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Caminar sobre la noche

“El hombre se ha hartado de cambiar la Tierrra. Es tiempo de que la Tierra cambie al hombre”

Jaime García Chávez / Colaboración Especial

jueves, 09 abril 2020 | 22:30

(Primera, de tres partes)

Caminar sobre la noche. Con Borges, pienso: muchas calles están vedadas a mis pasos y otras son las que ya he recorrido en sumisión. Por motivos laicos, urbanos y de vecindad, llegué al atrio de la catedral barroca de Chihuahua. Aún no se había consumido el último segundo de la primera hora del domingo 29 de marzo. La noche no era primaveral, empero las estaciones mutaban, no se definían aún y el recuerdo del invierno era inevitable. El frío de nuestro hemisferio no había sido tan intenso como otros años, de hecho éramos testigos de que el hielo y la nieve nos habían abandonado. No era ese tiempo –inexistente– de antes, de crueles temperaturas bajas que sólo los muros del viejo templo colonial han resistido, con su cantera y mampostería colocada por ancestrales constructores de las catedrales que ancladas en la tierra se elevan a un cielo que conserva sus colores azules cobaltados y en ciertas tardes toman la tonalidad de un premonitorio arrebol sangrante, dando testimonio astral de que el Sol se guarda para reiniciar su presencia a las primeras horas de un nuevo día.

Frente al templo, la plaza pública, y en su derredor la presencia de los edificios que guarecen a los representantes de las instituciones. También está el comercio, a esa hora en el obligado receso de una ciudad con tintes de lejana provincia. Para mí las calles de Chihuahua han sido la casa comunitaria y política, donde con muchos otros, mis iguales, he querido resolver “contradicciones no aptas” –nos dijeron– para dar causa a la concordia con sacrificios. Esa noche, solitario y perplejo, quise hacer un viaje, recordar momentos, interrogarme sobre un futuro que ya nos alcanzó.

Una semana antes, había terminando de leer, con extremo cuidado y anotaciones precisas, un voluminoso libro que defiende la Ilustración, uno entre muchos. Sus postulados abonaron con cimientos a la idea del progreso, la razón y la ciencia. En realidad, ha sido un tema que me apasiona en el campo de la historia de las ideas: produce “gente peligrosa”, radical, generadora de reclamos y derechos que van mucho más allá de lo legítimo. Ese texto no fue lo que yo esperaba, me llevé sorpresas; de todas maneras me dejó en mejor condición en favor del optimismo y en contra de la estridencia que frecuentemente acompaña al discurso político corriente en estos días, más si se pronuncia desde las gradas de lo que se llama “izquierda”, aunque ese concepto es cada día más nebuloso, inexplicablemente.

Me enrumbé hacia el sur por la calle Independencia y recordé la vieja ciudad, la que no existe con su patrimonio construido, borrado por sucesivos gobiernos de trogloditas con piqueta en mano. Imaginé, girando sobre mis espaldas, la cantera del Hotel Hilton y sólo vi la perspectiva de una larga calle sin encantos. En el asiento del edificio que fue centro nervioso de las injusticias y las finanzas durante el siglo pasado, ahora está una oficina pública municipal. Ahí seguimos siendo tributarios, como antes y ahora, de un progreso cuyo perfil jamás nos preguntaron si estaba entre nuestros deseos primordiales. En ese lugar un déspota, adinerado, perdió la vida por truncar un amor a su hijo, beneficiado del mayorazgo, tema de una novela que algún día alguien, con diestra mano, plasmará en un libro. Como un espectro se me presentó lo que fueran dos salas de cine: el viejo Alcázar y el moderno Plaza, hoy convertidos en almacenes de vehículos. Recordé una librería de mediados del siglo XX, de grandes ventanales y muchos libros de una editorial argentina de nombre “Sopena” que sé ya no existe, ni aquí ni allá.

Ahí me hice de un libro muy importante para mi vida: el Discurso preliminar de la Enciclopedia, de Jean Le Rond D’Alambert, que fue iniciático, que prolongó una influencia recibida de mis maestros liberales. Recuerdo que el enciclopedismo, sin explicarlo a fondo, lo ponían como movimiento intelectual precursor de nuestra independencia nacional, de ahí el interés que me provocó. Entendí, para bien, que pensar con libertad no es fácil. Nunca ha sido fácil.

Pasos adelante está el lugar donde Silvestre Terrazas instaló su memorable periódico que develó el histórico robo al Banco Minero, con todas las consecuencias de un escándalo al interior de la oligarquía porfiriana, que a más de un siglo sigue con poder colocada donde mismo. ¿Están condenados los así llamados “de abajo” a permanecer en esa condición? ¿No hay redención posible?

Visité, cuadras arriba, la esquina donde murió, en su jonuco, el poeta Enrique Servín, a manos de un asesino impune. Vi la fachada del Hotel Cortéz donde me reuní con hombres de la guerrilla en los años sesenta y a la distancia el templo de La Trinidad, representación de otra visión de la religiosidad local. Recordé a mi amigo Daniel Cepeda, que murió joven y que en un año me educó para estar en condiciones de escuchar jazz; fue de nuestra predilección el de la banda de Dave Brubeck y otros de la época.