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'Vivir en la calle me costó 54 mil dólares', narra mujer su traumática experiencia

La muerte de su madre, la disputa de la herencia entre familiares y el incendio de su vivienda la llevaron a descuidar su negocio y vivir en la indigencia

The New York Times

The New York Times

viernes, 07 enero 2022 | 17:35

Oregón.- Lori Teresa Yearwood, cuenta su historia, de cuando tenía un negocio y como la muerte de su madre, la disputa de la herencia entre familiares y hasta el deceso de su perro, la llevaron poco a poco a vivir en la indigencia. Un ensayo publicado por The New York Times, cuenta su tráumatica experiencia el cual se reproduce a continuación:

Quedarme sin un lugar donde vivir se sintió como si hubiera ocurrido en un abrir y cerrar de ojos. Fue como si en un momento hubiera estado de pie en un parada junto a mis caballos, acariciando sus crines, y al siguiente hubiera estado acostada dentro de una bolsa de basura de plástico en la banca de un parque, envolviendo mi cuerpo tembloroso con ropa.

De hecho, ocurrió en el transcurso de doce meses devastadores entre 2013 y 2014. La casa que alquilaba en Oregón se quemó. Mi madre murió de un cáncer que, hasta poco antes, nadie sabía que tenía. Mi familia se enfrascó en una amarga disputa por su herencia y me excluyeron. Mi perro beagle murió. Me sentí tan agobiada emocionalmente que fui incapaz de dirigir el negocio que había tenido durante casi una década, y menos aún de pagar el alquiler. Por último, me dijeron que hiciera las maletas y abandonara la casa que había rentado tras el incendio.

Mi travesía en la indigencia fue traumática, pero también resultó increíblemente costosa, y en eso quiero centrarme aquí. Para cuando me alejé de aquella banca de parque dos años después, había acumulado una deuda de más de 54 mil dólares.

Dejar de vivir en la calle no significaba una libertad inmediata. Por el contrario, volver al mundo bajo techo significó primero tener que sortear una carrera de obstáculos de cargos y multas que había contraído mientras no tenía dónde vivir. En el proceso, aprendí que algunas de las personas más traumatizadas y vulnerables de nuestra sociedad suelen cargar con facturas que no tienen ni idea de cómo manejar, lo que les dificulta mucho más encontrar una vivienda segura.

Esos pagos son otra forma en que la sociedad estadounidense criminaliza a las personas sin hogar: sanciones ocultas que pueden empezar con el remolque y la incautación de los vehículos en los que la gente duerme y que pueden continuar con una larga lista de delitos menores, como vagabundear, acampar, mendigar e incluso permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar.

Vivir en situación de calle es una existencia pesadillesca, y se volvió mucho más difícil con estas cargas financieras. Ahora estoy del otro lado y escribo sobre mi experiencia con la esperanza de desmantelar las barreras que mantienen a la gente en el desamparo.

Crecí en las décadas de 1970 y 1980 en los suburbios de Palo Alto, California. Mi padre era microbiólogo de la NASA y mi madre era asistente administrativa en Stanford. Cuando tenía 10 años, me compraron un piano de cola para que aprendiera a tocar, y tomé clases de ballet en la Escuela de Ballet de San Francisco. Fui a la Universidad Estatal de San Francisco y me gradué en periodismo. Después de la universidad, pasé una década como reportera de prensa, incluyendo siete años en The Miami Herald.

En el año 2000, mi padre murió, justo cuando comenzaron los recortes en los periódicos de todo Estados Unidos. Mi padre me había dejado una herencia, así que renuncié a mi trabajo y fundé una organización sin fines de lucro en Liberty City, Miami, uno de los barrios más pobres del país en ese momento, la cual impulsaba a los niños a escribir y compartir historias sobre sus vidas. La organización apoyó a cientos de niños, pero nunca generó ingresos suficientes para pagar a empleados. Así que, dos años después, me mudé al sur de Oregón, donde cumplí el sueño de toda mi vida de tener caballos. Para obtener el dinero necesario para cuidarlos, abrí una empresa de recompensas comestibles orgánicas para caballos.

La recesión de 2008 causó estragos en mi negocio y en mi vida. Al igual que millones de estadounidenses, cometí el error de endeudarme con las tarjetas de crédito y una segunda hipoteca, y perdí mi casa en una ejecución hipotecaria. Sin embargo, logré conservar mi empresa y a mis queridos caballos, Vashka y Raya, hasta 2014, cuando lo que yo llamo el “gran tsunami” arrasó con mi vida.

Abrumada por el trauma, intenté vender mi negocio, pero ninguna de las ofertas que recibí se concretó. Entonces no lo sabía, pero estaba sumida en el síndrome de estrés postraumático y, por ende, no pensaba con claridad. Lo único que sabía era que no podía hacer frente a todas las pérdidas. Empecé a encerrarme durante horas. Cuando no pude pagar la renta, mi casero me pidió que me fuera.

Acaricié las crines de mis caballos por última vez y me marché. Al principio, visité a amigos en varias partes del país. Durante unos meses, viví en un ashram en el sur de Utah. Luego viví en un hotel de Salt Lake City hasta que me quedé sin dinero y un policía me escoltó a un taxi que me llevó al refugio para personas sin techo de la ciudad.

A principios de 2015, me había convertido en una mujer desesperada que se aferraba a bolsas de basura de plástico mientras iba de la despensa de alimentos al refugio, a la biblioteca pública y a la banca de un parque. Alguna vez había sido una escritora que ayudó a cubrir la visita del dalái lama a Miami. Había viajado a Irlanda para entrevistar a un famoso autor de libros de autoayuda. En cambio, mi existencia en las calles se limitaba a un radio de tres kilómetros.

Dos semanas después de llegar al refugio, fui blanco de un hombre. Trabajaba en el centro de asistencia donde recogía mis paquetes de higiene todas las mañanas y, mientras esperaba en la fila para recibir mi cepillo de dientes, me ofreció un par de guantes de invierno, los cuales acepté.

Empezó a aparecer todas las mañanas en la entrada del refugio y me seguía hasta que llegaba a la biblioteca pública. Un día me dijo que me daría una bolsa de lona para sustituir mis bolsas de basura y me dijo que podía guardar algunas de mis otras pertenencias en un cobertizo de su propiedad. Cuando llegamos, me empujó al interior, donde me atacó sexualmente. Pasaron dos días antes de que abriera la puerta y al fin me dejara salir. Ese mismo hombre me atacó varias veces durante un año, en baños públicos, en el jardín delantero de la biblioteca, entre otros lugares.

Congelarse cuando se sufre un trauma severo no es raro. Dejé de hablar durante casi dos años, salvo por un ocasional “sí”, “no” y “gracias”.

Tiempo después supe que las agresiones sexuales a las mujeres en situación de calle suceden con frecuencia y también pueden generar deudas, cantidades considerables de deudas debilitantes y asfixiantes. El costo de mis desplazamientos en ambulancia a varios hospitales como consecuencia de ese trauma ascendió a casi 4 mil dólares. Las cuentas de hospital por los tratamientos posteriores superaron los 48 mil dólares, que me cobraron, según dijeron después los administradores del hospital, porque me “negué” a hablar y, por lo tanto, no sabían que vivía en la calle.

Pasé el primer año de mi indigencia sufriendo abusos y la mayor parte del segundo año tras las rejas. Luego de una denuncia de que me había bañado en un río público cerca de Salt Lake City, fui encarcelada de septiembre de 2016 a marzo de 2017. Aunque las prisiones de deudores se abolieron de manera oficial en Estados Unidos en 1833, pagué mis multas sentada en una celda de 2 por 3 metros durante seis meses.

En abril de 2017, una organización sin fines de lucro llamada Journey of Hope me ayudó a encontrar vivienda. Comencé a ganar 11 dólares por hora como empleada en una tienda de abarrotes en Salt Lake City y alquilé un dormitorio en una casa privada durante un año. Cuando terminó ese acuerdo, alquilé un apartamento, por el que tuve que pagar el doble de depósito porque mi historial crediticio se había visto afectado por los gastos de ambulancia que no sabía que había acumulado. Había cometido el error de pensar que, como era indigente, me perdonarían la cuenta. Una iglesia local accedió a ayudarme con el depósito de seguridad del apartamento, pero después de un año allí, el Servicio de Rentas Internas me hizo llegar multas que debía por impuestos que ya había pagado. Según la agencia, debía 2300 dólares en multas.

Llamé a un contador que me había asesorado durante mis años como empresaria y ofreció ayudarme sin cobrar. “¿Qué ibas a hacer, presentar tus declaraciones de impuestos mientras estabas encerrada contra tu voluntad en un cobertizo?”, me dijo.

Mientras todo eso sucedía, acudí a una asociación sin fines de lucro de Salt Lake City que ayuda a la gente con su historial crediticio, y sus asesores financieros se dieron cuenta de que dos de los viajes en ambulancia se habían cobrado el mismo día por casi la misma cantidad, lo que los llevó a sospechar que me habían cobrado dos veces por el mismo viaje. Al volver a trabajar como periodista, llamé a la empresa de ambulancias para cuestionar los cobros y les informé que estaba escribiendo un artículo sobre mi experiencia con las deudas por ambulancias. Al cabo de unas semanas, eliminaron los cargos.

En ese momento, pensé que finalmente había dejado atrás la deuda ocasionada por haber estado en situación de calle. Mi capacidad crediticia estaba de nuevo en plena forma. Pero entonces, en el verano de 2021, llegó por correo otra amenaza para mi salud financiera. Una carta de un servicio de cobro de deudas decía que debía 48.253 dólares por el tratamiento que había recibido durante el tiempo que estuve sin techo.

Una vez más, mi capacidad crediticia se desplomó. Y nuevamente recurrí a mis habilidades como reportera y al poder de la prensa. Le escribí al hospital y le dije sin rodeos que estaba escribiendo un artículo sobre los problemas a los que me había enfrentado. ¿Por qué —pregunté— me están cobrando si en ese entonces yo vivía en la indigencia y podrían haberle cobrado a Medicaid o haber cancelado la deuda como caridad?

Un funcionario de relaciones públicas respondió que, mientras estuve en el hospital, me había negado a hablar, por lo que el personal no sabía que vivía en las calles. Le expliqué que no me había negado a hablar, sino que había sufrido un trauma y prácticamente no había pronunciado palabra durante dos años. A esas alturas de mi reanudada carrera periodística ya había obtenido mi historial clínico, así que les mostré a los administradores del hospital algunas de las notas de los médicos sobre mí. El siguiente correo electrónico del hospital fue rápido: “Tras revisar su cuenta, hemos decidido hacer válido su argumento de que no tenía vivienda en el momento en que se le prestó el servicio y hemos cancelado el saldo restante”.

Les pregunté a los administradores del hospital si iban a responder por el daño que me habían causado al arruinar mi historial crediticio: el estrés y las noches de insomnio, el hecho de que ya no fuera elegible para obtener tasas de interés bajas en las hipotecas. El vocero se disculpó, pero dijo: “Lo único que puedo hacer es hacer las cosas bien de ahora en adelante”.

Lo que me lleva otra vez a mi argumento principal: ¿cómo vamos a hacer las cosas bien de ahora en adelante para quienes se han quedado sin casa si no reconocemos el daño que se les infligió en el pasado?

Le hice esa pregunta a Dennis Culhane, un catedrático de la Universidad de Pensilvania que lleva más de treinta años estudiando las políticas públicas para las personas en situación de calle. Me dijo que las deudas contraídas durante los años en que se carece de vivienda son “un problema constante al que se enfrenta la gente”. A menudo, estas deudas incluyen facturas de servicios públicos sin pagar, costos judiciales y multas, así como la manutención de los hijos. Como solución, sugirió clínicas para ayudar a las personas sin techo y a quienes están en camino de salir de la indigencia a saldar su deuda de una vez y para siempre, algo similar a lo que sucede en casos de quiebra. “De lo contrario, solo se va a dificultar la supervivencia de la gente, y eso no beneficia a nadie”, añadió.

En cierta medida, el Departamento de Asuntos de los Veteranos estadounidense ha hecho esto con sus Servicios de Apoyo a las Familias de Veteranos, que proporciona alivio de la deuda para el realojamiento rápido de los veteranos que carecen de vivienda. Algunos centros pueden ofrecer también asistencia jurídica, pero eso no forma parte del programa nacional.

Me encanta la idea de una solución de ventanilla única, pero tenemos que ir más allá para ayudar a las personas sin techo y a quienes han logrado superar esta situación. Su crisis está empeorando. Incluso antes de que la pandemia de coronavirus llegara a Estados Unidos, en enero de 2020 había al menos 580.466 personas en situación de calle en el país, lo que supone un aumento del 2 por ciento con respecto a 2019 y el cuarto incremento anual consecutivo, según la National Alliance to End Homelessness.

El personal de las organizaciones sin fines de lucro que trabaja con personas en situación de calle debe recibir formación sobre cómo interactuar con quienes han sufrido un trauma. De lo contrario, pueden avergonzar sin darse cuenta a sus clientes por no querer volver a un sistema económico que ya los ha castigado y penalizado. Un síntoma clásico del trauma es evitar la fuente de ese trauma.

Cuando estaba en proceso de salir de la indigencia, confiaba en muy pocas personas. Necesitaba lo que los defensores llaman una transición suave. Nunca me habría planteado ir a un grupo que intentara ayudarme a menos que alguien en quien confiara me dijera y me acompañara. Mi primera transición suave fue de la mano de Shannon Cox, expolicía y fundadora de Journey of Hope. Ella me invitó a comer y me llevó a los hospitales para recuperar todos los registros que ignoraba que iba a necesitar para poder proteger mis finanzas después.

Es gratificante poder presentarme como reportera ante las mismas instituciones y empresas que intentaron aprovecharse de mi colapso. Luego de meses de lucha para que mi capacidad crediticia estuviera en buen estado, por fin he vuelto a tener una buena calificación. Pero mi ira permanece.