Estado

¡Justicia, Justicia!, gritan en funeral de Jesuitas

Entierran en la iglesia de Cerocahui a los sacerdotes Javier Campos y Joaquín César Mora

Francisco López/El Diario
Francisco López/El Diario
Francisco López/El Diario

Herika Martínez/ El Diario de Juárez

martes, 28 junio 2022 | 08:00

Cerocahui, Urique.- Al grito de “¡justicia, justicia, justicia!”, la tarde de ayer fueron enterrados en la iglesia de Cerocahui los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar, de 81 y 79 años de edad.

En tanto, la Compañía de Jesús le pidió a las autoridades estatales y federales seguridad permanente para la Sierra Tarahumara. “Pido a la comunidad una estancia permanente hasta que tengamos paz en la Tarahumara”, dijo el provincial jesuita, Luis Gerardo Moro Madrid, al término de la misa de cuerpo presente, expresión que provocó los aplausos de la comunidad mestiza y rarámuri.

El obispo de la Tarahumara, Juan Manuel González, también pidió a las autoridades y a la comunidad el trabajo en conjunto, mientras que los jesuitas ofrecieron ayudar en la reconstrucción de la paz.

El “Padre Gallo” y el padre “Morita” fueron asesinados en la iglesia San Francisco Xavier, en Cerocahui –municipio de Urique, en la Baja Tarahumara–, el pasado 20 de junio por José Noriel Portillo Gil, alias “El Chueco”, miembro del grupo delictivo “Los Salazar”, del Cártel de Sinaloa.

 Esa misma mañana, “El Chueco” privó de la libertad a dos habitantes del pequeño poblado con quienes había tenido un altercado el fin de semana anterior debido a un partido de beisbol, y cuyo paradero también fue reclamado ayer por los sacerdotes.

El cuerpos de los dos sacerdotes regresaron la noche del sábado a la sierra de Chihuahua. Primero fueron recibidos en Creel, en donde se llevaron a cabo dos misas de cuerpo presente, una a su llegada y otra la mañana siguiente; luego recorrieron los poblados de San Rafael, Bahuichivo y finalmente llegaron a Cerocahui.

“Son los mártires de la Tarahumara, abogados por la paz de estos territorios; van a ser recordados como dos asesinatos dentro de muchísimos más. La figura de Pedro Palma habla de que estos asesinatos no se entienden sin el resto de homicidios que ha habido en la sierra, en el estado y en el país”, dijo el sacerdote Jorge Atilano, quien destacó que los ojos del mundo voltearon a la Tarahumara, lo que se convertirá en una oportunidad para que regrese la paz a la sierra.

Y es que el asesinato del laico y los dos religiosos, así como la de otros de mexicanos, fue lamentada incluso por el papa Francisco, quien lamentó las muertes que ocurren en México.

“Que sean semillas para la paz en nuestras tierras de la Tarahumara, que su sangre sea semilla para la paz y para construir la comunidad que ellos soñaban y el país que México necesita. En la Sierra Tarahumara llevan décadas esperando la paz y creemos que este martirio abre una puerta para poder caminar juntos hacia la construcción de la paz”, destacó Atilano.

Dijo que los jesuitas desean que el lugar se convierta en un santuario para tomar fuerzas para la construcción de la paz en la sierra y en todo México.

“Como jesuitas nos encontramos en esta reflexión de qué sigue, qué pasos van a continuar”, señaló, por lo que tendrán una reunión mañana y el jueves para tomar decisiones sobre las acciones que se llevarán a cabo como jesuitas, en respuesta a la violencia que vive el país, ya que “estos casos no son hechos aislados, tiene que ver con una tragedia nacional”.

Después de ser despedidos entre danzas y bajo los ritos rarámuri, ayer se llevó a cabo su última misa de cuerpo presente, a la que acudió la gobernadora María Eugenia Campos Galván; la secretaria de Bienestar, Ariadna Montiel, en representación del presidente Andrés Manuel López Obrador, y el delegado de Bienestar en Chihuahua, Juan Carlos Loera.

“No vayamos mexicanos contra mexicanos; hoy más que nunca tenemos que estar unidos como pueblo y autoridades, no caigamos en el error de la polarización. Respeto y exigencia, caridad y firmeza, diferencias pero unidad crítica, crítica pero para construirse. En este bendito lugar en donde fueron martirizados, Dios los plantó para florecer”, destacó el obispo.

Dijo esperar que su muerte no haya sido en vano, sino que sea un signo de esperanza y de vida para toda la comunidad, “algo bueno, muy bueno va a surgir; va a suceder eso que tantas veces cantamos junto con el Gallito y con Joaquis: habrá un día en que al levantar la vista veamos un ambiente paz”, anheló.

El obispo recordó al padre Javier, a quien la comunidad le apodó “El Padre Gallo” porque se la pasaba “quiquiriquiando”, quien aprendió el rarámuri y disfrutaba de las danzas y de sus tradiciones. También recordó al padre Joaquín, a quien describió como carismático, sencillo, humilde y generoso.

“Cómo no sonreír cuando aquí, en Cerocahui, en el festejo de tus 50 años no quisiste que te quitaran el pastel de la cara para hacer sonreír a los niños y hacerte como uno de ellos; imposible describir todo lo bueno que platican de ti los que te conocieron y te conocimos”, relató. Ambos padres también recordaron al laico Pedro Palma, “por los planes misteriosos de Dios, eres compañero de martirio de estos sacerdotes y seguramente el padre celestial te lo tomará en cuenta para recibirte en el cielo”, dijo el obispo. Después de la misa, en la que los rarámuri les bailaron por última vez alrededor de los difuntos la danza matachines y pascoles, los dos ataúdes fueron sacados al atrio por la misma comunidad al grito de “justicia, justicia, justicia”, con los rostros de los dos religiosos plasmados en playeras blancas o impresos en hojas que se pusieron a la altura del pecho.

Los sacerdotes fueron despedidos finalmente bajo la lluvia, entre flores, pétalos, globos blancos, puños de tierra, aplausos y gritos de “viva el padre Gallo”, “viva el padre Joaquín“, mientras las campanas de la iglesia repicaban, los rarámuri purificaban con incienso las fosas de 90 centímetros de ancho por dos metros de profundidad, y un helicóptero militar recorría parte de la sierra.