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Opinion

Prensa y gobierno

Jaime García Chávez | Domingo 23 Septiembre 2018 | 01:16 hrs
“…..soy indulgente con el hombre que lanza palabras injuriosas cuando también él las oye”.

—Sofócles.

Tengo la percepción de que el periodismo de Estado se derrumbó, y que el periodismo partidario está en una crisis de la que no saldrá bien. Por causas que no examinaré aquí, me queda claro el porque de la caída de periódicos totalitarios del tipo de Pravda, Il popolo d´ Italia, Granma, Volkischer Beobachter. También la deblacle de periódicos como El Imparcial porfirista o El Nacional de los tiempos de la hegemonía priista.

En estos días, los partidos políticos pueden tener sus medios –periódicos y revistas en papel o digitales– pero o nadie les presta atención o simplemente tienen influencia de parroquia en feligresía.

Cuando ese fenómeno parece establecerse en los esquemas democráticos, en Chihuahua Javier Corral Jurado persiste en producir un tabloide llamado Cambio 16. No pocas voces se han levantado contra ese despropósito que, por otra parte, constituye un dispendio en medio de las finanzas públicas atormentadas, a un tiempo por el desastre heredado y por la ineficiencia gubernamental actual.

Cambio 16 está en el centro de un debate de fondo y atañe a la concepción de la sociedad democrática a la que aspira llegar el país, al parecer como un perenne trabajo de Sísifo, que una y otra vez eleva pesada y esférica roca a la cima de un cerro, sólo para verla rodar de nuevo infinitamente.

No niego que un punto esencial de la agenda mexicana es la relación de los medios con todos los gobiernos, principalmente los que están en la jerarquía más alta. El tema de la libertad está en medio de esa relación como también el financiamiento con recursos del erario a la prensa aduladora. Es un problema que en principio ya no admite prórrogas y su solución depende de todos, de la sociedad y del gobierno, de los gobernantes y el poder. Ni el embute ni la compra de plumas, ni el mundo de las apariencias mediante las cuales se condena la censura, que existe, y grave, en la autocensura que significa la propia claudicación. No me olvido y quisiera que fuera realidad el derecho a la información, que satisface y fortalece la vida democrática, a la sociedad y, si me apuran un poco, hasta al mismo gobierno.

De lo que escribo hay una compleja historia. Tomaré como ejemplo y sugiero como punto de partida un suceso acaecido en la etapa fundacional de la dictadura porfirista. Cosio Villegas, lo llama “un pequeño hecho sin par en nuestra historia”: el dictador y Justo Sierra hicieron un pacto –se supone en calidad de caballeros– mediante el cual el poderoso puso dinero para que se creara y sostuviera un diario, y don Justo aceptó realizar la obra bajo su libre albedrío. Pero ese mismo don Justo afirmó que “los gobiernos fuertes son los que no temen la verdad, y los amigos de esos gobiernos son los que saben decirla”. Para nada sugiero que se repita la historia, más si nos hacemos cargo de que “La Libertad” (así se llamó el histórico e influyente periódico) a la postre fue el soporte ideológico fundacional de una dictadura que provocó una revolución.  

Pero si se extraen moralejas válidas, se refiere una a la fortaleza gubernamental cuando la hay (no es el caso chihuahuense); y la otra, que no se puede hablar a la gruesa, pues tanto entre los amigos como entre los adversarios hay quienes profesan la crítica soportada en la verdad. Pero una sola cosa no se tolera en un país como México y es la crítica. A esta se le da el rango de “chantaje”, “extorsión”, “partidarismo grotesco”, en fin, móviles extraños para la cimentación de una sociedad que acostumbre a los gobernantes a escuchar, a darle sentido a eso que se llama “opinión pública”, que si bien no tiene que ser obligadamente el sustento del gobierno, despreciarla es propiciar la propia critica. Ni medios subvencionados, pero tampoco periodismo de Estado. Contractus transparentes; no status inadmisibles. Es ingenuo Javier Corral cuando cree que Cambio 16 va a marcar un hito en la historia chihuahuense. En el nombre lleva el pecado, pues supone que ese 16 alude a un momento fundacional, o lo que él llama “la nueva alborada”.

Quiero recordar que Marx, contra el mal uso que luego se le dio, fue un severo crítico de la prensa reducida a industria, de los medios al servicio de la intimidad de las casas gobernantes y que dejó páginas brillantísimas sobre esta materia, incluso superiores a las de Alexis de Tocqueville. Cambiando lo que haya que cambiar, transcribo esta cita de aplicación ad hoc a las páginas del periódico corralista, que dicho sea de paso satisface un anhelo personal con cargo al patrimonio público que tanto dice defender con relación a los otros, sobre todo los que le son adversos. Dice el pensador: “El gobierno, aquí, sólo escucha su propia voz, sabe que no oye más que lo él mismo dice, se deja llevar del engaño de que está escuchando la voz del pueblo y exige también que el pueblo se deje engañar por este fraude”.

En Cambio 16 pervive el esplendor, pero en la calle, en las rancherías, en los centros de trabajo y en las regiones serranas, azota una realidad en la que hasta las piedras gritan, para decirlo con frase de origen religioso.

Corral cree que el problema del que me ocupo se remedia con las aspirinas, pero estas aspirinas, aunque sean de Alemania producidas por la Bayer, son falsas. Así como la Operación Justicia es selectiva y tiene dos o tres varas para medir a los corruptos, encarcelando a unos y protegiendo a otros, en materia de comunicación social gubernamental también hay preferidos: los que reciben fondos públicos, y esa selectividad, aparte de la corrupción de Antonio Pinedo, va a los poderosos de siempre y daña a los que han emergido como alternativas colectivas en materia de información y crítica. Hay que buscar en todo esto una genuina rendición de cuentas, pero no sólo para informarnos, no sólo para saber cómo están las cosas, sino para fincar responsabilidades.

Javier Corral ha abdicado, en los hechos, de su función de fiscal, de titular nato del ministerio público. Palabras más, palabras menos, dice que a él “no le toca perseguir delincuentes”, y entendemos que no tiene que hacerlo de manera directa, montado en una patrulla, pero de que es su responsabilidad se desprende hasta de una superficial lectura de la Constitución y de la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo que dispone sus facultades expresas y limitadas. Nada que no se sepa, pues este es el abecé de un gobierno que tiene como presupuesto lo público. Pero veamos: el niega sus obligaciones pero de su boca salen imprecaciones con las que tilda de delincuentes, chantajistas y extorsionadores a sus adversarios, y es dable concluir que pueda tener razón, pero entonces una simple pregunta lo sepulta: porqué ante el delito o la tentativa del delito, no actúa conforme a la ley.

Tengo para mí que no se mueve por esa senda porque prefiere el lenguaje inquisitorial de Tomás de Torquemada. Frente a una información que le incomoda, la injuria; frente a la crítica, la condena propia del Santo Oficio; contra a una realidad, la promulgación ingenua de una pretendida verdad oficial que nace de su propia voz, la verdad del apoltronado empleado de gobierno. Confunde el ejercicio del periodismo, desde una perspectiva de facciosidad absoluta, porque su verdad está en su propio tabloide. Aquí encontramos, sin par, un proceso de enajenación del político, en el que la egolatría y el autismo dictan la pauta de una retórica que ha encontrado en el periodismo de Estado su ruta dogmática: aquí no hay más verdad que la que aparece en Cambio 16; que del resto se apiade Dios. Tanta vileza, es cierto, se ha visto en el pasado, pero esta no se queda atrás.

A Cambio 16 sólo le falta adosarle en la portada una de las frases que vemos en el L´ Osservatore Romano: non praevalebunt (a las puertas del infierno no prevalecerán), como queriendo decir: aquí en Chihuahua a los aliados se les envilece; a los comerciantes y a los débiles se les compra; a los opositores se les persigue, y lo más lamentable, a la sociedad a la que llegan con Cambio 16 se le pretende alimentar con las verdades de una burocracia destartalada.

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