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Opinion

Juárez se avergonzaría de los actuales políticos y políticas de la república que forjó

Isaías Orozco Gómez | Lunes 19 Marzo 2018 | 01:13 hrs
    El 21 de marzo del año de  1806, nace el “Benemérito de las Américas”, DON BENITO JUÁREZ GARCÍA. Excepcional indio zapoteca que llegó a ser Presidente de la República. De temple de acero, hombre modesto, sencillo, auténticamente austero; íntegro y leal adalid del liberalismo republicano,  natural y verdadero servidor público. Inquebrantable patriota y nacionalista, defensor de la independencia política, la soberanía y la libertad de los EUM; bien merece, en éste su doscientos doce aniversario de su natalicio, celebrarlo, señalando –¿o restregando?–   algunos de los actos y actitudes de la actual “clase política”, cuyas consecuencias perjudiciales para la inmensa mayoría de los mexicanos, niegan el insigne e inmortal apotegma Juarista: “Entre los individuos, como entre las Naciones, EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LA PAZ.” (15 de julio de 1857).

    Este sistema pareciera construir en los políticos actuales una mentalidad ligada al desarrollo personal, al club del optimismo, a los libros de autoayuda; es decir, pareciera que el político actual se forma desde sus familias y sus escuelas con una filosofía que nada tienen que ver con México. Es increíble dar cuenta de presidentes, diputados, senadores, líderes partidistas, etcétera; que viven en procesos sugestivos de optimismo, han comprado la filosofía barata de los libros de autoayuda, por eso en sus discursos aparecen frases como: “hay que ponernos las pilas”, vamos a dar vuelta a la página”, “borrón y cuenta nueva”, “no hay que ser catastrofistas, hay que pensar positivo”; “las crisis son para salir adelante”. Estas y otras frases pronunciadas por sujetos que ganan más de cien mil pesos mensuales pueden ser posibles, pero para el pueblo, estas frases lejos de motivar, resultan una burla. Cuanto más se reprime el recuerdo perturbador más brotará el problema mental, y eso es algo que los políticos simulan no darse cuenta.

    Tal cual pasó con Porfirio Díaz, que en su patogenia se afrancesó y dejó ver el desprecio por su raza, por su color, convirtiéndose en una caricatura de hombre. De igual modo, hoy en día, muchos políticos mexicanos, reavivan ese fantasma, convirtiéndose a su vez en ridículas  caricaturas que se ufanan de vivir con su familia en los USA (Miami, Atlanta, San Diego y los Ángeles, Cal.; El Paso, San Antonio Y Houston, Texas…);  usan trajes y calzado de miles de pesos, las  mujeres vestidos y bolsos de marca, carísimos. Al igual que muchos narcotraficantes, el político se compra costosas camionetas y/o automotores blindados, se ponen relojes cuyo altísimo costo –en dólares– es una ofensa para millones y millones de mexicanos, que en muchas ocasiones no tienen ni para comer.

    En el colmo de su desequilibrio, de su soberbia y arrogancia, el político postrevolucionario, moderno imposta la voz, asume poses tragicómicas, se maquilla y se adorna cual árbol de navidad. Prepotente, y dado su fuero, se pasa un alto o circula borracho, insulta al policía o al agente de vialidad. Se codea con los ricos con los cuales pacta los negocios –los moches– y el dinero para campañas. Toma bebidas caras y en diciembre fanfarronea, regalando  arcones navideños con vinos importados, que lo hacen sentirse más importante, magnánimo, rey… Mientras en la inmensa mayoría de los hogares mexicanos, el aguinaldo –para quienes lo reciben–, apenas alcanza para pagar algunas deudas.

    Dejándose querer, y sobrados de sí mismos, en el colmo de su cinismo, se atreven a dar mensajes de amor y paz; despreciando su origen, la escenografía en donde dicen su mensaje o discurso es marcadamente consumista y una burda copia de la cultura norteamericana. Con semblante muy caritativo, cuasi cristiano, organizan colectas para ayudar a los otros. Así, las grandes catástrofes que ha vivido el país han sido sufridas y pagadas por el propio pueblo de México. Es el pueblo, son los trabajadores los que han perdido sus casas, son las familias proletarias las que se han quedado si alimentos; mientras ellos, los políticos y políticas, acuerdan hacer un GYM o SPA dentro del Congreso de la Unión, que aligere su arduo y sacrificado trabajo (ajá) como “representantes populares”.    

    Es tal la desvergüenza de los dizque políticos que sufre la población, que sin sonrojo alguno, se cambian de un partido a otro, olvidan su ideología partidista,  y se venden al mejor postor; traicionan sus convicciones y principios en aras de  su conveniencia personal. Si no fuese así, muchos de ellos serían congruentes con sus palabras y sus actos; seguramente, muchos de ellos,  al menos renunciarían al 50% de sus altos sueldos. Pero eso es utópico, en unos EUM, en donde el salario mínimo no sobrepasa los 90 pesos diarios; los magistrados de la Suprema Corte ganan arriba de los 400 mil pesos mensuales; los diputados más de 150 mil pesos mensuales y los senadores superan los 220 mil pesos mensuales.

    ¿Con qué autoridad moral éstos sujetos hablan de combatir la pobreza? ¿Con qué cara éstos pseudo políticos sostienen que están preocupados y ocupados por los problemas de la nación y sus posibles soluciones? ¿Por qué, tal especie de ciudadanos “representantes del pueblo” no se atienden en las clínicas del IMSS o del ISSSTE? ¿Por qué los secretarios de Estado y otros funcionarios de los gobiernos estatales gastan miles de pesos en comidas, en pachangas, en viáticos, mientras más de 80 millones de mexicanos están sumidos en la pobreza, en la miseria?

    “Si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría”… Y vería que sobresalientemente desde la década de los años ochenta, impera en todo el territorio nacional la práctica cotidiana de la CORRUPCIÓN y la IMPUNIDAD entre la autollamada clase política, sin distinción de partido político, perjudicando gravemente a las familias de los trabajadores de la ciudad y del campo.

(Obra consultada: Dr. Psicoanalista José Antonio Lara Peinado, “Psicoanálisis del poder en México. Una mirada al  desequilibrio psíquico del político mexicano”, Acento Editores, México, 2010).

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