• Martes 11 Diciembre 2018
  • 12:27:33
  • Tipo de Cambio $18.25 - $19.10
  • 10°C - 51°F
  1. Martes 11 Diciembre 2018
  2. 12:27:33
  3. Tipo de Cambio $18.25 - $19.10
  4. 10°C - 51°F
  5. Siguenos en Facebook - eldiariodechihuahua.mx
  6. Siguenos en Twitter - eldiariodechihuahua.mx

Opinion

Desamor

Alfredo Espinosa | Domingo 14 Octubre 2018 | 00:29 hrs
Pocas cosas tan tristes que cuando un gran amor llega a su fin. Sea por desgaste o por descontroladas fuerzas externas, el desamor expone al corazón a uno de los dolores más intensos. Y en ese escenario sombrío aparecen los demonios. Un poeta local capta los sucesos que desequilibran sus emociones en el momento del desprendimiento amoroso:

Azuza el amor contra mí sus hienas,

cría en mi sangre sus ángeles turbios

y suelta en el aire del pensamiento

un desvarío de pájaros rapaces…

Los demonios están ahí, no afuera de la pareja, sino dentro de ella, acechando, agazapados, dispuestos a roer, envenenar, marchitar o romper el corazón de quienes aman.   

Pese a la poderosa maquinaria fabuladora que posee el amor, el amor escapa de los cuentos rosas y muy pronto se pinta con los colores que la realidad le impone. Cierto es que el amor, cuando llegamos a vivir el milagro de ser amados, nos empodera; pero también nadie es tan vulnerable que cuando ama.

Y cuando quienes aman entran en conflicto, suelen guerrear con fiereza. Los amantes se conocen los puntos débiles, las zonas vulnerables porque se han contado sus vidas una y otra vez y han llorado juntos por los momentos traumáticos, por sus heridas, sus fracturas y conocen los hoyos negros de sus vidas, y llega el momento en que se arman contra aquel que fue su amado (a) con recursos letales. Una palabra puede contener más ponzoña que una cobra o una viuda negra; un detalle insignificante puede dislocar cualquier certeza, una duda que rompe el corazón de la confianza puede envenenar la mente más fuerte.

La vida es breve, quizá por ello es imposible no sólo vivir todas las experiencias del amor sino imaginar la diversidad de sus manifestaciones. La experiencia amorosa suele ser tan impactante y desestabilizadora que, luego de conocer sus estragos, su lado sombrío, intentamos rehuirla conscientemente, protegernos de ella, combatirla, o cínicamente negarla. De algo sirve la experiencia pero el amor no causa inmunidad. Su veneno puede, incluso, resultar adictivo.

André Maurois confirma que “…la enfermedad llamada amor pone en conflicto a nuestra inteligencia consciente y nuestra voluntad profunda”.

Lo cierto es que el amor siempre descarrila.

El amor es una enfermedad casi siempre, pero empeora cuando termina o agoniza; o cuando uno sigue amando sin ser correspondido por el otra(o). Es el instante en que aparecen los demonios y es quizá el momento más dramático de una pareja que deja de serlo.

Los amantes se separan y los desamados perciben al otro(a) como desalmado(a). La partícula des, del deslinde, de la destrucción, comienza a pronunciarse cada vez más, y estas vocablos irán diciendo las congojas del amor desdichado; y en esas palabras definirán el síntoma de la locura, del desapego abrupto, la herida brutal de la separación y el inicio de un duelo que nos enlutará por largo tiempo. Es la desventura del desamor, el tiempo de los desalmados, el desamparo, el desaliento, la desazón, la desdicha…

He aquí las palabras que cargan con los desasosiegos, demonios y enfermedades del mal de amores:

Desaire: falta de aire, una sensación de asfixia intolerable. La persona que era tu aire de respirar se va de ti. Y te ahogas. Ya no está atenta a tus demandas ni intenta satisfacerlas. Ya no te ama como antes, ya no gira en torno a ti. Lo que antes ella te daba con generosidad, incluso sin necesidad de palabras, ahora, aun pidiéndolo no te lo da porque ya no quiere o ya no puede o porque se lo da a otro(a). Es un desaire. Quien lo siente le falta el aire, se le oprime el pecho y algo se anuda en su garganta y se asfixia.

Desprecio: devaluación de una persona ante los airados ojos de otra. Si alguien era la monedita de oro y todo lo conseguía de la persona que lo amaba, ahora ya no vale. Lo que todo era, se vuelve nada. ¿Cuánto hace que decías que no lo (la) cambiarías ni por todo el oro del mundo? ¿Ya sacó el cobre?

“Te desprecio”, dice al otro una persona encolerizada. La ira proviene de la falla de correspondencia de la persona real y las imágenes que de él había construido. El amor, sus imágenes veneradas, se fragmentan, se hacen añicos. Caen del nicho y se van caño.

“¿Por qué me desprecias?” dice el uno(a), quien enamorado ha deseado hacerse valer ante la otra(o). Se ha esforzado por ser mirado, por ser necesitado, amado. Inútilmente. El interés que algún día despertó ya no mantiene su vigencia. No entiende porque rechazan su corazón  como una manzana agusanada.

El amor se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. Un pestañeo y ya la persona amada está mirando a otro(a). Y éste (a) –dice- sí vale la pena. Y se da el permiso para el desliz, y se desliza hasta sus brazos.

Despecho: sin pecho. En esa palabra desembocan feroces sentimientos heridos. De una manera abrupta al despechado se le ha destetado, y como los bebés, chillan y patalean, hacen panchos, amenazan. Es el desmadre. La persona, el objeto amado, la situación apacible se pierde, se desmadra. Pero al final de cuentas el aullante tendrá que aceptar que el destete es un doloroso transito en el proceso de su individuación y su desapego.

El modelo propuesto por la psicoanalista Melaine Klein en Envidia y gratitud nos sirve para explicar este brutal acontecimiento de arrebatar aquello que se otorgaba con generosidad. Ese pecho nutriente que nos alimentaba con calidez y generosidad, y que a veces, ingratos, mordíamos y lastimábamos, nos fue retirado de manera definitiva promoviendo sentimientos de iracundia y odio contra la (el) responsable. La pérdida de este objeto gratificante, el pecho, o la persona amada, o todas las acciones que el otro(a) trabajaba para nuestro confort y sosiego, traerá consigo una actitud de airado reproche al dueño de tales acciones que nos hacían felices; y más aún, si ese nutricio objeto de placer fue dado, con toda y su tibia leche, y en la boca, a otra persona.

El despecho es el origen de los celos más acerbos y tormentosos.

¿Quién, o qué, determina el tipo de demonio que habrá de manifestarse con mayor iracundia en nuestro ser? ¿Poseen estos demonios, como si se tratase de un asesino serial, un modo de herir, perturbar, matar? ¿Existe en cada persona fuerzas inconscientes que en secreto los invocan? ¿Existe un modelo que se estructura en la infancia y se reedita en cada relación? ¿El modo en que la pareja se relaciona y el tipo de daño que se hace cuando se separan determina la ruta de sufrimiento que habrán de seguir? ¿Existe en los genes un modelo predeterminado en cada persona que, ante una situación dolorosa, eche a andar una maquinaria emocional que no podrá detenerse sino hasta el descarrilamiento?

Muchas preguntas y un solo hecho incontrovertible: no hay golpes más dolorosos y heridas más profundas que los infligidos por aquellos a quienes amamos.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.


--




Estás utilizando AdBlocker D: Quizás te interese este artículo