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La garra feminista del rap

El miedo de crecer y habitar en Ciudad Juárez empujó a Susana Molina al rap y a nombrarse Obeja Negra. Así, con "B", por brava, bichota y pertenecer a los Batallones Femeninos con otras cantantes

Erika P. Bucio / Reforma

miércoles, 06 julio 2022 | 21:55

Ciudad de México.- El miedo de crecer y habitar en Ciudad Juárez empujó a Susana Molina al rap y a nombrarse Obeja Negra. Así, con "B", por brava, bichota y pertenecer a los Batallones Femeninos con otras cantantes.

El feminicidio y la impunidad, el asedio del narcotráfico en la ciudad fronteriza a donde el ex Presidente Felipe Calderón envió a la Policía Federal y a los militares en su guerra contra el crimen organizado, marcó su temprana juventud.

Susana, muy joven, con 20 años, se unió a un círculo de formación política donde conoció a sus compas de Socialismo o Barbarie, y con esa propuesta política-artística es que su voz y su palabra subieron al escenario.

Encontró en la cultura del hip hop y su expresión musical, el rap, nacido en el Bronx neoyorquino, la catapulta para liberarse de penas y miedos y de apostarle al barrio y la comunidad.

Batallones Femeninos surgió en 2009 con las raperas de Ciudad Juárez, a partir de un grupo amplio de mujeres para hacer frente a la militarización y el feminicidio. Y, de ser corista con Socialismo o Barbarie, se empoderó junto a sus demás compañeras, provenientes todas de otros grupos mixtos de hip-hop, como Lady Liz, Dilema y Siniestra.

Las unió una canción que escribieron y produjeron juntas: Dulce Tormento: "Les pediré imaginar por un momento / derretirse al sol cubiertos por la arena del desierto. / Escucha atento, es la frontera donde la vida pasa, gira, a nadie espera; / tiros de gracia y en la sien".

La clara demostración de que, en una escena dominada por hombres, podían como mujeres articular la crítica.

Desafiaban los toques de queda para rapear en parques y plazas públicas, rebeldes a "un gobierno que, si no las desaparecía, las quería temerosas en sus casas".

Obeja Negra dice que ir de un lado a otro de la ciudad para los ensayos era como cruzar un campo minado por los posibles retenes o revisiones irregulares simplemente por su aspecto, además de soportar abusos de los militares.

Con el rap, ese miedo se convirtió en algo liberador.

"Se dieron cuenta que no iba a ser sencillo pararnos", cuenta en entrevista. Y ahí estuvieron sus madres y amigas para apoyarlas.

Ahora radicada en Ecatepec, ex trabajadora de la maquila, Obeja Negra es elocuente: "El rap crece como los hongos". Y crece, precisa, a pesar de las condiciones adversas en sectores marginados y olvidados por un sistema que alimenta su precariedad.

"No es que hubiera nacido con mala suerte, sino que hay toda una estructura cayendo sobre mí", sentencia la rapera quien a partir de 2014 se asumió feminista.

Al venir de un sector popular y decepcionada del modelo educativo, no quiso ir a la universidad. Tenía renuencia a todo lo que viniera de la academia, posible de resumir en frase: "A tu feminismo le falta barrio".

Recuerda que con Batallones Femeninos fue a la UAM Xochimilco en 2013, y ahí dijo que no eran feministas, pero siguieron asistiendo a los encuentros feministas hasta asumir esa posición, primero de forma individual y, después, en colectivo.

El reclamo de Obeja Negra es claro: "Merecemos vivir plenas y dichosas".

Si se hablaba de las muertas de Juárez, Batallones Femeninos cuestionaba: "¿Y qué pasa con las vivas? ¿Qué vamos a hacer nosotras que estamos vivas?". Y desde un principio evidenciaron la violencia de género.

El 2014 marcó un hito al poder hablar ya del surgimiento de un rap feminista en el País, al calor de la Cuarta Ola del feminismo, pero también por situaciones concretas en el País.

Mientras los Batallones Femeninos rapeaban entre balazos en Ciudad Juárez, con los feminicidios y la guerra contra el narco encima, el colectivo Advertencia Lírika, de donde surge la rapera Mare, en Oaxaca, vivía algo similar, abriéndose paso ante la represión del magisterio y la lucha por la reivindicación de los pueblos originarios.

"En nuestro País, el rap feminista emerge en la periferia. No es que haya surgido en el centro del País", plantea Nelly Lara, académica del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM.

El hip hop apuesta por la vida y no por la muerte, emergió en la guerra entre pandillas del Bronx en Nueva York, la segregación racial y una crisis económica, acentuada en el barrio, a inicios de los 70. Por lo que los jóvenes de la época determinaban que este mundo era "invivible".

El único lugar donde las pandillas rivales podían juntarse y no pelear era en la fiesta barrial.

Lara expone que esa dinámica se reproduciría en otros contextos bajo el nombre de Planet Rock, que, de hecho, es el nombre de uno de los discos de Afrika Bambaataa, uno de los DJ's más importantes surgidos del Bronx.

Ésa es una característica del hip hop, hacer que los diferentes puedan juntarse y generar dinámicas distintas, aún en contextos de violencia, confrontación y de muerte.

El hip hop integró las bellas artes a su práctica: el rap para el canto, el DJing para la música, el breaking para la danza y el grafiti para la pintura, pero no se quedó ahí: sumaría también el conocimiento, pues en las fiestas se tallerea, se enseña a rapear y a grafitear, también como una posibilidad de enfrentar no sólo la violencia sino "las grandes desigualdades que plantea el capitalismo".

Lara lo ha constatado en la calle, en el trabajo de campo: rapear para muchos jóvenes significa poder sobrevivir, subir a un pesero y juntar dinero para comer.

La académica ubica a Obeja Negra como una de las primeras en asumirse como rapera feminista en México y es una maestra para otras compañeras que se han cruzado en el camino con Batallones Femeninos.

Otro caso es Venus, lesbiana y feminista de 22 años, quien rapea desde la secundaria. Emigró en 2019 de Argentina a México, y se unió a los raperos morelenses en Tepoztlán, en un momento en el que Morelos se ubicaba entre las entidades con más feminicidios del País, y en busca de relacionarse con feministas entró en contacto con el grupo.

En entrevista, admite que hablar sobre el feminicidio le despierta contradicciones: "¿Por qué queremos que los varones sepan que violan a una mujer cada 18 segundos en México?", cuestiona. "Darles esa información, (decirles) que tienen impunidad, a veces siento que es un arma de doble filo".

Y no es que piense que no hay que hablarlo, al contrario: hay que hacerlo pero desde la autodefensa, es decir, de lo que "sí podemos y no tanto de lo que nos quitan".

"Tenemos que empoderarnos, hablar de cómo sí salimos de una violación, cómo sí escapamos de un posible feminicida, cómo sí atravesamos la violencia de género y cómo sí acompañamos a amigas y desconocidas en el proceso de emancipación de su pareja", propone la rapera, quien suele compartir sus canciones en Instagram, como @RealVenus.

Vagas Convoy, por su parte, colectiva de rap y danza urbana formada por Yedra, Flama y Romma, apela a la diversidad de género, al empoderamiento de la mujer y la diversión con el rap y la danza urbana.

"El rap es un medio de expresarse bastante puro y de reeducar a los oyentes", expresa Yedra. "Es un instrumento y expresamos con él lo que vivimos".

Mientras que Flama reivindica la idea del hip hop de compartir conocimiento y mostrar su visión como mujeres jóvenes en México.

Y así también la rapera fronteriza Energyal aka MC Leo, quien habla de Ciudad Juárez, donde habita, como un punto central de la violencia de género. Se remonta al asesinato, en 2001, de ocho mujeres en un caso conocido como "Campo Algodonero" que derivó en la primera sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en contra del Estado mexicano por feminicidio.

La activista y bailarina dice que en la urbe fronteriza ahora hay tantas o más mujeres asesinadas.

"Ahora las encontramos en las calles, en sus casas, en sus trabajos, en todos lados", dice. El rap en Ciudad Juárez responde a esa violencia; una ciudad insegura, vigilada por los grupos criminales donde "más vale no decir algo de más".

"Sabemos que el rap nació en el Bronx para visibilizar la desigualdad e injusticia social con el fin de transformar, y las raperas feministas tenemos bien claro esto, que el rap es para cuestionar y transformar", responde.

UNA HISTORIA POR ESCRIBIRSE

Lara registró a las primeras raperas en México en los años 90 con las agrupaciones Los Pollos rudos, con Jezzy P y Luz Reality en Ecatepec, en 1995, y Sabotaje, con Ximbo y Malik, en Tlalpan, en 1997. Ellas no escuchaban rap ni tenían a otras raperas como referentes; eran jóvenes preparatorianas, quienes vivieron confrontaciones con sus familias por salir de noche a rapear.

La académica del CIEG expone que ninguna hablaba desde el feminismo sino del grafiti, la calle y otros elementos de la cultura hip hop.

En 2006 surgió Rimas Femeninas Sobre la Tarima, una colectiva de la CDMX, y luego, Mujeres Trabajando, aún vigente, con lazos en Estados Unidos, América Latina y el resto del país.

Y en 2014 emergen Batallones Femeninos y Mare Advertencia Lírika.

Aunque la historia de las raperas en México aun está por escribirse, expresa Lara, quien organizó en el CIEG el conversatorio "El Rap feminista y su lucha contra la violencia de género" en el Día Internacional del Rap, el 3 de mayo pasado.

"La gran labor que están haciendo las raperas feministas tiene que ver con que sacan el discurso académico de los salones de clase y lo llevan a lugares insospechados", destaca.

Las raperas están en todos lados. "Y cada vez seremos más", asegura Energyal aka MC Leo.