Estado

Viven sin televisión

Hace apenas tres años llegaron los autos a este poblado

Hérica Martínez / El Diario

martes, 24 mayo 2022 | 18:07

Entre los pastizales del desierto de Chihuahua existe una comunidad aislada, en donde la modernidad ha llegado lento. Sus habitantes de cabello rubio y piel blanca hablan alemán, visten siempre sus trajes tradicionales y algunos todavía se transportan en carretas jaladas por caballos.                            

Los menonitas son uno de los grupos de origen extranjero más destacados en la historia de la inmigración en México y, a un siglo de su llegada, en Chihuahua sus comunidades todavía se dividen entre el vivir sus tradiciones intensamente arraigadas a su religión y las ventajas de la vida moderna.                            

En Cuauhtémoc, el primer municipio del país que habitaron, la mayoría de ellos se consideran liberales o modernos, por lo que la tecnología forma parte de su vida desde hace décadas, mientras que en Sabinal, municipio de Ascensión, habita un pueblo conservador o tradicional, completamente aislado.

Lejos de la violencia que se vive tanto en las principales ciudades del estado como en la Sierra Tarahumara, en Sabinal sus habitantes luchan por mantener su cultura, basada en el cristianismo anabaptista tradicional, por lo que viven sin televisiones y hace apenas unos tres años introdujeron los vehículos automotores y la energía eléctrica.

                   

Los números                            

  • 40 mil menonitas en Cuauhtémoc 
  • 70 mil en el estado 
  • 100 mil en todo México

Un pueblo migrante                            

Aunque sus antepasados provienen de Europa, los primeros menonitas que llegaron a México vinieron de Canadá, cuyo gobierno buscaba educarlos en inglés y obligarlos a enlistarse en el servicio militar.                   Cien años después, guiados por sus líderes religiosos, al menos mil de ellos disfrutan en Chihuahua de la tranquilidad del aislamiento, dedicados principalmente a la agricultura y la elaboración del tradicional queso menonita.                            

Según datos del Gobierno de Chihuahua, actualmente habitan en Cuauhtémoc cerca de 40 mil menonitas, unos 70 mil en el estado y se estima que más de 100 mil viven en todo México.

“Como pueblo, son muy trabajadores, por eso los menonitas son un fenómeno migratorio de mucha importancia para México”, destacó el profesor Marcelino Martínez Sánchez, cronista de Ciudad Cuauhtémoc.             Explicó que el menonismo es una corriente religiosa que tiene su desenvolvimiento en los principios de la Biblia, por lo que incluso tiene su propio sistema educativo basado en la religión.                            

“En el mundo se recuerda el fenómeno de esta migración por las persecuciones que se dieron durante la Edad Media hacia grupos de la sociedad europea que presentaban observaciones hacia la interpretación de la Biblia y el comportamiento del cristianismo”, relató.                            

En 1530, en los países bajos, en la Frisia holandesa, en un lugar llamado Wytmarsum, el sacerdote católico Menno Simons cuestionó que el bautismo no debe ser a corta edad, sino cuando ya se tenga conciencia (anabaptismo), por lo que fue condenado y perseguido hasta obligarlo a dejar su afiliación católica. Así fue como sentó las bases de una nueva corriente que después llevaría su nombre.

En 1534, ante las persecuciones en los países europeos, los grupos seguidores de Simons, quien basó su doctrina en el pacifismo,  migraron a Prusia, hasta que en 1545 la condesa Ana, de Holanda, presentó un decreto de expulsión de la Frisia holandesa de todos los seguidores del sacerdote.                            

“Dijo: se van de este reino los seguidores de Menno Simons, y los llamó ‘menistas’, cuyo término castellanizado concluyó en menonitas”, narró Martínez Sánchez.                            

El grupo expulsado se fue a Prusia, a terrenos que les fueron ofrecidos por el gobierno de lo que ahora es Polonia. En 1763 se trasladaron a Ucrania tras la invitación de Catalina “La Grande”, la emperatriz de Rusia, quien se distinguió por sus extensiones y conquistas para el imperio ruso –dentro de ellas Ucrania–, en donde formaron los primeros campos menonitas.

“Un campo menonita está dividido por una calle central amplia, pero luego el trazo de sus viviendas les permite estar viendo a los vecinos, estarse vigilando, porque se trata de un pueblo que siempre ha sido hostigado, ha sido perseguido”, explicó el cronista.                            

Años después, en Ucrania también los quisieron someter a leyes de Guerra, por lo que decidieron emigrar hacia América, y en Canadá localizaron suficiente espacio, además de un gobierno que les permitía vivir a su manera, por lo que en 1871 llegaron a  Manitoba, Saskatchewan y Alberta.                            

Pero llegó el siglo XX, y mientras Canadá alistaba su participación en la Primera Guerra Mundial, los pacifistas comisionaron a gente para que fuera a buscar territorios en América del Sur, América Central, Estados Unidos y México.                            

“Allá por 1921 encuentran que México ya salió de la Revolución, y que hay muchos espacios en algunas partes con posibilidades de ocupación, y luego se contactan con las agencias colonizadoras para ver en qué condiciones el Gobierno de México les permita llegar”, narró Martínez Sánchez.                            

Después de revisar distintos territorios, en Chihuahua encontraron las tierras y las condiciones que buscaban para establecerse, ya que las leyes mexicanas estaban cumpliendo con el reparto agrario, un programa federal para resarcir la inequidad de campo.

Los menonitas acordaron con el entonces presidente Álvaro Obregón vivir en México bajo sus propias normas, entre ellas que se les respete su religión. No realizan el juramento a la Bandera, mantienen su propia educación y viven bajo su propia conducción social, respecto a su autogobierno y sus bienes.                  

“Compran 200 mil acres, todo el llano de San Antonio, que ahora es del municipio de Cuauhtémoc. Pero no fue fácil la compraventa, y menos la ocupación, porque los campesinos estaban exigiendo esa tierra al Gobierno, pero el Gobierno facilita la colonización, retarda el compromiso del reparto agrario y los menonitas llegan a este lugar el día 8 de marzo de 1922”, relató                            

El contrato se llevó a cabo en la Notaría número 2 de Ciudad Juárez. La compra se apalabró el 6 de septiembre de 1921 pero las escrituras se firmaron hasta el 30 de septiembre de 1922 a nombre de las empresas   Sociedad Heide, Neufeld y Reinländer y la Sociedad Rempel, Wall y Reinländer.                            

Compraron las tierras, a un costo aproximado de 8.50 dólares cada hectárea, a Latifundio Bustillos y Anexas, a través del agente de bienes raíces Arturo J. Braniff.

La primera casa menonita en México fue una de madera que trajeron prefabricada, en tren, desde Canadá, y la construyeron en el campo 22 de Cuauhtémoc.                            

“Traían todos los pies de crías, y semillas. Traían todo lo posible para empezar. Se habla de esa casa para señalar que son hombres precavidos. No tienen las características de otras migraciones de dolor, no, no, no… estos vienen con dinero, compran todo esto, traen pies de cría animal y semilla para producir lo que ellos saben”, destacó.                            

Así, con una gran extensión de tierra fértil y las facilidades para vivir bajo sus propias normas, los menonitas se refugiaron en México, en donde aprendieron de nuevos cultivos, como el frijol.                            

“Los menonitas tienen buena reputación como agricultores. Y México buscaba que pudieran ayudar a fomentar el desarrollo agrícola en el país, porque hace 100 años la agricultura era la principal economía del país, y había muchas tierras. Chihuahua era algo despoblado en ese tiempo, el estado es muy grande, y la agricultura era importante, en esa época no había industria ni manufactura”, señaló Lawrence Taylor, doctor en Historia de América Latina de El Colegio de la Frontera Norte (El Colef).                            

Por décadas todos vivieron en Cuauhtémoc dedicados al trabajo y apegados a su religión, hasta que entre los años 50 y 60 la llegada de la energía eléctrica hizo huir a los más tradicionales en busca del aislamiento.   Llegaron al municipio Miguel Auz, en Zacatecas, en donde crearon la colonia La Honda. Pero, hace 30 años, cuando la modernidad los volvió a alcanzar, huyeron nuevamente, en busca de nuevas tierras y regresaron a Chihuahua.

Comunidad aislada                            

En 1922, guiados por sus ministros, un grupo de familias llegó en el tren hasta el desierto de Chihuahua, en donde formaron una nueva colonia a la que llamaron Sabinal.                            

“Yo llegué aquí con mis papás, tenía 12 años cuando vinimos para acá, yo ahorita tengo 42, ya son 30 años. Vinimos en tren, en ese tiempo el tren pasaba aquí, a un lado de la colonia. Todo, todo, todo era puro monte, empezamos aquí desde abajo: construimos las casas, abrimos terrenos, hicimos pozos y empezamos a trabajar”, recuerda Johan Friesen Brown, uno de los fundadores de la colonia.                            

Friesen Brown funge actualmente como uno de los dos jefes de la comunidad conformada por 12 campos, a lo largo de 10 mil hectáreas, en donde crearon sus casas en medio de los pastizales y convirtieron el desierto en sembradíos de algodón, chile, cebolla y frijol, por lo cual pronto multiplicaron en aproximadamente un 10 mil por ciento el valor de los terrenos que compraron hace tres décadas en 70 dólares por hectárea. Hasta hace tres años sólo utilizaban celdas solares y motores de diesel para trabajar, se transportaban únicamente en carretas y nadie tenía Internet.                            

Pero cuando la Comisión Federal de Electricidad (CFE) comenzó a instalar los primeros postes, la tranquilidad terminó para sus habitantes más tradicionales, quienes comenzaron una vez más a buscar nuevas tierras para poder mantener su aislamiento.                            

Al menos 900 de los 2 mil menonitas que habitaban entonces la colonia migraron hacia Campeche, en donde formaron una nueva colonia a la que llamaron Valle Nuevo. 

Unos mil 100 restantes decidieron quedarse, algunos por falta de dinero para comprar nuevas tierras y otros porque descubrieron que la energía eléctrica les facilita el trabajo, principalmente el uso de los motores de agua para el riego.                            

Con la llegada de la luz también llegaron a su comunidad los neumáticos y el uso de vehículos automotores, además del Internet y los teléfonos. Sin embargo, a Sabinal la modernidad ha llegado lento, por lo que sólo algunas casas cuentan con servicio de Internet y tienen poca señal en sus celulares.                            

La resistencia a la televisión todavía continúa arraigada, debido a que algunos la consideran incluso “un pecado”, mientras que para otros es una distracción para quien se dedica al trabajo.                            

“Aquí los hombres trabajan en el chile, el algodón, están quitando hierbas, están piscando”, dice Jacobo Brown Brown, de 50 años de edad, encargado de la quesería y una de las tiendas de la colonia.                         Los hombres menonitas distinguen a su comunidad por sus overoles de mezclilla, camisas a cuadros y gorras para cubrirse del sol, cuya intensidad aumenta en medio del desierto, en donde el termómetro alcanza los 44 grados centígrados (112 Fahrenheit) en el verano.                            

Las mujeres, quienes se dedican a trabajar en su casa y a cuidar a sus hijos, crean también su propia ropa, la cual consiste en vestidos largos y coloridos para las niñas, pero que van volviéndose cada vez más sobrios conforme aumenta la edad.                            

Las mujeres llevan medias o calcetas con huaraches, el cabello siempre recogido y también se protegen del sol con amplios sombreros que atan a su cuello con listones.

Aunque en el invierno el termómetro ha bajado históricamente hasta los -22 grados Celsius (-7.6 Fahrenheit) y frecuentemente se viven tormentas de arena, en la primavera las casas se rodean de flores y los campos se pintan de verde.                            

Los niños juegan en sus patios con tractores de juguete, mientras que los adolescentes se introducen en el trabajo de sus padres.                            

En sus casas todos hablan el alemán bajo, mientras que en la escuela o la iglesia se comunican en alemán alto, por lo que las mujeres, que siempre están en su casa, casi no hablan español, a diferencia de los hombres que tienen que aprenderlo para poder vender sus productos a los mexicanos.                            

Los menonitas cuentan con su propia educación, la cual consiste principalmente en el estudio de la Biblia, matemáticas básicas, leer y escribir. Las mujeres acuden hasta los 12 años y los hombres hasta 13, después es tiempo de comenzar a trabajar.                            

Cuando ya no van a la escuela “las niñas se están trabajando con la mamá, mi misma esposa hace la ropa, sombreros y todo hace ella. Todo lo que hace mi esposa les está enseñando a las niñas, para que sepan hacer la ropa y todo… Y los chavos tienen que ayudarme a mí afuera. Yo tengo vacas lecheras y ellos empiezan ordeñando las vacas, a darles pastura y todo el rollo”, explica Friesen Brown, quien es padre de ocho hijos entre los 7 y 19 años.                            

Muchas de las familias, como la de él, tienen vacas que ordeñan dos veces al día, por lo que formaron una sociedad para reunir toda la leche y producir queso menonita.                            

Según el responsable de la quesería San Antonio, en promedio producen una tonelada diaria de queso, el producto que más distingue a los menonitas y el cual es comercializado dos veces a la semana en distintas ciudades de Chihuahua, Sonora y Baja California.                            

Lejos de las pobladas urbes, los menonitas dividen sus colonias en campos, en los que construyen sus casas, pensadas en la posición del sol y con techos triangulares para prevenirse de la lluvia. A un costado de ellas crean sus gallineros, establos y sembradíos.                            

“A los 20 años empiezan a casarse; ya cuando están casados pues ya trabajan para ellos”, narra el jefe de la colonia, sentado en el comedor de su casa, el cual, como en todas las viviendas tradicionales, está ubicado cerca de la puerta y pegado a la pared, para que después de trabajar llegue directo a comer y no ensucie la casa.

Dice que aunque la mayoría de las familias tienen entre cuatro y ocho hijos, hay quienes tienen hasta 14. Y mientras él describe a su comunidad, su esposa hace requesón, después de haber horneado el tradicional pan menonita con la mantequilla que ella misma realizó, junto a sus hijas mayores, de 17 y 19 años.                            

Cuando llegó la energía eléctrica la mayoría de los que se quedaron fueron jóvenes, pero el uso de la tecnología todavía es tímido.                            

Y aunque casi todas las familias ya cuentan con una camioneta, unos recorren aún sus calles de tierra en sus carretas. De acuerdo con el clima, utilizan una blanca, cubierta para los días de lluvia, viento o mucho sol. O una negra, descubierta, para los días de clima agradable.                            

“Pues sí me gusta aquí. Si tenemos trabajo aquí hay que darle puro pa’delante”, asegura el jefe de la colonia, orgulloso de saberse parte de una comunidad dedicada al trabajo.                            

Friesen Brown está a favor de la energía eléctrica. “Cuando obtuvieron la bomba de motores de diesel pues batallaron hasta esta fecha, y pos ya empezaron con la electrificación. Ya se metió la luz y todo ya se va a componer. Y para avanzar pa’rriba”, dice, y suspira frente a sus dos hijos más pequeños, quienes juegan en el piso de su sala con un tráiler de juguete y una muñeca.

Los domingos nadie trabaja, por lo que las tiendas, la quesería, la farmacia, el negocio donde les venden los sombreros e incluso la estación de gasolina están cerrados.                            

Ese día los adultos y sus hijos mayores utilizan su mejor ropa, de color negro, y una hora después de que sale el sol acuden a la iglesia. Después de dos a tres horas de culto regresan a sus casas para descansar con sus hijos más pequeños y por la tarde visitan o reciben en casa a sus familiares.                            

Los jóvenes que aún no se han casado forman grupos de mujeres y de hombres, para después, en algunos casos, reunirse, escuchar música y comer semillas de girasol por las calles.                            

“Los que se fueron fue porque no querían las trocas, y no querían las llantas, querían mejores las llantas de las ruedas de fierro”, que utilizaban para los tractores hasta hace tres años, recuerda Brown Brown, quien ha preferido vivir hasta ahora sin Internet en su casa y en su negocio.                            

A mediados de 2020, con la llegada del Internet descubrieron que había una pandemia en el mundo. Y una decena que tuvo síntomas de resfriado fueron aislados, ante el temor de un posible contagio debido al contacto con quienes llegan a comprarles sus productos.

A través del Internet se enteraron también de la invasión de Rusia en Ucrania, pero su aislamiento no les permitió mantenerse actualizados.                            

En Cuauhtémoc, en cambio, hasta los menonitas más tradicionales tienen celulares y computadoras conectadas a Internet.                            

“Los menonitas son ejemplares en el trabajo, en su organización. Aquí se producen las mayores cantidades de avena que tiene México, aquí se produce la mayor cantidad y la mejor calidad de manzana; tienen la producción de queso. Y el corredor comercial, de 40 kilómetros seguramente sea el más importante en América Latina en economía, pues ahí se encuentran talleres de electrónica, mecánica, industria agrícola, metal-mecánica, almacenes… es un emporio”, destacó el cronista de Cuauhtémoc.                            

Muchos de ellos hablan inglés y van a las escuelas bajo el sistema educativo mexicano, mientras que a casi 400 kilómetros de ellos, los que se quedaron en Sabinal disfrutan de la tranquilidad de su aislamiento, entre fructíferos campos, seguros de que la tibia modernidad que adoptaron les facilitará su trabajo. (Hérika Martínez Prado / El Diario)              

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