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Estado
Deja legado artístico y humano

Juan Quezada Celado: De joven alfarero a ‘Maestro de Vida’

‘Juan supo trabajar por y con todos, por eso su legado le trascenderá’

/ Desde muy joven puso mucho empeño en realizar sus primeras obras de alfarería
/ Spencer MacCallum y Quezada Celado
/ Limón en casa del artista, donde muchas fotos muestran sus creaciones

G. Arturo Limón D.

sábado, 03 diciembre 2022 | 07:33

Chihuahua.– Juan Quezada Celado, el joven alfarero que a través de su existencia se transformó en el patriarca de Mata Ortiz al que todos, aun los que nos encontramos a la distancia, extrañaremos, es a quien hoy rindo un tributo.

Se dice fácil hablar de una metamorfosis pero no lo es, como todo proceso lleva tiempo, así que para quienes deseen darse el tiempo de leer estas líneas les platicaré de manera breve pero sentida, desde mi perspectiva, la historia de este hombre excepcional que fue Juan, como gustaba ser llamado, con sencillez como siempre él fue. 

Le conocí personalmente el año de 1994 por intermedio amable de nuestra amiga común, la señora Bernarda Holguín Gámez, quien me invitó a visitarle en Mata Ortiz; a él ya lo tenía en referencia por su arte, que nacía y comenzaba a valorarse desde mediados de los años 70, cuando aún vivía yo en el entonces Distrito Federal, hoy Ciudad de México. 

Conocía del interés por su arte desde fuera de las fronteras de México, de la manera en que el antropólogo Spencer MacCallum, quien descubrió y ayudó a Juan Quezada y a la comunidad alfarera de Juan Mata Ortiz, en Chihuahua, contribuyó a poner su cerámica en el mapa internacional. 

Recuerdo vivamente en aquella charla del 94 cómo el maestro Juan, con sencillez y gracia, nos contó de su primer encuentro con MacCallum, quien se había encontrado en los años 70 en una tiendita de segunda mano en Deming, Nuevo México, una vasija y él, algo confundido porque no sabía si era una pieza arqueológica de Paquimé o una creación nueva, preguntó al dueño cómo la había obtenido.

De acuerdo con el hombre, un grupo de personas muy pobres le habían cambiado cierta cantidad de ropa usada por las vasijas que en aquel momento vendía a 18 dólares en su tienda. Además, le señaló que esas personas eran de Casas Grandes, Chihuahua, México.

Decía el maestro Juan que MacCallum, por alguna razón, pensaba también que quien tenía la delicadeza para hacer tal arte debía de ser una mujer y él le atribuía ser hermosa, así que “sin perder mucho tiempo, Spencer MacCallum salió a la siguiente mañana con destino a Chihua-hua con una fotografía en mano de la vasija, temeroso de que en la frontera fueran a quitarle la pieza”. 

Recordó que sólo había un camino, por lo que simplemente lo tomó, preguntándole a persona con quien se topara sobre si reconocía la pieza de cerámica en la fotografía o si sabían quién la había hecho.

Varias veces le mencionaron la comunidad de Mata Ortiz y al final consiguió que le indicaran el camino, en el cual terminó perdiéndose antes de toparse con un niño de unos 12 años sobre un burro, al que le mostró la fotografía. El niño le dijo que lo siguiera y lo llevó hasta una casita donde conoció al joven Juan Quezada Celado, quien le dijo que efectivamente sí era él quien hacía las vasijas; MacCallum dudó hasta que Juan bajó algunas piezas de la parte superior de un ropero y así quedó corroborada su autoría. 

Después de eso trabajaron juntos durante seis años ayudándole a venderlas en Estados Unidos, la primera catapulta que llevó a Mata Ortiz al mapa mundial del arte.

MacCallum contaba de Mata Ortiz que “en aquel tiempo la comunidad era muy diferente. La primera vez que él y Juan Quezada se aventuraron a ir a Estados Unidos a vender las vasijas, la familia del alfarero le pidió que cuidara de él. Y al regresar hicieron una comida donde todos y todas las habitantes estuvieron invitadas”.

Tributo

Es aquí donde quiero centrar este artículo homenaje, que dedico a un hombre que hizo gala de una virtud poco común; me refiero a la GENEROSIDAD.

Explicaré, dando evidencia del por qué llamarle generoso, y agrego noble, a un hombre que dotado de un talento que podría haberle redituado riquezas, prefirió el camino bello de enseñar y compartir con su pueblo, al que ha de agregarse en breve sin duda y con justicia al nombre de Mata Ortiz de Juan Quezada.

Unas fotografías compartidas generosamente por la señora Nora Trevizo, las cuales me eran desconocidas hasta el miércoles pasado, cuando me fueron puestas en las manos a menos de 24 horas de fallecer el maestro Quezada, dan testimonio de su concentración en la tarea y disciplina de trabajo.

La vida del maestro Quezada es el mejor testimonio, pero me da gusto que podamos verle en esos, sus inicios de vida profesional; agradezco que las hayan compartido conmigo y así lo hago con ustedes. 

Juan Quezada Celado mereció en vida la admiración y el respeto por su ser y actuar, personal y profesional. 

El miércoles pasado un grupo de mis alumnos de UPN y yo estuvimos en su casa en Mata Ortiz. Era, es y será de mi mayor interés siempre hablar a mis alumnos de él y permitirles conocerle, de ser posible o de menos visitar su entorno, lo cual sé que genera en ellos un aprendizaje y valoración a su obra y ahora legado. 

Ayer mismo por la tarde una de mis exalumnas que actualmente cursa su doctorado, me llamó y comentó que sentía la pérdida de él y recordaba cuando como grupo hace 11 años lo visitamos. Ése es su legado artístico y humano, quedar en la memoria y en la historia de su propia transformación, que a su vez transformó a un pueblo, ya que ese lugar fue otrora el aserradero más grande conocido en la región con el nombre de Pearson.

Recuerdo aun las fotos tomadas a principios de 1900 en la que dos hombres tocaban las plantas de sus pies recostados dentro de un árbol cuyo grosor de tronco lo permitía; así fue la riqueza ahí arrasada por el ferrocarril entre finales del siglo XIX y principios del XX, dejando a un páramo con un pueblo solitario y triste.

Denomino a Juan Quezada Celado como un patriarca en el mejor sentido de la palabra, de aquel que sabe velar por todo su grupo. 

Juan supo trabajar por y con todos, por eso su legado le trascenderá. 

Concluyo expresando que nunca un programa gubernamental, de cualquier signo o partido, logró transformar a una población como lo hizo la acción desinteresada y fraterna del “Maestro de Vida” en que derivó ser ese joven alfarero que un día descubrió que si los que habitaron antes Paquimé habían podido hacer su cerámica, él lo intentaría. Así me lo dijo hace 28 años, y hace cuatro, antes de la malhadada pandemia, me dijo que estaba buscando el barro morado; el miércoles pasado su nuera me confirmó amablemente que sí lo había encontrado. 

Corolario 

Spencer MacCallum calificaba la historia de Juan Quezada como un cuento de hadas, pues él había sido un jovencito muy tímido que se dedicaba a cortar leña para ofrecerla puerta a puerta en el pueblo cercano, y que decidir recrear las piezas de cerámica de Paquimé, sin saber nada de alfarería, representó un enorme cambio para su comunidad.

En Mata Ortiz habitan más de 450 artistas de la alfarería, y entre ellos hay personas que han recibido distintivos como el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1999, Premio Nacional de la Juventud 2010 y Premio Nacional de la Cerámica 2013. Por eso, aun cuando estamos tristes por la partida del maestro Quezada, recordemos que su legado vive en el arte de Mata Ortiz y sus pobladores, a los cuales, igual que a su familia, enviamos nuestro fraterno abrazo.

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