Internacional

Enfrenta Casa Blanca realidad de la pandemia tras largo periodo de negación

El presidente Trump decía al personal que usaba cubrebocas que se quitaran 'esa cosa'; consideraba que las mascarillas eran un signo de debilidad

The New York Times

The New York Times

lunes, 05 octubre 2020 | 12:45

Washington— Mientras Estados Unidos se ponía en cuarentena esta primavera en la peor pandemia que se ha visto en un siglo, al interior de la Casa Blanca del presidente Donald Trump las personas con frecuencia desafiaban las medidas. 

El espacio reducido del Ala Oeste solía estar abarrotado y concurrido. Casi nadie usaba cubrebocas. A los pocos funcionarios que sí lo hacían —como Matthew Pottinger, asesor adjunto de seguridad nacional—, eran ridiculizados por sus colegas por alarmistas.

En ocasiones, el presidente Donald Trump les dijo a los miembros del personal que usaban cubrebocas en reuniones que se quitaran “esa cosa”, según relató un funcionario del gobierno. Todos sabían que el mandatario consideraba que las mascarillas eran un signo de debilidad y que su mensaje estaba claro, dijeron los funcionarios.

“Si caminabas por ahí con un cubrebocas, te miraban por encima del hombro”, dijo Olivia Troye, asesora principal del equipo especial para el coronavirus que renunció en agosto y ha declarado su apoyo al exvicepresidente Joe Biden.

En público, algunos de los objetivos de ataque predilectos del presidente eran los corresponsales de la Casa Blanca. “¿Podrías quitártelo? Apenas puedo escucharte”, le dijo Trump a Jeff Mason de Reuters en mayo, luego se burló de él por querer ser “políticamente correcto” cuando se rehusó.

La semana pasada, la Casa Blanca tuvo que enfrentarse a la realidad tras un largo periodo de negación cuando Trump y la primera dama dieron positivo en la prueba del virus, junto con Hope Hicks, asesora principal de la Casa Blanca, y Bill Stepien, el gerente de campaña del mandatario, entre otros. Esta consecuencia pareció sorprendente pero también inevitable en un Ala Oeste que asumió que realizar pruebas diagnósticas rápidas a todos los que entraban cada mañana era un sustituto para otras medidas de seguridad, como el distanciamiento social y el uso de cubrebocas.

Sin embargo, exasesores afirmaron que este acontecimiento también fue el resultado de la imprudencia y la cultura vertical de miedo que Trump creó en la Casa Blanca y en todo su gobierno. Si querías que tu jefe estuviera contento, dijeron, debías dejar la mascarilla en casa.

Cuando la nación entró en confinamiento en marzo, Trump estuvo decidido a restarle importancia al virus. Afirmó que el país reanudaría todas sus actividades en Pascua, para el 12 de abril, presionó a los estados a fin de que levantaran las restricciones antes de tiempo e insistió en que las escuelas, las iglesias y los negocios regresaran a la normalidad, todo con la esperanza de rescatar su campaña electoral.

No obstante, tras las puertas de la Casa Blanca, Trump y sus asesores confiaban demasiado en las pruebas rápidas que tenían a su disposición. Hubo momentos en los que Trump se hacía varias pruebas rápidas a lo largo del día.

Los asesores estaban divididos sobre los riesgos. Jared Kushner —yerno y asesor principal de Trump— y Dan Scavino —director de redes sociales de la Casa Blanca— estaban entre los menos preocupados, dijeron sus colegas. Se sentían protegidos debido a las pruebas disponibles y sostenían que contraer el virus no era una sentencia de muerte.

Hicks, una asistente desde hace mucho tiempo y una de las asesoras más cercanas del presidente, estaba más preocupada, aseguraron colegas. Tomaba más precauciones que la mayoría y, a veces, usaba cubrebocas en las reuniones.

Colegas dijeron que asesores recién llegados a la órbita de Trump, como Kayleigh McEnany, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, nunca usaron cubrebocas en presencia del presidente, en lo que otros miembros del personal interpretaron como un intento de complacer a su nuevo jefe.

Conforme avanzaron los meses, una pequeña cantidad de personas en la Casa Blanca dieron positivo por el virus, entre ellas el ayuda de cámara del presidente, un asesor principal del vicepresidente y Robert C. O’Brien, el consejero de seguridad nacional. Sin embargo, como eran pocos casos, los asesores del presidente se relajaron aún más.

Para junio, el mes previo al diagnóstico positivo de O’Brien, la Casa Blanca ya había dejado de realizar revisiones de temperatura a las personas que entraban al complejo. Solo los asesores que interactuaban directamente con el presidente se hacían pruebas diarias. El uso de cubrebocas seguía siendo mínimo.

Fue una actitud generalizada en el gobierno. En el Departamento de Justicia en mayo, el fiscal general William Barr le dijo a un reportero de The New York Times Magazine que llegó con mascarilla a una entrevista: “No te voy a infectar”, y luego se sentó mientras un asistente le sugirió al reportero que se quitara el cubrebocas, dos veces. El reportero lo hizo.

Incluso el viernes, solo unas horas después de que el presidente anunciara en Twitter a la una de la madrugada que él y la primera dama habían dado positivo, la Casa Blanca estaba tratando de proyectar normalidad. “Tuvimos un excelente reporte sobre el empleo esta mañana”, dijo Mark Meadows, jefe de gabinete del presidente, a los periodistas en la Casa Blanca. “Desafortunadamente, eso no es en lo que todo el mundo está enfocado ahora”.

Pero hicieron todo lo posible por continuar con una postura de “no hay nada qué ver aquí”.

Meadows también les dijo a los reporteros el viernes que esperaba “que a medida que este virus continúe, otras personas en la Casa Blanca sin duda tendrán un resultado positivo”. Hasta ahora, Meadows ha dado negativo.

El viernes por la noche, Kellyanne Conway, exasesora presidencial de alto nivel que estuvo en la Casa Blanca en los últimos días, anunció que había dado positivo. Otras personas que dieron positivo en la Casa Blanca en los últimos días fueron el senador Mike Lee, republicano por Utah; el senador Thom Tillis, republicano por Carolina del Norte; Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey, y el reverendo John I. Jenkins, presidente de la Universidad de Notre Dame.

En materia de políticas, la Casa Blanca ha presionado durante meses a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades con el fin de que le resten importancia al riesgo del virus, pues el presidente busca cumplir su deseo de reabrir las escuelas, revitalizar la economía y seguir actuando como si el país hubiera “dado vuelta a la página” en cuanto a la situación del virus.

Kevin Hassett era asesor principal de economía del presidente cuando en mayo se convirtió en uno de los pocos en romper las reglas no escritas de la Casa Blanca. En una entrevista televisada, dijo que le daba “miedo ir a trabajar” y que creía que “estaría más seguro sentado en mi casa que yendo a la Casa Blanca”.

Hassett, quien dejó su puesto en el verano, le dijo a CNN el viernes que fue criticado en aquel entonces por expresar su preocupación en público.

“Cuando estaba en la Casa Blanca, me criticaron un poco por decir: ‘Oigan, entiendo los riesgos’”, declaró.