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Historias de terror

Famoso fantasma en la cantina del centro

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Froilán Meza Rivera

martes, 15 noviembre 2022 | 05:00

¿Cómo no recordar a Susanita, a aquella muchacha de espíritu tan curioso y emprendedor? A Susanita le resultaba muy difícil creer todo lo que le contaban de aquella cantina: las apariciones, los ruidos, la leyenda de los novios que nunca se casaron, y decidió entonces que, a ella, nadie se la iba a cuentear. Allá fue, pues, a investigar por ella misma, libreta en mano, ojo bien abierto.

Al llegar, se sumergió Susana en el ambiente sombrío y apestoso a orines, encontró a dos de los empleados del establecimiento afanándose por dejar todo listo para la hora de la botana.

Susana fue directa: ¿Qué tan ciertos son todos esos cuentos del hacendado que se aparece aquí? ¿No será todo ello una invención con fines publicitarios para promover la cantina? Porque no sería la primera vez que se hiciera algo así para favorecer un negocio.

El mayor de los cantineros, un tipo de unos treinta y cinco años, aparentemente ofendido por la duda, respondió: No, niña, cómo cree, todos aquí hemos sido testigos de las apariciones, a todos nos ha sucedido algo. Aquí el "Manhattan", por ejemplo, la otra noche que estaba haciendo el inventario, vio una sombra que se movía por esa pared y que se metía en la bodega.

Ya nadie se quiere quedar a hacer el inventario en la noche solo -le dijeron-, mejor lo hacemos en la mañana, o si el dueño lo pide, lo hacemos en la noche, pero entre dos, que al cabo así es más rápido.

La cantina se llamaba "Cantina de don Lupe", y estuvo en la esquina de las calles Séptima y Coronado, en el centro, hasta hace algo así como una década.

En este mismo inmueble, que abarca casi toda la cuadra, vivía allá por 1895, el señor Guadalupe García Porras, un propietario rural con mucho dinero, tal vez introductor de ganado, muy mujeriego el tipo.

Y, muy a tono con el futuro de su propiedad, le gustaba la copita y era amigo de frecuentar las cantinas.

Con mucho, su afición principal eran las mujeres, y las malas lenguas de esa época aseguraban que, aunque soltero, había regado hijos en cada barrio de la capital.

Pero el señor tenía planes de "sentar cabeza", como se decía entonces, y procuró prometerse en matrimonio con una joven de las mejores familias del pueblo. Así, entró en tratos con el padre de doña Hortensia Lazcano, quien contaba con escasos diecisiete años al momento del compromiso. Don Lupe y doña Tenchita ya se veían como marido y mujer, de tanto que hablaron de ello, pero la primera fecha para el casorio fue rota por el novio (por "un negocio impostergable", dijo), y una nueva fue fijada, pero la segunda se llegó también… y nada de matrimonio.

Fueron, mínimo, cuatro fechas que llegaron, y cuatro decepciones consecutivas para la prometida y su familia.

Aquello empezó a impacientar a la muchacha, quien cumplió 22 años en 1895. Susanita sabe que, en aquellos años, las mujeres que pasaban de los veinte estaban a punto de ser consideradas dentro de las filas de las "quedadas".

Un día, Hortensia Lazcano, harta de tanto engaño, se presentó en casa de su prometido y lo mató a tiros. Cayó muerto el hombre, quien contaba con 28 años, en este mismo cuarto donde está actualmente la barra de la cantina.

Aquí, dicen, se sienten presencias misteriosas invisibles, y en ocasiones las personas ven de reojo figuras que pasan y que se desvanecen en el suelo o en el techo.

El piso, que es todavía de la duela de madera original, cruje con mucho ruido y aterroriza a los empleados. Dicen ellos que el "espíritu" les cambia las cosas, que les murmura con susurros en el oído. Ellos creen que es don Lupe, quien vaga inquieto y su alma no tiene descanso.

Los dueños de la propiedad son de la misma familia de Guadalupe García Porras, y la han conservado a pesar de que siempre se dijo que había fantasmas. Ellos rescataron una foto del señor, y la colocaron ahí en la cantina.

Oiga, y entonces, ¿todo eso del fantasma no es un truco publicitario para vender? -Les preguntó Susy.

No, niña, ¿cómo cree? Fíjese que, incluso los clientes, cuando entran, nos dicen al ver el retrato que tenemos en la pared: "A ese señor yo lo conozco, lo he visto", o dicen: "Lo acabo de ver ahí afuera".

Y, niña, muchos de los vecinos, incluso en el día, aseguran que ven al fantasma asomándose en el balcón de aquí arriba.