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Opinion

Perder o encontrar el sentido

P. Felipe Castro, LC | Domingo 14 Octubre 2018 | 16:51 hrs

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Un mes después, siguen resonando algunos ecos. Aquí y allá aparecen análisis, comentarios, recomendaciones. Pero con tanta o mayor insistencia nos vemos bombardeados casi a diario por las noticias de nuevos casos de suicidio. Con riesgo de habituarnos a convivir con esta lastimosa forma de acabar con la propia existencia.

Ya se ha escrito mucho al respecto. Pero es necesario ahondar. Y ofrecer nuevos puntos de vista.

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En el marco del día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se celebra desde hace 15 años cada 10 de septiembre, el INEGI publicó datos estadísticos sobre este alarmante fenómeno. Las cifras se han venido publicando en diversos medios. No es necesario volver a repetirlas. Baste destacar algunos datos que sí nos impelen a una consideración particular.

Desde 2016 el Estado de Chihuahua es la entidad con la tasa más elevada de suicidios (11.4 por cada 100000 habitantes), más que duplicando la media nacional (que ya de por sí es muy alta: 5.1).

Mirando la edad, el índice se eleva notoriamente en los jóvenes entre 20 y 29 años. Mientras que si se atiende al sexo, la tasa más alta de suicidios entre las mujeres se da en el rango entre los 15 y 19 años de edad.

En cuanto a los niños, lo que más inquieta no es la tasa, sino el hecho: se registran suicidios desde los 10 años.

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Históricamente, hasta la época contemporánea, el suicidio era visto en la mayoría de las culturas –si no en todas– como algo execrable. La persona suicida era tachada de insensata, de irreligiosa, de cobarde. Se juzgaba el suicidio como una huida fácil, indigna del hombre. Y como una gravísima ofensa a Dios, creador y dueño absoluto de la vida humana.

Afortunadamente el progreso de las ciencias humanas nos ha ayudado a todos, también a la Iglesia católica, a comprender que en la mayoría de los casos el suicidio responde a un grave transtorno, que limita considerablemente la responsabilidad moral del que intenta, con o sin éxito, quitarse la vida. Más que mirar a esa persona con ojos condenatorios, hoy la Iglesia la mira con inmensa compasión y comprensión.

Es por eso que desde 1983 se ha levantado la prohibición que existía de celebrar el funeral religioso de las personas suicidas. Más aún, la Iglesia nos invita a abrigar la esperanza de que esas personas alcancen el encuentro eterno con la misericordia de Dios. Como dice el Catecismo: “No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por vías que él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento saludable. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida” (n.2283).

* * *

Mirar con empatía a las personas que intentan o cometen suicidio no significa alimentar un sentimiento cándido, ingenuo, inerte, de vaga solidaridad. Al contrario, es imperioso indagar las causas profundas que están llevando a tantas personas, especialmente adolescentes y jóvenes, a una situación tan dramática e insostenible, que terminan interiormente quebrantadas. Encontrar las causas es el primer paso para dar con las soluciones preventivas más eficaces.

Es sorprendente, y peor aún, decepcionante, leyendo ciertos comentarios sobre el tema, que en algunas ocasiones se reduzca la prevención, particularmente en el caso de los que han sobrevivido al intento de suicidio, al apartamiento o la eliminación de los instrumentos utilizados en el conato fallido. Por supuesto que esto es necesario. Pero lo único que consigue es evitar la realización material del acto. No ayuda a la persona a salir de ese estado interior que lo ha impulsado a buscar una escapatoria en su autodestrucción.

La IASP (Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio), en su boletín del 10 de septiembre pasado, afirma que “la conducta suicida es el resultado de una convergencia de factores de riesgo, tanto genéticos, psicológicos, sociales y culturales, etc., a veces combinados con experiencias de trauma y pérdida”. Al mismo tiempo reconoce que “las personas que se quitan la vida representan un grupo heterogéneo, con influencias causales únicas, complejas y multifacéticas que preceden a su acto final”.

El INEGI por su parte, basándose en un estudio del año 2011, menciona como principales causas de suicidio entre los adolescentes y jóvenes: “problemas familiares, amorosos, depresión y ansiedad, el abuso de alcohol y drogas”.

¿Es posible detectar más precisamente cuáles son los problemas o situaciones concretas que inciden en la tasa tan elevada de suicidios, especialmente entre adolescentes y jóvenes, en el Estado de Chihuahua?

A falta de estudios especializados locales, una fuente importante es la experiencia clínica de una sicóloga, experta en tanatología, colega en un centro de consultoría familiar, que atiende frecuente#mente en el Seguro Social a personas que han fallado en el intento de suicidio, o a los familiares de quienes sí han conseguido suicidarse.

Un factor presente en la mayoría de los casos es la ruptura familiar. El divorcio de los padres deja a los niños sin un referente confiable, que genera frecuentemente desequilibrios sicológicos y trastornos emocionales profundos. Cuando a esta inestabilidad se suman otros factores de crisis, es fácil que sobrevenga la quiebra interior, la pérdida total de motivación por la vida, y por tanto, el impulso a interrumpirla.

Una de las primeras concausas que se detectan en el estado de Chihuahua es la necesidad en que vienen a encontrarse las madres divorciadas de trabajar para obtener el sustento de los hijos, considerando que no raras veces los papás divorciados abdican de su responsabilidad de seguir contribuyendo al sustento y educación de los hijos. Si la mamá no posee títulos universitarios, opta por trabajar en alguna de las maquilas que operan en el Estado. En consecuencia, el primogénito o la primogénita terminan por reemplazar a la madre en las tareas domésticas, desde levantar a sus hermanos menores, darles el desayuno, llevarlos a la escuela, traerlos de nuevo a casa, cuidar de ellos en todo momento, etc. Se convierten en hermano-papá o hermana-mamá de sus hermanos. De este modo, muchos adolescentes se ven obligados a asumir roles propios de adultos, para los que no están preparados ni física ni mentalmente. A la vuelta de pocos años, o de meses, la vida se les torna insoportable. No ven ningún futuro apetecible. La única solución a la vista es terminar con la vida.

Conchita [nombre ficticio, por respeto a la privacidad] fue atendida a tiempo en el hospital. Es la mayor de sus hermanos. Casi nunca ven a la mamá, ausente del hogar por trabajo. El papá se fue de casa hace años. Conchita descubre que su mamá toma antidepresivos. Investiga por su cuenta los efectos. No tiene dinero ni la prescripción médica. Para conseguir las pastillas vende su cuerpo. Finalmente un día ingiere una dosis superior, pretendiendo alcanzar la muerte. Sobrevivió. Tiene 13 años.

Otras concausas, más conocidas, son el acceso y uso indiscriminado de las redes sociales, donde los adolescentes son víctimas fáciles de engaños o presiones; el acoso escolar; la adicción a las drogas, entre las cuales el “cristal” produce efectos devastadores, por su bajo costo, su alto poder destructivo y su potente fuerza adictiva.

Teniendo a la vista las principales causas que inducen a los jóvenes al suicidio, las diversas asociaciones dedicadas a la prevención están elaborando e implementando diversos programas. Sería deseable que pudieran contar con el apoyo franco de las autoridades municipales, estatales y federales, prescindiendo de miras partidistas.

 

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Una última consideración, pero no la menos importante. Está comprobado que uno de los deterrentes más fuertes que frenan a las personas proclives al suicidio es el factor religioso. Esto puede ser visto de diferentes modos. El individuo que profesa con convicción alguna fe religiosa y, por tanto alimenta alguna esperanza en la vida tras la muerte, puede experimentar el temor de enfrentar el paso a la otra vida si ese paso es producido deliberadamente.

Pero hay otro modo de verlo, mucho más profundo. La persona que busca el suicidio, cualquiera que sea la causa que lo impulsa, alguna de las antes mencionadas u otra diferente, es una persona para la cual la vida ha perdido sentido. Pero si esa persona tiene una creencia religiosa, siempre encontrará en esa fe un motivo para perseverar en el camino, y un argumento para seguir dando un sentido a su caminar por la vida. Si esto es así, la Iglesia católica juega un papel muy importante. No sólo porque representa a la mayoría de los mexicanos y de los chihuahuenses. Sobre todo porque promueve una visión trascendente de la vida y una esperanza que es capaz de sostener al hombre en los trances más dolorosos.

Este es un espacio de opinión abierto, sin embargo, los comentarios no deberán contener lenguaje soez ni ataques personales, de lo contrario serán eliminados.


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