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Nacional

La política mexiquense: un estilo y una escuela

Excélsior | Domingo 07 Agosto 2016 | 06:28 hrs

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El desafío mexiquense



CIUDAD DE MÉXICO..- Cuando Pascal Beltrán del Río me sugirió que sería bueno que Excélsior publicara una nota sobre la política y los políticos mexiquenses, lo primero que pensé fue si eso le correspondería a uno de ellos. Pero mi segunda reflexión fue que es a nosotros mismos a los que corresponde en principio, aunque no en exclusiva, intentar nuestro reflejo. Porque a los otros le toca retratarnos, pero sólo a nosotros nos corresponde reflejarnos.



Hay muchas regiones del país que han formado escuela de política y de políticos. Lo que digo se advierte tan sólo con mencionar a Jalisco, a Oaxaca, a Sonora, a Veracruz y, en lo que nos ocupa, al Estado de México. Hoy me dedicaré a los políticos mexiquenses, los cuales están muy bien equipados. Esto no es extraño. Se han formado en la adversidad que representa una entidad compleja y complicada. Por ello han sido un factor determinante en la vida política nacional.



Gobernar el Estado de México es un desafío mayor. En primer lugar, porque las dimensiones de su naturaleza son de tal magnitud que hacen difícil su manejo. No solamente es la entidad más poblada del país, lo cual ya de suyo implica una problemática muy especial sino, además, enfrenta retos de muy distinto origen y de muy distinta naturaleza.



Aproximadamente 150 países del planeta no llegan al número de habitantes del Estado de México. Tiene muchos municipios con más población que la mayoría de los estados federados. En su sistema escolar están matriculados más estudiantes que el número de habitantes del estado de Nuevo León. El tamaño demográfico y el económico del Estado de México son iguales al de la suma de los siete países centroamericanos.



Pero por si esto no fuera suficiente, muy pocos países tienen la tasa de crecimiento poblacional que el Estado de México. Cada día nacen o arriban mil 300 nuevos habitantes, casi medio millón adicionales cada año, a los que hay que dotar de vivienda, escuela, agua, drenaje, transporte, vialidad, servicios de salud, seguridad pública, empleo y servicios urbanos diversos. Hoy en día, uno de cada siete mexicanos son mexiquenses. Dentro de 10 años, uno de cada cinco lo serán.



No puede desconocerse, desde luego, que todos los estados de la federación siguen padeciendo fuertes límites competenciales, limitantes presupuestarias y limitaciones promocionales para generar su propio desarrollo y su propio bienestar. Ése es uno de los grandes desafíos mexicanos en los años futuros. La posibilidad de armar de la mejor manera nuestra estructura federalista con las posibilidades propias de cada entidad, a efecto de remitir un centralismo que la gobernabilidad democrática y plural del porvenir no aceptará que siga aconteciendo como en el siglo pasado.



Pero, también, los mexiquenses padecen los problemas generados por la conurbación de dos gigantes. Ello se suma a diversas implicaciones del desarrollo social. De una entidad que, hoy en día, está compuesta por mexicanos provenientes de todas la regiones. De una desigualdad socioeconómica que sigue siendo ofensiva e inaceptable.



Es muy clara la idea de que el Estado de México tiene un peso específico muy importante en la resultante nacional. Es decir, que lo que allí  sucede en lo social, en lo económico, en lo electoral y en lo político puede ser decisivo para lo que suceda a los mexicanos todos y por eso los mexiquenses han cuidado al Estado de México en lo político, en lo económico, en lo social y en lo cultural. Porque en el ser, en el poder, en el tener, en el bienestar, en el mejorar y en el saber de los mexiquenses puede servir o ya ha servido a todos los mexicanos.



El estilo mexiquense



Por eso es bueno tener en cuenta lo que sus hombres y, muy especialmente sus políticos, han significado en el acopio nacional. No, desde luego, como un ejercicio de efeméride sino de reflexión y de prospectiva.



Han sabido formar una muy notable escuela política nacional que se identifica por tres características esenciales. La primera de ellas es su sentido de lealtad. Los mexiquenses, como los políticos de todo el mundo, a diario tienen conflictos entre ellos. Hay divergencias, rivalidades, competencias, conflictos y hasta pleitos. En eso no se distinguen de los demás.



Pero es una regla casi ineludible que, para dirimirlos, nunca involucran a quienes no son mexiquenses. Nunca invitan a la intervención de los demás en los asuntos que sólo le conciernen al Estado de México. Guardan el celo de considerar que, en los asuntos toluqueños, naucalpenses o texcocanos no tienen nada que hacer los oaxaqueños, los jaliscienses o los veracruzanos.



Cuando llegan a pelearse suelen hacerlo como debe ser. Como lo hacen los amigos, los esposos o los socios. Adentro de la casa y no en la banqueta. Diciéndose los defectos en privado y las virtudes en público.



Lo anterior está relacionado con una segunda característica del estilo mexiquense. Ésta es la unidad. Casi siempre ellos están del lado de sus paisanos. Son políticamente gregarios. Difícilmente se colocan al otro lado de la trinchera. Por ejemplo, en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión se sientan juntos en el salón de plenos. Esto lo hacen casi todas las bancadas, sobre todo las grandes. Pero los mexiquenses, además, andan juntos, comen juntos y votan juntos.



La tercera característica es la efectividad. Les interesa que la política tenga valores, tenga estilo y tenga oficio. Pero, también, que tenga resultados. Que sirva para la creación y no solamente para la locución o para la presunción. Están convencidos de que lo más importante de su incursión en la vida política de su país no reside en lo que sean sino en lo que hagan. Porque en eso estriba, precisamente, la importancia del quehacer público.



Bien decía José Ortega y Gasset que en el hombre de Estado existe un deseo frenético de creación. El verdadero político no se contenta con ser y ni siquiera se satisface con pensar o con imaginar sino tan solo con hacer. Vale recordar aquel parangón que sugiere Ortega cuando dice que para el político no significa nada ver jugar el tenis ni hablar de él sino jugarlo.



Quizá por eso son creadores por excelencia y sólo complacidos cuando su energía se concreta en la creación. Casi nunca hablan ni piensan en lo que son ni en lo que han sido. Eso carece de importancia para ellos. Tan solo disfrutan con lo que hacen o con lo que han hecho. Consideran el currículum biográfico como un listado de obras, nunca como una relación de cargos.



En ocasiones esos políticos tan creativos dan la impresión de que eran niños jugando a que gobernaban. A ver, vamos a hacer una ciudad en Tlatelolco, y la hacían. A ver, ahora vamos a fundar un ISSSTE. Y lo fundaban. A ver, que tal si ahora nacionalizamos la industria eléctrica. Y lo llevaban a cabo.



Tenía razón Ortega y Gasset. El verdadero político hace y hace. Construye y construye. Realiza y realiza. Es ejecutor sin descanso. Como el pintor, el músico o el escritor que no duerme, no come y no se cansa. No bien termina una obra cuando ya está iniciando la otra. Son muy positivos para sus pueblos y para sus naciones. Son sus verdaderos artífices y son los que determinan su verdadero destino.



Goethe dijo que “mi imperio llega hasta donde llega mi acción; ni más lejos ni más cerca”.



Pero además de su creatividad ha sido notable la aparente facilidad con la que han hecho sus realizaciones. Se creería que nada les costaba trabajo. Sabían para qué es el poder y cómo debe llevarse. Y lo llevaban muy bien. Se movían con él como si fuera un traje a la medida o, más aún, como se lleva la piel. Hacia donde se movieran el poder iba con ellos. Estos hombres pueden ser comparados con aquellos patinadores, bailarines o acróbatas que realizan sus rutinas como si fuera muy sencillo. Provocan el deseo de imitarlos suponiendo que cualquiera podrá hacerlo igual.



En algunas ocasiones esos artistas de magistral destreza hacen necesario que el público ingenuo quede advertido de no intentar ninguna emulación, porque podría resultar en una fatalidad. Quizá la política debiera disponer de cautelas similares. Explicar a todos los babosos que quieren meterse a gobernar suponiendo que es muy fácil, que en el intento pueden llegar al desastre o pueden llevar a sus pueblos a los terrenos de la catástrofe.



La escuela mexiquense



El Estado de México ha contado con la fortuna de tener muy buenos gobernantes. Pero, además, ahora los mexiquenses se han visto beneficiados con su permanencia larga en la gubernatura. Esto no se les había dado siempre. En los 18 años previos al gobierno de Arturo Montiel se sucedieron seis gobernadores del Estado de México. Alfredo del Mazo, Alfredo Baranda, Mario Ramón Beteta, Ignacio Pichardo, Emilio Chuayffet y César Camacho fueron, de alguna manera, gobernadores transitorios.



Todos ellos fueron excelentes gobernantes. Pero a todos ellos les faltó tiempo o les sobró éxito. Ello, tarde o temprano, les regatea la debida gloria a una brillante gestión. Así como, por el contrario, los 40 años mexiquenses previos a los del vértigo que he referido fueron muy estables y muy valorados.



Como en casi ningún otro estado fueron cuatro décadas sin renuncias, sin defenestraciones, sin desaparición de poderes y sin decesos inoportunos. Con ello los mexiquenses se nutrieron de estabilidad, de paz, de desarrollo, de cultura y de la formación de una clase política muy reconocida en todo México, en la América Latina y en el orbe entero.



Ese casi medio siglo incluye las gubernaturas de Isidro Fabela, de Alfredo del Mazo padre, de Salvador Sánchez Colín, de Gustavo Baz, de Juan Fernández Albarrán, de Carlos Hank González y de Jorge Jiménez Cantú.



Después de Arturo Montiel siguió Enrique Peña Nieto, quien también cumplió su mandato sexenal. Hoy, conduce a su país en estos muy difíciles tiempos. Ha protegido la economía mexicana en medio de una economía mundial decaída. Ha enaltecido la política mexicana en medio de un ejercicio político internacional confuso y confundido. Ha preservado la gobernabilidad mexicana en medio de un país que alterna momentos en los que transita con aquellos en los que deriva. En lo que concierne a la política local, ésta se encuentra en las buenas manos de Eruviel Ávila Villegas. Ha honrado el estilo mexiquense con toda alteza.



La leyenda mexiquense



También me referiré a algunos mexiquenses ya fallecidos, que influyeron en el estilo político mexicano del siglo XX y contribuyeron a forjar, en más de un sentido, el destino histórico de México. Isidro Fabela, Gabriel Ramos Millán, Adolfo López Mateos y Carlos Hank tienen su cuna en cuatro puntos cardinales de la geografía mexiquense, como son Atlacomulco, Ayapango, Atizapán y Tianguistenco.



Hoy, ellos cuatro residen en la región de la leyenda. Pero ¿quiénes fueron ellos y qué hicieron? Muchos mexicanos que son aún muy jóvenes y muchos quienes no son mexiquenses quizá se pregunten ¿quién fue Isidro Fabela? ¿Qué hizo? ¿En qué residen sus méritos?



Fabela fue un emblema de la diplomacia mexicana postrevolucionaria. Embajador y presidente de la Corte Internacional que tiene su sede en La Haya.



En 1941, en un banquete en Toluca, fue asesinado el gobernador Alfredo Zárate Albarrán. Para ocupar la gubernatura y con el fin de pacificar al Estado de México, que vivía una ola incontenible de violencia caciquil, fue designado Isidro Fabela, supuesto fundador del mítico Grupo Atlacomulco, llamado así por ser éste su pueblo natal y por haber incorporado a su gobierno a muchos de sus coterráneos.



Era Fabela un prestigioso diplomático y jurista. Hombre culto y de buenas maneras y, desde luego, buen político, pero alejado del Estado de México y de su gente. Para subsanar ese déficit tuvo el buen tino de rodearse de políticos locales bien identificados y buenos operadores. Así, se volvió el líder, protector e impulsor de jóvenes políticos como Alfredo del Mazo, padre, y Adolfo López Mateos y de muy jóvenes estudiantes como Carlos Hank González.



Fabela supo acumular y utilizar su poder político y, con él, impulsó a Del Mazo como su sucesor en la gubernatura y a López Mateos como senador de la República. Isidro Fabela logró introducir al pueblo mexiquense en un escenario de concordia y de trabajo. Fundó los cimientos de su desarrollo económico, promovió su mejoría social y posibilitó su perfeccionamiento político.



Pero, junto a ello, hay quienes tenemos la hipótesis de que la fecunda gestión de Fabela dejó en claro que los mexicanos estábamos ya preparados para arribar a los gobiernos civilistas. Que México podía ser gobernado por esa clase formada por universitarios de visión humanista y de conciencia universalista. Quizá sin Fabela el tránsito hacia el civilismo, que se inicia con la Presidencia Alemán, se hubiese retrasado hasta cuatro décadas, como en muchas regiones latinoamericanas.



También muchos jóvenes y no mexiquenses se preguntarán ¿quién fue Gabriel Ramos Millán? Visto superficialmente se le conoce como el mejor amigo y el más fuerte asociado político de Miguel Alemán. Visto en una perspectiva de fondo y de horizonte, era la apuesta de los gobiernos civilistas para desmitificar el poder presidencial. Era el evidente sucesor de Alemán. No lo digo yo. Alemán lo repitió siempre. Pero no se le postularía desde el gabinete sino desde el liderazgo político. Era senador, cuadro distinguido de su partido y operaba la política agraria del país. Salvó al país de la debacle maicera e impidió que, en los años cuarenta, entráramos en escenarios de hambruna que pronosticaban la inminencia de un México africano.



Él representó la consolidación de las clases trabajadoras integradas por los obreros, los campesinos y los profesionistas. Esta simbiosis nos permitió, durante 50 años, transitar en una vía de pacto social que trascendió el de clases o sectores y permitió un muy sui géneris “socialismo” a la mexicana que nos hizo llegar, antes que muchos pueblos, a estadios avanzados de política social.



Pero en el eterno juego en el que siempre andan la vida y la muerte, ésta volvió a ganar y en septiembre de 1949 se estrelló en el Popocatépetl el avión en el que viajaba el llamado “apóstol del maíz”.



Muy pocos se preguntarán ¿quién fue Adolfo López Mateos? Presidente de valores cívicos y políticos. Siempre preocupado por la soberanía, atajó bruscamente algunas soberbias, quizá involuntarias, del presidente John F. Kennedy. Siempre aplicado a la dignidad nacional y humana, dio lecciones hemisféricas al instruir el voto solitario de México en contra de las exclusiones contra Cuba. Siempre instalado en la sencillez, estableció un estilo por virtud del cual los mexicanos nos convencimos, aunque fuera por pocos años, de que los gobernantes y nosotros éramos lo mismo o que ellos eran de los nuestros.



López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en ello con una férrea voluntad. Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos para conservar, aunque sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la conciencia y la certeza de su personalísima individualidad. En su casa propia de San Jerónimo sería Adolfo hasta que muriera y después de ello también. En Los Pinos, al cabo casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria y también impersonal.



Por eso comía casi a diario en el restaurante. Por eso manejaba dos veces al día su automóvil propio. Por eso le gustaba regalar sus cosas y no las del erario: sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado, sobre todo porque llevaban las iniciales de quien las regalaba.



Por último, la aportación de Carlos Hank podrá ser mejor apreciada mientras más pase el tiempo. Todavía es muy pronto. Pero hay dos cuestiones que vale resaltar. La gubernatura Hank aportó no sólo méritos de desarrollo y de crecimiento sino, fundamentalmente, de integración y de orgullos regionales. Sin estos últimos, hoy no sería fácil que se reconocieran como uno solo los mexiquenses de Toluca con los de Naucalpan, ni los de Sultepec con los de Texcoco. El comercio, la vialidad, la remodelación, la cultura, la educación, el deporte, la industrialización y el empleo se vieron muy favorecidos con su gestión.



En su paso por la regencia capitalina hay quienes tenemos la hipótesis bien fundada de un mérito suyo hasta hoy no esclarecido. Se dice, aunque no me consta, que el presidente López Portillo se perdió en el extravío. Algunos dicen que muy temprano. Otros, que a medio sexenio. Se sedujo con la falsa abundancia del petróleo. Defenestró a los suyos. Se embarcó en aventuras. Se comprometió en tolerancias indebidas. Se deslindó del liderazgo. Se alejó de la realidad. Se dice que sólo a Carlos Hank era al único que medio escuchaba. Por eso se dice que Hank se aplicó a desempeñar lo que en el soccer se llama un “medio de contención”. A proteger la meta y armar el juego.



De ser cierto ello, resultaría que Hank no sólo ejerció la regencia de la Ciudad sino, lo más importante,  la regencia de la Corona. De ser cierto ello, es un mérito incógnito que quizá algún día se le tenga en cuenta.



La legión mexiquense



Además de los ya mencionados quisiera compartir los nombres de políticos ya ausentes, de otros aún presentes y hasta de otros que están bien activos. Estas líneas no son una investigación formal sino una tormenta de ideas que dicté en algunos de los pocos momentos libres que me permite la abogacía. Así que me disculpo con quienes omití por ceguera de memoria, que no por imperdonable deliberación.  



Dicho lo anterior, comenzaría por mencionar un bloque de clásicos que un tiempo estuvieron entre nosotros.



Los líderes Fidel Velázquez, Francisco Pérez Ríos y Leonardo Rodríguez Alcaine. Los diplomáticos Alfonso de Rosenzweig y Sergio González Gálvez. Los juristas David Romero Castañeda, Leopoldo Velazco Mercado, Abel Huitrón y Aguado y Agustín García López. Los intelectuales Narciso Bassols y Mario Colín. Los financieros Luis Río Chimal, Julián Díaz Arias y Román Ferrat. El científico Maximiliano Ruiz Castañeda. El matador Silverio Pérez. Los operadores Jesús Alcántara, Juan Monroy Pérez, Roberto Barrios, Wenceslao Labra, Enrique Jacob Gutiérrez, Enrique Jacob Soriano, Roberto Pineda, Juan Monroy El Malo, Héctor Ximénez, Fernando Quiroz, Armando Becerril y Venancio Ugalde.



Otros que han alcanzado el clasicismo pero que aún nos acompañan son Luis Miranda Cardoso, Jorge Ocampo, Mayolo del Mazo, Jesús Garduño, Héctor Luna de la Vega, Humberto Lira Mora, Humberto Benítez, Heberto Barrera y Abel Villicaña.



De cuño más reciente y en plena actividad se encuentran Roberto Ruiz Ángeles, Mayolo Medina, José Luis Vázquez. Enrique Martínez Orta, Antonio Silva, Alejandro Castro y Germán Gallegos.



En el género femenino podemos mencionar a Carolina Monroy, Yolanda Sentíes, Maricruz Cruz, Laura Pavón, Margarita García Luna, Laura Barrera, Ana Lilia Herrera, Rosalinda Benítez, Carolina Alanís, Marcela Velazco, Marcela González Salas, Rosa María Oviedo y Guadalupe Ponce.



El presidente Peña Nieto ha incorporado a su gabinete a Luis Videgaray, Alfonso Navarrete, Gerardo Ruiz Esparza, Emilio Chuayffet, Juan José Guerra. En cargos muy importantes se desempeñan o se han desempeñado Luis Miranda Nava, Alfredo del Mazo Maza, Ernesto Némer, Carlos Iriarte, Ricardo Castillo, Luis Felipe Puente, Aristóteles Núñez, Enrique Jacob Rocha, David Korenfeld, Gustavo Cárdenas, Guillermo Haro Bélchez, Patricia Martínez Krantz, Efrén Rojas, Ignacio Rubí, Raúl Murrieta Cummins, Manuel Cadena, Juan Mondragón y David Garay.



En otras entidades se desempeñan Edmundo Garrido Osorio y Jesús Rodríguez Almeida.



En la oposición al gobierno estatal se han aplicado Laura Rojas, Luis Felipe Bravo Mena, José Luis Durán, Angélica Moya, Ulises Ramírez Ruiz, Rubén Mendoza y Alejandro Encinas.



Por último, se encuentran aplicándose al interés local José Manzur, Raúl Domíguez Rex, Arturo Ugalde, José Eduardo Romero, Arturo Osornio, Isidro Pastor, Alejandro Gómez Sánchez, Eduardo Gasca Pliego, Adrián Fuentes, Apolinar Mena, César Gómez Monge, Erasto Martínez Rojas, Francisco García Bejos, Raúl Vargas, Heriberto Ortega, Alejandro Hinojosa, Joaquín Castillo y José Alfredo Martínez.              



Repito que en esta relación final no incluí a los ya mencionados en párrafos precedentes.



La camiseta mexiquense



Ahora viene un reto recurrente. El año entrante los mexiquenses tendrán que elegir a un nuevo gobernador. Para el PRI la candidatura tendrá que decidirse entre 10 o 20 posibles que reúnen las calidades necesarias. Todos son de estilos distintos y de perfiles diversos. Por eso, la selección tendrá que ser muy cuidadosa rumbo a una elección que puede ser complicada. Para los tricolores lo importante será el candidato.



Por su parte, para el PAN, PRD y Morena los números individuales no parecen anunciar una futura alternancia. Pero eso mismo es lo que puede facilitar una futura alianza. Para ellos, al inverso del PRI, lo importante no es el candidato sino la forma en que se enfrenten al tricolor.



En fin, estas notas no significan un menosprecio a otras regiones de la nación. He dejado prueba, a través de los años, de mi aprecio y admiración por la política de toda nuestra geografía. Pero lo que me sucede es que los mexiquenses nos sentimos orgullosos de los mexiquenses. No es vanidad ni soberbia. Es el principio fundamental de la alteza y el síndrome infalible de la grandeza.



De los vicios y defectos de los personajes que he pretendido retratar en miniatura, si es que los tuvieron, no he ocupado la hospitalidad que me brinda El Periódico de la Vida Nacional. No por ingenuidad ni por encubrimiento sino porque creo que a las generaciones sucesoras, como en los testamentos, sólo hay que legarles lo que vale. Lo que no tiene valor, ahí que se lo repartan como quieran.



Todo eso es un poco de lo que podría llamarse el estilo mexiquense de política y de gobierno.



 

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