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Jornaleros: El tiempo es dinero

Salud Ochoa/El Diario | Miércoles 16 Mayo 2018 | 07:15 hrs

Francisco López/El Diario |

DeliciasCon cachuchas cubiertas con pedazos de tela, formando una especie de sombrilla, decenas de jornaleros agrícolas provenientes de diferentes estados del país, laboran en los campos de cultivo de la región Centro-Sur del estado, bajo el intenso sol de mayo cuando la temperatura llega a rebasar los 40 grados centígrados.

Hombres y mujeres de Veracruz, Oaxaca, Michoacán, Zacatecas, Sonora y Guerrero, entre otros, se deslizan entre los surcos de cebolla o de chile con el objetivo de recolectar la mayor cantidad de producto posible y con ello, obtener una cifra más alta de dinero ya que el pago por cada kilo recolectado asciende apenas a 80 centavos.

El día inicia a las cuatro o cinco de la mañana, según el sitio donde vivan y la distancia que exista entre éste y el campo agrícola al que se vaya a acudir. Los vehículos, generalmente abiertos, llegan a los albergues para desde allí, transportarlos a los sembradíos donde eligen trabajar, según el pago que el patrón ofrezca, aunque en casi todos, la remuneración es la misma.

El lugar de trabajo puede cambiar, las condiciones no. Los jornaleros no tienen contrato, no tienen prestaciones, servicio médico ni derechos de ningún tipo.

“Nos pagan sólo por la cantidad de producto recolectado. No más. No tenemos contrato ni prestaciones. Así que podemos trabajar un día en un rancho pero si al siguiente, alguien nos ofrece un poco más de dinero, nos vamos”, dicen los hombres que, con tijeras en mano, no se detienen mientras hablan porque cada minuto perdido significa una disminución en el pago.

La frase “el tiempo es dinero” aplica letra a letra para los jornaleros quienes, cuando trabajan en pareja pueden obtener un máximo de 400 pesos diarios de los cuales, por lo menos el 60 por ciento se gastará el mismo día en alimento.

“Cuando se puede, guardamos algo de dinero para hacer un pequeño ahorro pero, eso casi no pasa porque casi todo se va en la comida”, dice Edith, quien a veces acompaña a su marido a la pizca con la intención de reunir el mayor recurso posible.

De la remuneración diaria, tienen que obtener también los 100 pesos semanales que les cobran algunos albergues por concepto de renta de un espacio que incluye un cuarto con cuatro literas y una pequeña cocina, así como contar con un “guardadito” disponible para pagar al médico, en caso de que alguna enfermedad se presente.

“Cuando nos enfermamos tenemos que pagar de nuestro bolsillo”, agrega Edith e indica que los padecimientos más frecuentes son las enfermedades de la piel, la garganta y las diarreas, la mayor de las veces ocasionadas por el contacto o inhalación de plaguicidas y/o pesticidas.

“Las manos se agrietan por el contacto con los químicos. La diarrea y los problemas de garganta son también porque respiramos o ingerimos los productos”.

La intensidad del sol de mediodía obliga a los jornaleros a buscar refugio bajo los árboles, sólo por minutos, para luego introducirse a los surcos, sortear las yerbas, espinas o bichos que haya en la tierra y perderse entre los costales grisáceos llenos de producto que se apilan conforme avanza el día.

La jornada termina alrededor de las 5 de la tarde. La unidad de transporte llega, se acomodan en un espacio reducido que a la distancia pareciera una caja de cigarros en movimiento.

 

Desplazados por la violencia...

 

El crecimiento poblacional en la colonia “Laderas” de la ciudad de Delicias, se ha dado de manera exponencial debido al establecimiento de los jornaleros agrícolas, quienes huyen de la violencia en el Sur del país y optan por quedarse en la región.

Hace un par de años, el albergue “Laderas” se encontraba en un sitio prácticamente despoblado; hoy día, decenas de casas en proceso de construcción –con block, madera y hasta tela— lo rodean aunque el “desarrollo urbano” se muestra únicamente en el número de viviendas.

Allí, habitan familias de jornaleros originarios principalmente de Oaxaca, Guerrero y Michoacán quienes en algún momento llegaron a trabajar y decidieron quedarse en un intento por sortear la violencia y mejorar de alguna forma.

“No quisimos volver porque allá –en el Sur— la violencia está muy fea y más que nada lo hacemos por los niños, para que tengan una oportunidad de vida”, dice una vecina que este día se quedó en casa a la espera de que su marido tenga una buena jornada de trabajo.

Los menores hijos de esas familias, aunque no viven en el albergue, acuden también a la escuela que está al interior de éste, porque en otras instituciones es difícil que los acepten. El rezago educativo es el mayor problema de esos niños. De la violencia, algunos aún no conocen todas sus caras.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.


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