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Opinion

La pesadilla de Meade

Luis Froylán Castañeda | Domingo 18 Febrero 2018 | 00:45 hrs

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La corrupción tiene nombres y apellidos: César Duarte, Javier Duarte y Roberto Borges, los tres políticos que durante su campaña presidencial Peña Nieto puso como ejemplo del nuevo PRI. No son los únicos, si los más desaseados y escandalosos.

Las campañas entraron en reposo, una especie de latencia en la que los candidatos pueden hacer reuniones privadas y atender entrevistas pero no pedir expresamente el voto. Es una suerte de estás autorizado para presentarte a la fiesta como el mejor vestido y más bonito pero jamás se te ocurra insinuar o sugerir que volteen a verte.

En realidad tampoco podían pedir el voto durante la etapa de precampaña, de manera oficial sus mensajes estaban dirigidos a “miembros y simpatizantes”, cuando las campañas era profusas y abiertas a todos los públicos, haciendo imposible que los mexicanos sin partido estuviesen sustraídos de su propaganda.

Uno de los muchos “absurdos” en las leyes electorales del país. Entrecomillo absurdos por que así son únicamente al entendimiento del observador común, a la vista de los ciudadanos que la política ni les va ni les viene. Pero quienes participan de su creación encuentran un justificado propósito en ese conjunto de reglas incoherentes.

Buscan mantener el estatus quo del sistema político mexicano, perpetuando un régimen donde los que gobiernan sigan gobernando y los opositores en papel de satisfechos simuladores que reciben, felices, las migajas del poder. Por eso las trabas a los independientes, los debates estrechos, la cantidad incomprensible de spot, millones y millones para que tanto ruido termine anulado entre si. Es una especie de compleja tabla porcentual del futbol mexicano, diseñada para que los equipos establecidos jamás desciendan a la segunda división, así queden en último lugar dos o más temporadas seguidas.

Hoy esa ley electoral va contra sus creadores, PAN y PRI, que en los últimos cuatro sexenios –desde que hicieron las reformas importantes con la creación del IFE- se han repartido el poder, impidiendo que la izquierda populista de los setentas consiga desbancarlos. Han sido exitosos, hasta ahora.

En las dos elecciones presidenciales pasadas, ya con el organismo electoral ciudadanizado y los votos bien contados, consiguieron ponerse de acuerdo para frenar a López Obrador y salirse con la suya, especialmente Calderón en el 2006, cuando presumiblemente robó la elección. Después Peña ganó por tan amplio margen que la misma diferencia desmontó cualquier acusación seria de fraude.

En ésta elección hay una particularidad que mueve los tradicionales acuerdos no escritos entre PRI y PAN, a los que el populismo identifica como ejes de la Mafia. Tiene que ver con la traición de Ricardo Anaya a Enrique Peña Nieto, durante la elección en el Estado de México. Hablan de un acuerdo del tipo “el candidato que vaya rezagado un mes antes de la elección baja las manos y abandona la campaña”, el cual Anaya habría roto y la traición que puso al borde del triunfo a Delfina Gómez, candidata juanita de Morena. Desde entonces Peña y Anaya rompieron lanzas.

No se trata únicamente de cúpulas partidistas, en ese acuerdo tácito van -o iban- los más influyentes medios de comunicación, empresarios, Iglesia, Ejército. Los actores de poder formales y fácticos del país que se sienten o ven amenazados sus intereses por un gobierno de corte populista dictatorial como el que invoca, con sus hechos y dichos, López Obrador.

El resultado de aquella traición es que Anaya dividió los intereses de la Mafia y en consecuencia despejó el camino hacia Los Pinos del antiguo enemigo común. De pasada partió en dos al PAN, segregando a los expresidentes Fox y Calderón, así como a notables panistas que lo acompañaron durante su dirigencia. Intenta reponer los votos perdidos con los despojos del PRD y uno de los partidos parasitarios más desprestigiados, Movimiento Ciudadano. Es su proyecto para llegar a la presidencia, luego habrá espacio para discutirlo.

El PRI, en consecuencia, quedó prácticamente sólo en el escenario electoral. Hoy mantiene precarias y maltrechas alianzas con el Verde, a poco de tronar por el episodio de Chiapas donde Aurelio Nuño quiso imponer a un priista de candidato a gobernador, pateando a su mejor asociado en la entidad donde mayor fuerza tiene.

También conserva su acuerdo con la fracción institucionalizada de Nueva Alianza, brazo electoral del magisterio, pues los maestros rebeldes se han ido a López Obrador por instrucciones de Elba Esther Gordillo, uno de los personajes más siniestros y nefastos en la historia del país, hoy al servicio de Andrés Manuel.

¿Por qué, si el PRI quedó prácticamente sólo y postuló a un candidato de corte panista con perfil ciudadano, fama de honesto, experimentado y eficiente, no construir una alianza sincera con los millones de mexicanos que rechazan el populismo y no creen en Ricardo Anaya, siendo que una derrota pone en peligro la libertad de prominentes integrantes de la Mafia, empezando por Peña Nieto y Carlos Salinas?.

La respuesta es que sí lo intenta, sólo que no sabe como cuajarla sin romper o lastimar más allá de lo permisible las complicidades endémicas del sistema que, invariablemente, llevaban al tema de la corrupción al más alto nivel. Quieren hacerlo renuentes a pasar por el baño del ácido que purifique al candidato y lo limpie de las inmundicias transferidas a su persona por la historia del partido que lo postuló.

En los spot de precampaña, especialmente el de “hay más gente buena que mala” donde un Meade de tono desinhibido menciona: “dicen que López Obrador es un peligro, que Anaya traiciona, que si no pertenezco al PRI pero soy su candidato, que si los independientes no lo son tanto…” claramente intenta contrastarse del PRI, sabe que lo lastra. Nada menos el viernes su equipo de campaña hizo trascender que Meade se aleja del PRI, pues abrir oficinas de campaña distantes del CEN, explicando que por algo empieza. Que gran esfuerzo.

El segundo mayor problema del PRI es la corrupción, no espero detenerme en esta parte, es evidente que arrastra con el descrédito de la política en general, es el que gobierna y por tanto la gente descarga sobre sus siglas la ira acumulada durante décadas de malos y deshonestos gobiernos.

En el presente sexenio la corrupción tiene nombres y apellidos: César Duarte, Javier Duarte y Roberto Borges, los tres políticos que durante su campaña presidencial Peña Nieto puso como ejemplo del nuevo PRI. Nadie habla hoy de Guillermo Padrés, Rodrigo Medina, Ángel Aguirre Rivero, el que permitió la matanza de los 43 en Guerrero, de Fausto Vallejo, asociado de Morena que hizo alianza con el crimen, Marcelo Ebrard, que defraudó a la ciudad de México con miles de millones de pesos en la línea doce del metro y tantos otros bribones que han saqueado al país.

Un nivel de corrupción extendido así no pudo ser ajeno al Presidente de la República, a lo menos pecó de omisión, sin embargo es válido inferir que fue cómplice pasivo del saqueo, pues ahora sabemos que parte de ese dinero aceitó campañas del PRI. Estamos frente a un caso típico de corrupción institucionalizada que toca e involucra a las mayores autoridades del país.

Si la corrupción es el segundo problema del gobierno peñista y su partido ¿Cuál es el primero? El descrédito. Nadie cree en Peña Nieto ni en su partido, podría reducir a cinco pesos el litro de gasolina, a la mitad el de energía eléctrica, regalar el gas para uso doméstico y la gente expresaría un si, pero cuánto se ésta robando él.

El descrédito terminó por hacer del gobierno de Peña un sexenio de parodia pese a sus evidentes logros, por ejemplo la estabilidad y el crecimiento económico. El año pasado el promedio de crecimiento económico en América Latina fue de 1.1, el de Estados Unidos de 1.9 y México está por encima del promedio europeo, con 2.3.

El asesinato de los 43 fue responsabilidad de un presidente municipal perredista y un gobernador propuesto por López Obrador, Aguirre Rivero, y sigue a Peña como ominoso fantasma siendo que la PGR realizó una de las mejores investigaciones de la historia y hoy todos los responsables están detenidos. Los populistas se limpiaron las manos con cargo a Peña.

Imagine la pesadilla de Meade, la corrupción de su partido lo inhabilita electoralmente, el descrédito del PRI lo mata y sus estrategas decidieron negar la presencia del enorme elefante que estropea la sala.

Como dijo una congresista canadiense, basta de simulaciones, prestemos atención al pedo que apesta la recámara. No lo harán, en su lugar esparcirán desodorante pensando que así resuelven el problema. Hijitos, en casa no les enseñaron a lavarse las manos antes de comer y después de ir a baño. Tanta insensatez da Weba.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.


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