecuencia en sus novelas.

En muy buena forma física –trota diario en la pista de tartán de una escuela–, el novelista dice que no piensa en la muerte, a pesar de que es un tema común de todos sus libros.

De hecho, la muerte –o cómo burlarla– está en el centro de su más reciente novela, Cero K (Seix Barral), una obra de ficción que explora la criónica y describe cómo el empresario Ross Lockhart decide congelarse en vida para despertar en el futuro al lado de su amada.

En la conversación, DeLillo habla de su infancia y juventud en el Bronx; de su descubrimiento de la vida en Manhattan, que le parecía “como otra civilización”; de sus años como mad man de la publicidad, escribiendo textos para anuncios; de su amor por el jazz y el cine, y de su irrupción tardía en el mundo de las letras. 

Éste es el texto de la entrevista.

Hoy es 3 de octubre. Un día como hoy, en 1951, Bobby Thomson bateó el jonrón que se escuchó en todo el mundo y con el que su equipo, los Gigantes de Nueva York, le ganaron a los Dodgers de Brooklyn la Serie de Campeonato de la Liga Nacional.

Así es. Me impresiona que se acuerde usted de eso. El otro día estaba sacando cuentas de cuántos años han pasado…

Sesenta y cinco.

Así es… Y un colega me dijo que Ralph

Branca, el pitcher de los Dodgers al que le pegaron ese jonrón, está a punto de morir. Bobby Thomson murió hace años, pero Branca aún vive. Sería muy interesante para algunas personas, supongo, que muriera justo hoy. Pero no creo que él lo tenga así planeado.

La muerte, como tema, está presente en muchas de sus novelas, entre ellas Cero K. ¿Usted piensa mucho sobre ella?

No. En realidad no. Es algo que pasa cuando uno escribe obras de ficción. De alguna manera, la muerte es el tema fundamental de una novela, a diferencia de un cuento corto. La muerte es un elemento que hace fluir la narrativa. Hace que cobren forma ella y los personajes que contiene. No sé por qué elegí escribir sobre la extensión de la vida y la criónica. Claro, yo sabía algo de esa tecnología, pero no tanto. Investigué un poco, pero no como para abrumarme o abrumar a mis lectores.

Hoy, 3 de octubre también es, como usted bien sabe, el 65 aniversario de que Estados Unidos comprobó que la Unión Soviética había realizado su primera prueba con una bomba nuclear.

Así es, y eso fue lo que me hizo escribir Submundo (Underworld). Fue el detonante de mi novela, esa primera plana de The New York Times.

¿Por qué fusionó usted esos dos hechos en su libro?

Porque ya estaban fusionados, visualmente, en esa primera plana, la del día siguiente de los hechos. Y después me informaron que en ese partido había muchas celebridades de la farándula de la época, pero también J. Edgar Hoover (el director del FBI). Y parecía una extraordinaria coincidencia y una razón más para pensar que estos acontecimientos estaban ligados. Pero luego resultó que me habían informado mal…

¿No estuvo J. Edgar Hoover?

No estuvo en ese partido. Creo que estuvo un día antes, pero no en el juego decisivo.

¿Se acuerda usted qué hacía ese día? Fue el primer partido de beisbol que se televisó a nivel nacional.

Claro. Estaba en el consultorio del dentista. Como yo le voy a los Yanquis, no me interesaba especialmente el resultado del partido, salvo para saber contra quién jugaría mi equipo la Serie Mundial. Cuando estaba en la silla del dentista, de repente la gente en la oficina de junto empezó a gritar por lo que estaban diciendo en la radio. Sólo pensé que mi dentista no se fuera a emocionar demasiado mientras trabajaba en mi muela.

¿Por qué la criónica? ¿Se topó usted con el tema en algún punto?

Bueno, volviendo al beisbol, mi interés en la criónica se destapó cuando supe que el cuerpo del pelotero Ted Williams (muerto en 2002) se encuentra preservado a baja temperatura, creo que en unas instalaciones en Arizona (la empresa Alcor). Su caso se conoció porque fue una persona famosa.

Él y su hijo están entre las 100 o 200 personas que han decidido preservar su cuerpo mediante la vitrificación, la congelación a temperaturas bajo  menos 120 grados centígrados. Cara como es, ¿la criónica es un intento de comprar la eternidad?

No lo sé. Quienes optan por pagar los servicios de Alcor o alguna otra empresa son suficientemente ricos para comprarse la eternidad, sí. Pero en el caso de Ross Lockhart (el personaje de la novela Cero K), su principal motivación es seguir junto a su esposa Artis Martineau. Claro, Ross es un donante de la empresa Convergence, pero en lo personal, su acto es de amor, no de egoísmo. En un primer momento, Ross no logra tomar la decisión de congelarse en vida, pero, dos años después, reúne la voluntad para hacerlo. Y eso es porque no encuentra nada especial por lo cual valga la pena seguir viviendo, pese a que es rico. Y decide usar esa fortuna para comprarse la eternidad, como usted dice.

Igual que compraba obras de arte…

Exacto.

¿Comprar la eternidad sería el cumplimiento del mayor deseo dentro del capitalismo? 

Se podría decir que sí. Desde hace miles de años, la humanidad ha soñado con la vida eterna, pero no ha sido posible comprarla. En el mejor de los casos, se ha podido aspirar a la vida eterna en un sentido espiritual, en un lugar no físico. Pero en este caso estamos hablando de la eternidad en este mundo y en el cuerpo humano. Es la eternidad en el sentido literal de la idea. ¿Cómo se logrará eso? No lo sé. Pero aquí se trata de que la gente pueda adquirir su pase a una eternidad tridimensional sin necesidad de morir. Hasta donde sé, esto es único. Estoy hablando de la ficción, desde luego. No sé si esto ocurra en la realidad, supongo que no, porque los científicos estarían cometiendo un asesinato al congelar el cuerpo de una persona viva.

¿A usted le asusta la idea de despertarse en un futuro lejano que no se sabe cómo será?

Tendrían que ser excepcionales las circunstancias por las cuales yo tomara una decisión así respecto de mí mismo. Por tanto, no lo sé.

¿Por qué decidió que el sitio donde ocurre la criónica en su novela sea una república exsoviética en Asia Central?

Primero pensé en situar las instalaciones de Convergence en los vastos desiertos de Arabia Saudita, pero concluí que no era el lugar adecuando, porque el régimen seguramente no lo permitiría. Luego, un día mi sobrino regresó de un viaje de negocios a Biskek, que es la capital de Kirguistán. Cuando me lo contó, me imaginé el final de la tierra. Además, esas repúblicas centroasiáticas son sitios prácticamente sin ley. Me pareció entonces adecuado que fuera allí.

Al final del libro, describe un fenómeno que se da aquí en Manhattan un par de veces al año, cuando los rayos del sol en el ocaso son paralelos a algunas calles que corren de este a oeste. Usted suele hablar de puestas del sol en sus novelas. ¿Se trata de otra forma de hablar de la muerte?

No creo haberlo pensado de esa manera. En Cero K lo único que hice fue recordar una experiencia natural que vi hace muchas décadas. Iba yo en un autobús, viajando de poniente a oriente de la ciudad. De repente percibí un cambio en la luz y escuché unos gritos de asombro. Eran de un niño, sin cabello, que estaba viendo por la ventana posterior del autobús. La razón de sus gritos era la sorprendente puesta del sol que estaba viendo. Es un fenómeno en que los rayos del sol caben exactamente en lo ancho de las calles que fueron trazadas de este a oeste. Bueno, son algunas calles, no todas, en la sección de Midtown. Acaba de pasar en julio, pero ese día estaba nublado y, por desgracia, no se pudo apreciar.

Hábleme de sus años en publicidad. Usted, aparentemente, fue un auténtico mad man de los años sesenta.

Mientras menos hable de eso, mejor… No es que me haya disgustado, sólo era un trabajo, y tuve suerte de obtenerlo. Yo había alquilado un departamento y tenía que pagar la renta.

Y usted escribía textos para anuncios…

Así es. Pero siempre supe que era un trabajo temporal, pues yo quería ser escritor. Cuando ahorré suficiente para sostenerme, renuncié. El día que tomé la decisión, recuerdo que me costó trabajo encontrar a mi jefe para anunciárselo. Eso fue todo. Pero no empecé a escribir novelas al día siguiente.

¿Entonces qué hizo?

Ir al cine. Iba cada tarde o casi. Los años 60 fueron una magnífica época para ver cine europeo y japonés en Nueva York. Tantas idas al cine me dieron mucho para pensar. Y luego empecé a trabajar en mi primera novela, Americana (1971). Cuando la terminé, pensé que me iba a costar trabajo encontrar editor. Vivía en medio de la ciudad de Nueva York, sin conocimiento de este tipo de cosas. Pero le mandé el manuscrito a un editor que me había mandado una carta sobre un cuento que me habían publicado en una revista. Leyó la novela y, luego de algunos cambios, me la publicaron.

¿Cuánto tiempo le llevó escribirla?

Cuatro años. Más de lo que había imaginado cuando renuncié a la agencia de publicidad.

Usted empezó a escribir tarde en su vida. Tenía 35 años cuando se publicó su primera novela. ¿Cuándo descubrió que quería ser escritor?

Empecé escribiendo cuentos cortos antes de los 20 años. Y cuando tuve 22, me publicaron uno de esos cuentos en una pequeña revista. Todo lo que escribía era producto de mis observaciones. Y tenía que ver con cosas que ocurrían en el barrio italiano del Bronx, donde crecí. Cuando me cambié a Manhattan, fue como descubrir el mundo. Fue una gran transición, a pesar del hecho de que todo lo que tenía que hacer para viajar entre los dos lugares era subirme al Metro. Para mí era como otra civilización. Me tomó un rato entender que esta novela me iba a sacar personalmente del Bronx y llevarme a los Estados Unidos de América. Por eso le puse Americana. Y me permitió sentar las bases para el trabajo que seguiría: la exploración novelística del suroeste del país. Es una zona por la que he viajado mucho.

¿Texas, Nuevo México, Arizona…?

Todo eso… Mi esposa y yo tenemos amistad con una persona que vive en Tucson. Vamos frecuentemente allí para practicar senderismo.

¿Ha estado en México?

Una vez mi esposa y yo cruzamos la frontera cerca de Marfa, Texas. Estuvimos hora y media del otro lado. No recuerdo cómo se llamaba el lugar.

¿Se involucró usted en los movimientos de los años 60?

No me involucré, fuera de algunas protestas contra la guerra de Vietnam.

Pero lo que sucedió en esos años, ¿lo influenció?

No tuvo un gran efecto en mi obra. Por ejemplo, no veo los hechos de esos años en mi primera novela, lo cual siempre me ha parecido extraño. Por supuesto, tuvo un efecto sobre mí y sobre cómo pienso acerca de Estados Unidos y sobre cosas de las que prefiero hablar sin que estén grabando (sonríe).

¿Cuándo empezó a pensar en el terrorismo? El tema está presente desde sus primeras novelas, en los 70. ¿Qué es para usted el terrorismo?

Es un tipo de amenaza implícita. El terrorismo no es sólo la historia de quienes se involucran en él y empuñan las armas por la causa que sea. Es algo que le puede suceder a cualquiera, en cualquier momento y casi en cualquier lugar. Y pensé más sobre eso cuando mi esposa y yo vivíamos en Grecia. Eran tiempos en que la gente tenía que huir por los ataques terroristas. El país estaba en caos. También eran tiempos en que secuestraban aviones y barcos y quemaban edificios. Había guardaespaldas afuera del consulado estadunidense en Atenas.

Incluso hubo estadunidenses muertos…

Sí, por ejemplo, un jefe de estación de la CIA fue asesinado por un grupo terrorista en Atenas, apenas un par de años antes de que yo llegara (Richard Welch, víctima de un ataque de la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre, en diciembre de 1975). Esto siempre era una preocupación para quienes vivíamos allí. Una vez estaba yo caminando cerca de la escuela americana y me salieron al paso unos hombres para interrogarme. Resultó que eran policías de civil, vigilando la escuela.

El terrorismo ha evolucionado desde los años 70. Ha pasado de ser una acción de reivindicación de ideas políticas a ser la respuesta del fundamentalismo religioso a los cambios que vive el mundo. Nueva York acaba de ser víctima otra vez de este segundo tipo de terrorismo ¿Qué piensa al respecto?

Me pregunto cómo una religión tan antigua y respetable como el islam puede conducir a este tipo de violencia. Supongo que pasa con todas las religiones… o quizá no todas. Me asombra la manera en que un tipo de fervor degenera en otro tipo de fervor y crea un extremismo que debe mostrarse de una forma violenta. Una vez que una persona joven se une a tal organización, es que originalmente tenía una tendencia a este tipo de pensamiento, quizá no a la violencia, pero sí el deseo de unirse a una entidad grande. Y, de repente, muchos de estos jóvenes se encuentran listos para matar gente.

¿Cómo fue estar en la Zona Cero poco después de los ataques?

Fui ahí porque me sentí obligado a saber más. Y porque mi sobrino, su esposa y sus hijas estaban en un edificio de la zona en el momento de los ataques. Pude tener acceso porque mi editora vivía en la zona y así pudimos pasar por las barricadas de la zona. Ella se fue a su casa y yo me quedé tomando notas. Primero escribí un ensayo sobre el tema y luego me sentí obligado a hacer una novela al respecto. La escribí porque pude hacer ese recorrido. No me hubiera gustado hacer algo periférico a esos acontecimientos, tenía que estar ahí y sentir directamente lo que fue que un avión de pasajeros se estrellara en cada una de las Torres Gemelas.

Torres que usted describe en detalle en su novela Jugadores (1977)…

Así es. Una de las protagonistas trabaja ahí.

Por cierto, sus personajes siempre tienen nombres que poseen una cadencia o un significado. No son nombres cualquiera. ¿Cómo los elige? ¿Deben sonarle a usted de cierta forma?

Sí. A veces surgen de inmediato, pero hay casos en que me toma tiempo… Ross Lockhart… Yo sabía que este hombre había cambiado su nombre. Por lo tanto tenía que tener un toque de farándula. Yo tenía un amigo que se apellidaba así y lo usé. Pero luego resultó que su hermano se llamaba Jeff (como el hijo de Ross). Yo no lo sabía. Pero, bueno, nadie ha tratado de demandarme por eso.

Hay muchos jóvenes conflictivos en sus novelas. ¿Hay algún motivo?

No. Me acabo de dar cuenta de eso porque usted me lo dice. No tengo idea. Supongo que porque hay muchos adolescentes en mis novelas y los adolescentes son conflictivos. Pero no fue el tipo de juventud que tuve. Yo crecí en un barrio italiano en el Bronx y acabo de ver a muchos de mis amigos de juventud. Nos reunimos de repente para comer. Y todos estamos vivos y más o menos bien. Ninguno terminó su vida de forma violenta.

Hábleme de su método para escribir. Usted ha dicho que el escritor debe tener una “experiencia mística”. También ha hablado de que las ideas se “revelan”.

No sé si es misticismo, pero de lo que estoy seguro es que el proceso no es lógico. La forma en que escribo es palabra por palabra y frase por frase. La escritura es la que genera las ideas y mantiene en movimiento a los personajes dentro de la narrativa. La escritura define la narrativa. Me dice lo que va a suceder después. Yo me baso mucho en las notas que tomo, en pequeños pedazos de papel. Ahí encuentro palabras, frases y nombres de personajes, más que ideas generales sobre lo que sucede.

¿Qué es lo que escribe en esos pedazos de papel? ¿Cosas que ve, cosas que escucha?

Siempre llevo conmigo un bloc de notas. Y sí, a veces tomo notas en el metro. Escribo todo lo que veo o escucho que me llama la atención.

Usted usa una máquina de escribir en la era de las computadoras. Escribió sobre criónica en un instrumento mecánico…

Es la única manera en que puedo escribir. Sólo he tenido dos máquinas de escribir. Una de segunda mano que compré cuando estaba en la preparatoria. Tuve que dejar de usarla porque se estaba desarmando. En 1975 me compré otra máquina de escribir usada, una Olympia, que todavía uso. Me gusta porque tiene letra grande y la puedo ver.

¿Qué piensa de las computadoras?

Me gustan, son muy funcionales. La tecnología me fascina. Toda clase de tecnología.

¿Usa internet para sus búsquedas?

Sí, tengo un iPad que uso para eso.

Usted se ha descrito a sí mismo como alguien que está interesado en descubrir y describir las corrientes subterráneas de la cultura estadunidense. ¿Cómo es la corriente que generó el movimiento que está impulsando a Donald Trump hacia la Casa Blanca?

No puedo pensar en Trump como el beneficiario de una corriente subterránea. Trump está en otro nivel. Hay muchos estadunidenses que están buscando a alguien para luchar contra la fuerza política existente. No tenía por qué ser Trump. Pudo haber sido alguien muy distinto. Pero resultó que fue un hombre con una gran capacidad de estar equivocado. Es todo lo que puedo decir de Trump.

¿Cómo se siente que Trump haya ido a la Universidad de Fordham, la misma que usted?

¿Cómo? ¿Está usted seguro? ¡No lo creo!

Sí, estuvo ahí de 1964 a 1966, pero no se graduó ahí sino en la Universidad de Pensilvania.

Yo sé que ahí estudió Vince Scully, el famoso narrador de los Dodgers que se retiró ayer…

También Vince Lombardi y Denzel Washington. Pero le aseguro que Trump fue a Fordham.

Pues le pido que revise ese dato (ríe). ¿Sabe quién fue a la misma preparatoria que yo? Martin Scorsese.

Déjeme volver sobre Trump, porque es un tema importante para México. ¿Deben estar preocupados los mexicanos por la posibilidad de que gane?

Sí, y todos debemos estar preocupados. Nos podemos repetir que no va a suceder, pero el hecho es que está sucediendo. Ocurre que no me siento calificado para decir por qué está sucediendo. Para tener respuestas sustanciales a estas preguntas, mejor dejémoslo a los politólogos.

Va a cumplir 80 años el mes que entra. ¿Qué piensa de eso?

Es mejor tener 79 porque es un número primo. Ochenta es un número redondo, aburrido. Es una transición importante, claro, pero por otro lado, sólo se trata de un número. No voy a cambiar al día siguiente de mi cumpleaños. Además, no lo celebro. Cuando era niño había pastel, pero no he celebrado mi cumpleaños en mucho tiempo.

¿Por qué es importante el cine para usted?

Por el poder de la imagen. La gente me pregunta si el cine ha influenciado mi escritura, pero la verdad es que no lo sé. De ser así, es un efecto místico. Descubrí el Nuevo Cine en los años 60 y eso me permitió conocer algo más allá de las películas de Hollywood. En los 60, Kurosawa y otros directores marcaron una diferencia sobre cómo veía yo el cine. Pero luego el cine estadunidense mejoró mucho en los años 70.

¿Y el jazz?

Me encanta. Tenía yo un primo de mayor edad que yo que llevaba discos de jazz a la casa donde vivíamos. Yo tenía 16 y él tenía 22. Descubrí el jazz en centros nocturnos de Manhattan. El poder y lo impredecible de esa música me sorprendieron. Aunque mis razones para escuchar jazz han cambiado, sigo poniendo los mismos discos de entonces: Monk, Miles y Coltrane.

En la Pequeña Italia

En pleno corazón del Bronx, extendido a lo largo de cinco cuadras de la avenida Arthur –que corren de la Fordham Road a la calle 183– está el barrio italiano más tradicional de la ciudad de Nueva York.

Aunque hay otros lugares de la Gran Manzana que reclaman el apelativo de Pequeña Italia, ésta, la del Bronx, es la más tradicional.

Todavía pueden encontrarse restaurantes y panaderías que venden productos y platillos originados en Italia y que no han cambiado mucho en el último siglo, desde la última gran migración.

En las primeras décadas del siglo pasado llegaron a Nueva York entre tres y cuatro millones de italianos. Muchos de ellos se instalaron en el Bronx, el distrito más al norte de la ciudad.

La familia DeLillo llegó desde Montagano, un pueblo del centro sur de la península itálica, que hoy se encuentra en la región de Molise pero que, entonces, antes de la partición de Los Abruzos, formaba parte de éstos.

La población de Montagano se redujo drásticamente por la emigración hacia Estados Unidos. De los casi 4 mil habitantes que tenía en 1881, hoy sólo tiene poco más de mil.

Molise es la misma región de la que proviene la familia del actor Robert de Niro, quien, en su faceta de director, llevó a la pantalla la película Una historia del Bronx en 1993.

Hace tiempo que el Bronx ha dejado de estar habitado mayoritariamente por personas de origen italiano, pero sigue siendo una zona de importante migración. Hoy los hispanos suman 54% de la población del distrito. Y 43% habla español en casa, contra sólo 1.36% que habla italiano.

En la Pequeña Italia nació y creció el escritor Don DeLillo. Habitaba una casa donde vivían 11 parientes. Allí hizo amigos que conserva hasta el día de hoy y con quienes suele reunirse a comer en uno de los restaurantes de la avenida Arthur, llamada así en honor del expresidente estadunidense Chester A. Arthur.

Al final de la calle, hacia el norte, se encuentra el campus principal de la Universidad de Fordham, donde estudió DeLillo, quien hoy vive en Manhattan.

Entre los exalumnos de Fordham figuran Vince Lombardi, Denzel Washington y el recientemente retirado locutor de los partidos de los Dodgers de Los Ángeles, Vin Scully.

Y, aunque muchos prefieren olvidarlo, también estudió allí, por dos años, Donald Trump.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.






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