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Opinion

Díaz, el Héroe 2

Rafael Soto Baylón | Viernes 09 Noviembre 2018 | 00:54 hrs
Una vez concluida la aventura americana de Maximiliano de Habsburgo en el breve Segundo Imperio Mexicano, Benito Juárez continuó en el poder. Los cuatro años de la intervención francesa heredaron una agobiante crisis económica pero también fabricó semidioses. Entre ellos al propio Benemérito de las Américas y asimismo al Benemérito de la Patria y Héroe del Dos de Abril. Sí, este último es Porfirio Díaz.

Don Benito Juárez llegó para quedarse. Se mantuvo en la presidencia de 1858 a 1872, es decir, 14 largos años. Sólo la muerte lo pudo sacar de Palacio Nacional. En 1871 Díaz había proclamado el Plan de la Noria. La razón fue la siguiente: en ese año presentaron su candidatura Porfirio Díaz, Sebastián Lerdo de Tejada y por supuesto Benito Juárez. El Congreso designó al último como presidente. En aquella rebelión, Díaz, al acusar de fraude a Juárez y al dirigirse al pueblo de México dijo: “la reelección indefinida, forzosa y violenta, del ejecutivo federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales”. Más adelante aseguró “para que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el poder y ésta será la última revolución”… paradojas de la vida de una nación.

Después del fallecimiento de Juárez, los motivos del Plan de la Noria dejaron de tener sentido y el general se retiró a sus propiedades. Fueron sucesores de Juárez Lerdo de Tejada, José María Iglesias y Juan Nepomuceno Méndez. En 1876 Díaz presentó su candidatura y gobernó los próximos cuatro años. Lo relevó en el inmediato cuatrienio Manuel González quien hizo un buen trabajo. Terminado su periodo devolvió la silla a Díaz en 1884 y sólo la revolución de 1910 se la arrebató el 25 de mayo de 1911.

Como presidente Porfirio Díaz combatió la corrupción. Esta etapa se caracterizó por su acento  militar. Pero para la siguiente transformó la administración pública con un toque más civil, influenciado por su joven esposa Carmelita, dicen por ahí. Construyó una red de ferrocarriles muy importante –que sirvieron para trasladar a los revolucionarios-. Al inicio de su encargo solo había 416 millas de ferrovías. Para 1910 México contaba con 15,360 millas. Efectivamente, se necesitó de inversionistas extranjeros sobre todos americanos, británicos y –válgame Dios- franceses.

La pacificación del país atrajo capitales externos. Los recursos naturales que los mexicanos no fueron capaces de explotar fueron concesionados a forasteros y la economía se recuperó a buen ritmo. Además, en su gestión las redes telegráficas pasaron de 7,136 a 23,654 kilómetros y se construyeron 1,200 oficinas de correos. Lo anterior sentó las bases de un México moderno y comunicado. En esos treinta años acarreó la civilización. Se consolidó en México la electricidad producida por turbinas y plantas hidroeléctricas. La industria, y sobre todo la minera, impactaron favorablemente en las arcas públicas, salpicada, sí por la paz porfiriana. En 1894 la economía nacional registró un superávit.

Acompañado de sus principales colaboradores divididos entre científicos y espiritistas Porfirio reabrió las puertas de la Universidad Nacional de México –antecedente de la Universidad Nacional Autónoma de México- el 22 de septiembre de 1910. De esta manera, dio cumplimiento al decreto del 16 de mayo de ese mismo año que formalizaba su Ley Constitutiva presentada por don Justo Sierra.

Para celebrar el Centenario de la Independencia inició la construcción del Palacio de Bellas Artes, pero la gesta armada detuvo su edificación y no fue inaugurado sino hasta 1934. Con ese mismo propósito adornó la Avenida Reforma con el Monumento a la Independencia conocido como Ángel de la Independencia.

¿Sabe usted quién fue el primer actor de cine mexicano? No, no fue Pedro Infante, ni Jorge Negrete, ni Francisco Villa ni Gael García. Fue don Porfirio. Cuando los Lumiere mandaron traer el cinematógrafo a México sus empleados filmaron al presidente paseando a caballo por Chapultepec.

En fin, los méritos de Díaz no son tan conocidos. Los desaciertos, en cambio, abundan. El mayor de ellos no fue el de “mátalos en caliente” sino la macabra broma que le jugó el destino: dejarlo vivir demasiado. Y la que él mismo se forjó cuando se dejó encerrar en una campana de cristal y escuchar a sus lambiscones diciéndole que el pueblo reclamaba su permanencia en el poder. Pedro J. Fernández, en su novela histórica “Yo Díaz” pone en boca del general frases que posiblemente sí las haya dicho: “no tuve la suerte de morir joven, como en el caso de Juárez”.  Y posiblemente también haya exclamado “ahora me doy cuenta de que herí a México cuando me necesitaba para sanar”.

El propósito de estos dos escritos son el de hacerle justicia a Porfirio Díaz. Reconocerle sus aciertos porque todos conocemos sus fallos. Y aprovechando que el próximo presidente de la república habla de ”Amor y Paz” y de una “Reconciliación Nacional” por qué no presentar también una “Reconciliación Histórica” y hacerle justicia a un hombre que vivió por y para la patria. Y a poco más de cien años de su muerte cumplir su más caro anhelo: que sus restos sean repatriados y descansar en su Oaxaca amado y que el pasado y presente de la historia de México se unan para parir un México exento de resentimientos y reproches.

Mi álter ego dedica humildemente estos escritos al escritor, dramaturgo, catedrático, amigo y  gran conocedor de la historia de México Enrique Macín Rascón. Espero no haberlo decepcionado.

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