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Internacional

¿Cómo se dice ‘Vote for Clinton’ en español?

The New York Times | Viernes 04 Noviembre 2016 | 15:51 hrs

Agencias |

Glendale, Arizona— Cuando los familiares de Ofelia Cañez la ven venir, hacen casi todo lo que pueden para evitarla a ella y sus incesantes recordatorios sobre votar. Salen corriendo de la habitación. Fingen estar ocupados.

“Cierran la puerta”, dijo Cañez, de 65 años, una organizadora de base del Partido Demócrata en Arizona; tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro y portaba un botón de Hillary Clinton del tamaño de un plato de té.

Abuelas como Cañez están al frente de la iniciativa del Partido Demócrata para superar una paradoja obstinada: los hispanos han estado votando en cifras récord pero también se han quedado en casa en cifras récord, pues su participación electoral se queda atrás comparada con su crecimiento poblacional.

Una manera de ayudar a que los hispanos figuren en las encuestas, según los demócratas, es buscar el “voto de las abuelas” y aprovechar la influencia y el respeto que las mujeres mayores tienen en las comunidades hispanas.

Cientos de abuelas salen como un ejército en estados como Arizona, Nevada y Colorado, una iniciativa basada en la experiencia y la investigación que muestra que los mejores movilizadores a menudo no son celebridades ni políticos populares, sino personas que la comunidad conoce muy bien.

“Hemos estado tratando de entender quiénes son las personas más influyentes y efectivas a la hora de generar votos”, dijo Lorella Praeli, directora del programa de acercamiento a la comunidad latina de la campaña de Clinton. La respuesta, dijo, estaba justo frente a ellos: “No se cuestiona lo que dice la abuela”.

Puede que las abuelas realmente no sean un nuevo tipo de dirigente político, pero gracias a sus redes familiares extensas e interconectadas, las que trabajan en nombre de Clinton son mensajeras convincentes. Son matriarcas de familias que a menudo incluyen a múltiples generaciones bajo un mismo techo. Afuera, muchas son líderes de grupos eclesiásticos u organizadoras de reuniones cívicas y sociales de mujeres.

Que Clinton pudiera convertirse en la primera mujer presidenta, varias dijeron en entrevistas, hace que su activismo sea especialmente urgente.

Los hijos de Cañez son conservadores, dijo, pero los ha obligado a leer material de la campaña de Clinton y usa sus botones de Hillary siempre que los ve. “Estoy aquí cada día y estaré aquí cada día”, dijo durante un turno en una oficina estatal del Partido Demócrata en Glendale, un suburbio de Phoenix. “Esta es una campaña muy personal para mí. Para todos nosotros”.

Aquí en Arizona —un estado con una gran población hispana que ya está votando— la campaña de Clinton y el Partido Demócrata han utilizado a las abuelas, y tácticas más convencionales, para convertir un estado muy republicano en uno donde Clinton ha disminuido la ventaja de Donald Trump en las encuestas.

Cerca de la mitad de los posibles electores de Arizona ya votaron; los demócratas registrados en la votación temprana están a unos cuantos puntos porcentuales de los republicanos, quienes han ganado el estado en todas las elecciones presidenciales salvo en 1952. Las mujeres conformaron el 54 por ciento de todos los electores tempranos.

A escala nacional, el alcance de las abuelas demoócratas es una versión más formal y centralizada de lo que ha pasado a nivel local desde hace tiempo.

En Nevada, Natalie Montelongo y Vanessa Valdivia, dos jóvenes voluntarias, reconocieron el poder que las madres y abuelas hispanas ejercieron al impulsar la participación el año pasado, cuando estaban organizando a los demócratas para los caucus presidenciales.

Después de ver cómo las mujeres llegaron a su oficina para registrar a sus hijos, nietos y sobrinos, las dos desarrollaron un acercamiento que combinó la política comunitaria con tácticas de venta de cosméticos a domicilio: cada mujer hispana que se registraba se comprometía a reclutar a cinco amigos, quienes a su vez reclutarían a cinco más.

Montelongo y Valdivia tuvieron tanto éxito que la campaña de Clinton las contrató a ambas. Ahora están trabajando en Colorado, intentando repetir sus esfuerzos en los vecindarios mayoritariamente hispanos de Denver y sus alrededores.

“Esto abre una puerta que antes no estaba abierta para nosotros”, dijo Montelongo. No nos viene mal, agregó, que las abuelas rara vez sean introvertidas.

“No temen ser directas”, dijo. “Sostienen las conversaciones más difíciles que no siempre podemos tener con personas que queremos convertir en simpatizantes”.

Y ofreció un consejo basado en su experiencia personal: “No te metas con ellas”.

La participación entre las latinas, y entre mujeres de minorías en general, es uno de los aspectos más ignorados de una campaña presidencial que se ha concentrado en convencer a mujeres blancas con educación universitaria. Sin embargo, las mujeres de las minorías fueron un factor crítico en la reelección del presidente Barack Obama en 2012. Las mujeres negras participaron en una tasa del 70 por ciento; la más alta que la de cualquier otro grupo. La participación de las latinas fue del 50 por ciento, con lo cual excedieron la participación hispana por cuatro puntos porcentuales.

Tres cuartos de las mujeres que se han convertido en electoras habilitadas desde el 2000 pertenecen a minorías, de acuerdo con un análisis de información censual publicado por el Centro para el Progreso Estadounidense; y las latinas conformaron la porción más grande. Ahora hay por lo menos 5,9 millones más de ellas que pueden votar de las que había cuando George W. Bush fue electo por primera vez; un aumento del 83 por ciento. Al mismo tiempo, el crecimiento poblacional de las mujeres blancas se ha estancado.

“Hay un dicho que jamás olvido”, dijo Barbara Valencia, una administradora jubilada de 64 años que vive en Tempe. “Si educas a un hombre, educas a una persona. Si educas a una mujer, educas a una familia”. Valencia, como Cañez, es parte de un grupo de mujeres hispanas en sus cincuenta, sesenta y setenta que están trabajando con el Partido Demócrata para reforzar la participación en sus comunidades.

No ha sido fácil, por varias razones. La indiferencia puede ser generalizada y difícil de erradicar, dijeron estas mujeres. En las familias que son estadounidenses de primera generación, y que a veces pueden incluir inmigrantes indocumentados, a menudo hay un sentimiento de malestar frente a la interacción con el gobierno. Además, los 27,3 millones de hispanos con edad para votar son, por lo general, más jóvenes que sus contrapartes negros, blancos y asiáticoamericanos. Cerca del 44 por ciento de hispanos aptos para votar este año son millennials, de acuerdo con proyecciones del Pew Research Center.

De hecho, gran parte del crecimiento en la población hispana apta para votar proviene de personas que están cumpliendo 18 años, lo cual hace que el conjunto de electores disponibles no solo sea poco fiable, sino que a menudo tampoco esté registrado.

Mary Rose Wilcox, de 66 años, quien en 1982 se convirtió en la primera latina electa para el Ayuntamiento de Phoenix, dice que todos los días combate la apatía.

Recordó cómo, a principios de la campaña de Donald Trump, se ofendió tanto con sus comentarios acerca de los inmigrantes mexicanos que les envió un correo electrónico a sus cinco hermanas y les dijo que no podían esperar sentadas a que pasara esta elección. “Les dije: ‘Llegó la hora, chicas’”, agregó. “Debemos asegurarnos de que todos nuestros hijos estén registrados, que todos sus amigos estén registrados, y debemos hacer que voten”.

Sin embargo, el factor del temor a Trump en realidad podría no ser tan potente como esperan los demócratas. En una encuesta publicada en septiembre, Univisión preguntó a los electores en Arizona, Colorado, Florida y Nevada si creían que Trump deportaría a todos los inmigrantes indocumentados. Solo cerca de un tercio de los electores respondió que sí.

Por eso, ahora depende de abuelas como Wilcox el usar sus poderes persuasivos.

Esos poderes son importantes en especial al eliminar la división generacional, porque a menudo los descendientes de segunda o tercera generación ya no se identifican con los problemas de sus familiares mayores.

“Debes recordarles la realidad”, dijo Wilcox acerca de sus nietos, algunos de los cuales trabajan para ella en una pequeña cadena de restaurantes mexicanos que poseen ella y su esposo.

Entre risas, reconoció: “Les dije: ‘Si no votas por Hillary, estás fuera’”.

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