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Internacional

La amante mexicana de Giulio Perrone, un líder de la mafia italiana

Associated Press | Lunes 17 Abril 2017 | 14:44 hrs

Agencias |

Todos los días, Angélica recibe alertas de noticias desde temprana hora y durante varias partes del día, debido a su trabajo de comunicadora. Uno de esos mensajes, el que llegó a su celular alrededor de las 2:30 pm del viernes 10 de marzo, la dejó perpleja luego de leer el nombre de un narco italiano detenido en Tamaulipas, porque era el mismo hombre que conoció hace 22 años y con quien tuvo un corto, pero intenso romance. No sabía que Giulio Perrone era uno de los líderes de la Camorra más buscados, aunque por lo rosa que puede resultar esta historia, pareciera que era un enamorado cualquiera, no un hombre al frente de uno de los grupos delincuenciales más temidos.

Todo comenzó en junio de 1994 cuando Angélica y una amiga caminaban por calles de la colonia Doctores, en la Ciudad de México, donde vivía en aquel entonces, en busca de un cerrajero, porque querían compartir departamento. Cuando llegaron a un local, afuera había un hombre alto, bien parecido. Casi instintivamente, pensando que era el dueño de ese lugar, Angélica se acercó a él y le abrió la mano donde tenía las llaves. “¿Esas son las llaves de tu corazón?”, le dijo él. Ella no supo qué responder, la sonrisa blanca y franca de aquel hombre,cuyo acento Angélica aún no lograba descifrar la dejó desarmada, ella tenía 22 años de edad y muy poco sabía del amor, pero Julio, como aquel hombre dijo llamarse, o Yulio, como ella escuchó que lo decía, le enseñaría un camino que jamás olvidaría.

“Había habido un partido entre México e Italia y empezó a hablar de eso, que si yo creía que necesitaba la revancha, pero la plática ya era en plan abierto de coqueteo… le dije que sí, que México necesitaba la revancha… y me dijo que le diera mi teléfono… se lo aprendió de memoria”, cuenta ella, quien se refería al partido de Italia contra México en el Mundial del 94, donde ambos equipos empataron.

La primera cita fue esa misma tarde-noche, en un Sanborns, uno de esos restaurantes cuyo dueño es el hombre más rico de México, Carlos Slim. La sucursal es conocida como la de “Los Pajaritos”, en la estación División del Norte de la Línea 3 del Metro. El epíteto se debe a que las ventanas del restaurante fueron construidas como una especie de jaula gigante, llena de plantas, casi árboles, donde pueden verse varias aves volar. Ahí, él le dijo que era italiano y que se dedicaba a vender plata y otros productos a tiendas departamentales.También le contó que vivía en la Narvarte, una colonia cercana a la de ella.

“Decía que él traía mercaderías de Italia, sus mercaderías eran juegos de cubiertos que en esa época estaban de moda… que él los importaba y unos cuadros de plata, eso él decía, que un día me iba a llevar a su tienda… me llevó, era como bodega, por Avenida La Morena, porque vendían los productos a grandes tiendas departamentales”, narró.

Después de varias citas, ocurrió lo que ambos querían: amarse sin decirlo, expresando sus sentimientos a través de sus encuentros físicos que se volvieron constantes. Él tenía más de 40 y a ella le fascinaba esa experiencia que le mostraba en las artes amatorias. “Yo era muy joven y tenía mucha energía, él sabía cómo sacar provecho de ello muy bien… siempre se preocupó porque yo estuviera satisfecha primero”.

¿Cuándo te diste cuenta de que estabas enamorada?, le pregunté, al tiempo que ella miró al techo tratando de recordar el momento exacto, pero no pudo, simplemente se dio cuenta que “ya estaba muy involucrada con él… era muy romántico, muy cariñoso, quizá no con palabras, pero con acciones, cuando me miraba me daba cuenta de su cariño”.

Angélica dejó que le tomaran fotografías en el restaurante donde fue su primera cita en México con Giulio Perrone.

El Padrino

Aunque Angélica tenía una relación complicada con su padre, había muchas cosas que la unían a él, además de los genes. La película de “El Padrino” era de una de ellas. “A mí papá le encantaba esa película y, de tanto verla juntos, terminó por ser una de mis favoritas”. De ahí surgió una broma que reveló mucho de verdad más tarde.

Julio era muy discreto con su vida y sus actividades como uno de los líderes de la Camorra. Angélica nunca se dio cuenta de que él lidiaba con drogas, creía que él –quien tenía un austero estilo de vida–, era cuando mucho un contrabandista, pero eso a ella no le parecía demasiado peligroso, mucho menos sospechaba que sus reuniones con otros italianos, quizá, eran para arreglar negocios de drogas.

“Eran todos napolitanos, todos jóvenes, había dos o tres señores de la edad de Julio, pero eran más como sus amigos, no socios, más asentados en México… lo otros casi siempre hablaban en italiano o napolitano, de repente llegaban unos y se iban otros, algunos se establecieron aquí”, dice al referirse a la Ciudad de México, desde donde realiza la entrevista vía Skype.

Cuenta que ella era “la mujer” oficial de Julio en México, aunque no sabía que tuviera una esposa en Italia y una amante “formal” en Brasil, con quien tuvo un hijo. Sin embargo, el grupo de Julio la trataba muy bien. Pronto se dio cuenta de que ese respeto hacia ella no era gratuito, porque Julio, a quien todos saludaban de doble beso en las mejillas, siempre ocupaba la cabecera de la mesa cuando hablaban de negocios o comían, además de que decidía todo, incluso el menú diario.

Las pláticas superficiales entre ellos eran en español, pero hablaban mucho en italiano, cuenta Angélica, luego los tonos se tornaban más serios y hasta ríspidos, era cuando todos hablaban en napolitano, idioma que ella nunca entendió. A pesar de ello, preocupado quizá por revelar demasiado, Julio siempre le preguntaba: “¿Qué entendiste?”. “No mucho, esto y esto…”, le respondía ella. “¿Nada más?”. “Sí… enséñame napolitano, ándale”, le pidió varias veces Angélica. “No, es muy difícil, mejor no”. Esa negativa no le importó a ella, porque estaba más preocupada por concluir sus estudios y resolver los problemas que tenía con su padre.

En los casi siete meses que estuvieron juntos, Angélica cuenta que acompañaba a Julio a casi todos lados, nunca vio nada extraño.

“Vendía camisas también, la plata y otros productos, pero nunca vi nada de drogas”. Esto quizá porque ella no lo acompañaba a los viajes constantes que él hacía a Cuernavaca. “Ahí nunca me llevó”. Tampoco a aquellos viajes de más de dos semanas. “Se iba, sólo me llamaba un día antes y me decía que volvería en dos, tres semanas. Nunca supe a dónde iba y yo no preguntaba”, asegura.

Cada que él volvía de sus viajes los encuentros amorosos tenían la intensidad necesaria para recuperar el tiempo perdido. Ella, dice, estaba enamorada, pero no lo sabía entonces, no se decía ni a sí misma que eso que sentía por él era amor. “Yo le tenía mucho respeto, fue también como un padre, me ayudó mucho emocionalmente y me ayudó a salir adelante profesionalmente en un momento clave en mi vida… yo había dejado la escuela en Ciencias Políticas (en la UNAM), y él logró lo que nadie: convencerme a volver a estudiar, y me ayudó con mis gastos, eso siempre se lo agradeceré”.

Además de llamarlo Yulio, Angélica tenía dos maneras adicionales de referirse a él: “Le decía que él era como mi Ángel, porque me cuidada…. Y también le decía que parecía ‘El Padrino’, por la forma en que lo trataban sus amigos, que ahora creo que eran sus socios… él sólo se reía… pero un día le conté que me gustaba mucho la película de ‘El Padrino’, que a mi papá también, y me dijo: ‘¿Sabes que el 90 por ciento de lo que ahí se cuenta es verdad?’ No sabía, le dije, yo era muy tonta o inocente, no sé, pero no relacioné esa película con su vida… hasta ahora”.

Angélica no es el verdadero nombre de la protagonista de esta historia, pero fue el que eligió para no revelar el suyo, debido a que podría comprometer su vida personal y profesional. Eligió este nombre porque le recuerda a su Ángel, a Julio, quien quizá no era el verdadero “Padrino”, sino aquel hombre mayor que alguna vez lo visitó en México.

“Un día me dijo que alguien muy importante de Italia vendría a México. Como siempre, no me dio detalles, pero me dijo que quizá tenía que acompañarlo a una cena o algo… unos días después me llamó y me dijo que me pusiera muy guapa, que íbamos a ir a cenar con este señor… fuimos a un restaurante italiano en la Roma… el señor me dijo: ‘Tú eres la meshicana’, no me decían mexicana, sino meshicana, fue cuando me di cuenta que para Julio yo era alguien a quién presumir y eso lo tenía orgulloso. No es por nada, pero yo era muy joven, muy guapa, me mantenía en forma”. Lo que más le sorprendió a ella fue que aquel hombre mayor, del que no recuerda su nombre, ocupó el lugar de Julio en la mesa y éste le expresaba un respeto especial, como alguien de más alto rango, como el verdadero “Padrino”.

“No entendí nada de lo que dijeron, fue una cena muy aburrida para mí”, recuerda.



¿Quién es Perrone?

Giulio Perrone fue identificado por la Procuraduría General de la República (PGR) en México como un líder de la mafia italiana que vivía en esa nación desde los años noventa, tras huir de la justicia. En esa época lo conoció Angélica, cuando él comenzaba a establecerse en aquel país.

“A través de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) se logró en el estado de Tamaulipas, la detención de Giulio Perrone, quien cuenta con una Notificación Roja de INTERPOL, por su probable responsabilidad en el Tráfico Internacional de cocaína y, además, ser considerado como miembro de primer nivel de la mafia italiana de Nápoles”, indicó el comunicado de la PGR.

El hombre, de 64 años, es originario de la provincia de Gragnano, contaba con una sentencia por 20 años, 11 meses y ocho días de prisión, otorgada por el Tribunal de Nápoles, y durante 10 años figuró en la lista de los hombres más buscados de Italia.

“La situación migratoria de Giulio Perrone en México era irregular, por lo que al momento de su detención, en el municipio de Ciudad Madero, Tamaulipas, se le aseguraron dos identificaciones falsas, mismas que exhibían fotografías con las características físicas de este individuo”, informó la dependencia que lidera Raúl Cervantes Andrade.

Angélica vio alguno de los pasaportes falsos y pensó que Giulio le mentía, porque al castellanizar su nombre se decía Yulio y las autoridades también lo ubicaban como Julio, en realidad él siempre le dijo a ella su verdadero nombre.

“Un día vi su pasaporte y vi que no decía Julio, pensé que me había engañado, sino como decía en el pasaporte Saverio Perrone, este canijo me engañó… no se molestó que le preguntara y me contó que ese era su verdadero nombre”. Es decir, él mintió entonces. ¿Y no le preguntaste más? ¿Por qué se fue a México? ¿A qué se dedicaba en verdad? “Sí, pero como era muy bromista pensé que estaba bromeando cuando me dijo que debió salir de Italia por un problema muy fuerte que tuvo y a lo que se dedicaba, no le creí, porque yo no veía nada de eso, para mí, como te digo, lo máximo que pensaba era que se dedicaba al contrabando, nada más… y mira, me dijo la verdad”. ¿Y nunca le viste armas? “Nada. Te digo que lo acompañaba a la bodega donde tenían las camisetas, los productos de plata, pero no había droga ni nada, nunca les vi armas”. “Eran muy discretos, excesivamente”, atajó. “Sí, y muy respetuosos. Julio me decía que lo más importante entre ellos era su palabra y la lealtad”.

Angélica ya no lo ve con los ojos de inocencia que cuando tenía 22 años de edad. “Si estaba en Tamaulipas, que es donde está bien duro el tema de la droga, seguro hizo algo, según no le debe nada a la justicia mexicana, pero yo no estaría tan segura de ello, ¿tantos años viviendo aquí y atrapado en Tamaulipas?”, expresa.

Ese estado es uno de los más peligrosos del narcotráfico en México, donde operan los cárteles de El Golfo y Los Zetas –este último uno de los más sanguinarios– y otros 21 grupos más, según la PGR. Incluso la entidad está en la lista de EEUU y Canadá de los lugares más peligrosos para sus turistas.

La seducción de ser vigilada

¿De verdad no sabías a qué se dedicaba?, le volví a preguntar. “No, él era muy discreto, y eso que yo tenía acceso a todo el departamento, que era pequeño, de dos recámaras”, narra. Angélica reconoce que para ser el líder de un grupo delictivo tan importante vivía con demasiada austeridad. “He visto a políticos mexicanos con más dinero en la cartera que él, tenía un coche Corsar 86, viejísimo… siempre andaba limpio, pero sencillo al vestir, con camisetas poco llamativas y toda su gente era así”.

Conforme avanza la plática, Angélica recuerda un hecho que ahora le hace comprender el “poder” de Julio en aquel entonces. Él sabía siempre dónde estaba ella. “A veces quería irme a bailar y misteriosamente siempre llegaba, claro que a mí me daba gusto”. Eso ocurrió en el Medusas, la discoteca de música electrónica más popular de la capital mexicana en los años noventa, ubicada en la zona de San Ángel, una de las más exclusivas. Toda una leyenda. “Yo, no tenía dinero, pero era guapa, entraba gratis, ya sabes, en eso de las chicas entran gratis… ni compraba nada para beber, pero cuando él llegaba pedía mesa y las mejores bebidas, lo conocían muy bien ahí… yo nunca le decía dónde iba, pero cuando llegaba a ese lugar, después de haberme visto con él, los cadeneros me dejaban pasar sin problema y él llegaba poquito después”.

¿Entonces te vigilaba? “Sí, no había otra forma en que pudiera enterarse de dónde andaba. Cuando lo confronté me dijo: “yo cuido lo que es mío”. Cuando termina la frase, Angélica se detiene unos segundos e intenta justificar la emoción que le daba que Julio le dijera eso. “Ahora más que nunca defiendo la igualdad de género, pero la verdad, cuando él me decía eso, yo me emocionaba, pensaba que sí me quería y que me quería mucho”. ¿Y nunca te dijo cómo te vigilaba? “No, me decía que a ese lugar siempre iban los chicos, estos italianos guapísimos todos, y que ellos le decían… me sonaba lógico. No volví a preguntar. Me gustaba saberme, de alguna forma, protegida”.

La separación

Durante muchos años, Angélica escribió un diario sobre sus relaciones amorosas, casi siempre cercanas a la separación, que era cuando más sentía necesidad de expresarse, el dolor la obligaba a ello, y con Julio no fue la excepción. En noviembre, a la mitad de la relación, pensó que todo había terminado y compartió parte de ese sentimiento: “De Julio, no sé nada de él, la última semana que estuvo aquí se portó de la chingada conmigo… y no ha vuelto a llamar, pero ya qué puedo hacer, me preguntan si lo extraño, y les digo que no, pero nadie sabe cómo me siento, cómo tengo el alma, cómo está mi corazón”. Aún no era el fin.

Tras casi siete meses de relación, Angélica y Julio dejaron de verse, más por la fuerza que por deseo.

“Él me platicó que cuando estuvo en la cárcel le escribía una brasileña, así que cuando salió fue a verla y se enamoró de ella, tuvieron un hijo… me dijo un día que ella iba a irse a vivir a México, que en un mes, y que ya no podríamos vernos… yo sabía que eso pasaría, porque él se desaparecía semanas, y yo no creía que quisiera quedarse conmigo… también me decía que yo era muy joven y tenía que vivir la vida”.

Angélica asegura que no supo cuándo llegó la brasileña, pero se enteró por el propio Julio que ella había arribado a México, a pesar de eso, él buscaba a su “meshicana”, pero ella prefirió alejarse de problemas, así que aceptó verlo sólo un par de veces en lugares públicos para platicar. Él entendió que ella no quería verlo a solas. “Él iba mucho a buscarme y ella lo sabía”.

Un día, alguien le llamó a Angélica por teléfono: ‘Julio te necesita, ven a tal hora a su casa’, me dijo… “yo por supuesto fui, porque me preocupó, pero cuando llegué ahí, él no estaba”. En aquella cita obligada, la brasileña le dijo a la mexicana que Julio debía tomar una decisión, pero que ella tenía un hijo con él. “Fue muy tenso, pero luego se calmó un poco y me enseñó fotos de ellos y de su bebé, de cartas que él le escribía cuando él estaba en la cárcel… yo le dije que yo entendía que él debía quedarse con ella, por su hijo, que yo no me iba a meter, no creo que me creyera… al poco tiempo llegó Julio y obvio se sorprendió de verme ahí”. La brasileña confrontó a Julio, continúa Angélica, quien no sabía qué hacer ni cómo reaccionar. “Él se quedó sorprendido, y yo le dije a ella: a mí nadie me va escoger, arreglen sus problemas, ustedes son una familia… fue la penúltima vez que lo vi, pero ya habíamos terminado… cuando bajaba las escaleras, sólo alcancé a escuchar que él le decía que ella era la mamá de su hijo, pero que también me quería a mí, eso me emocionó, pero no regresé, y de las cosas que ella me dijo, me contó que además él tenía una esposa con tres hijos en Italia, pensé: ¡mira a este cabrón!”.

Angélica escribía en su diario parte de su historia con Giulio Perrone.
El adiós ¿para siempre?

La última vez que Angélica vio a Julio fue en una situación poco agradable para ella. Su padre, quien enfrentaba varios problemas, entregó un cheque sin fondos que le originó una demanda y una orden de desalojo. Ella cuenta que se negó a que eso ocurriera y fue detenida por una falta cívica. En la Ciudad de México, a quienes cometen una falta de este tipo, como los vendedores ambulantes, las trabajadoras sexuales, quienes manejan borrachos, entre otros, los llevan a “El Torito”, un famoso inmueble de encierro donde los acusados no pueden estar más de 72 horas, pero pueden salir bajo fianza o con un amparo. Ella tenía que pagar 21 mil pesos para poder salir.

“Una de mis hermanas fue a buscar a Julio, le dijo que yo no sabía… le contó todo… y yo me enteré cuando llegó una abogada a explicarme mi caso, lo que debía pagar… me dijo que lo vería con Julio… al otro día él armó un alboroto, imagínate, a mi italiano alto, guapísimo, con su sonrisa blanca, con bolsas del súper llena de cosas que a mí me gustaban, las viejas en el lugar le abrieron el paso… realmente me sorprendió”.

Julio le dijo que era mejor quedarse ahí las 72 horas, pero que él le ayudaría a que estuviera cómoda, “porque no quería que mi padre me utilizara para arreglar sus problemas, eso le molestó mucho. Y me llevó cosas para arreglar la pequeña celda, parecía cuarto”, narra un tanto emocionada al recordar. “Cuando salí él fue por mí, me esperó recargado en el coche de Carmine, un coche “para viejitos”, de esos grandes, creo que era un Grand Marquis, todo guapo él, fue la última vez que lo vi”. Ella afirma que esa vez no hubo nada sexual entre ellos, aunque no porque ella no quisiera, prefería no tener más problemas. Fue la última vez que la “meshicana” y el napolitano se vieron.

¿Te gustaría volver a verlo?, le pregunto.

“La verdad sí, pero no creo que sea posible… ni seguro”.

¿Qué sentiste cuando lo viste detenido?

“Sentí feo ver sus ojitos tristes, ya viejo, pero era él”.

Si hubiera forma, ¿aceptarías verlo de nuevo?

“Sí, siempre estaré agradecida con él por lo que hizo por mí, por ayudarme en momentos clave en mi vida… siempre será mi Ángel”.

El 10 de marzo de 2017, Perroni fue detenido en Tamaulipas, a donde fue ubicado por compartir fotografías en Facebook. Nuevas líneas de investigación salen a la luz, incluyendo la posible relación entre Perroni y el exgobernador de ese estado mexicano, Tomás Yarrington, detenido en Italia, ¿casualmente? El periodista mexicano Diego Osorno escribió en Twitter: “No es coincidencia”.

 

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