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Caminar sobre la noche

"Los sucesores no siempre piensan igual"

Jaime García Chávez / Colaboración Especial

domingo, 12 abril 2020 | 20:13

Chihuahua.- Marché por la calle Aldama hasta la Avenida Colón y evoqué los tiempos en que producíamos el periódico El Martillo, en la imprenta del siempre amigo y jocoso Uriel Villegas. Divisé la estatua porfirista que inició aquí el culto masónico y municipalista a Juárez. El legendario Hotel Victoria es un simple recuerdo, la casa palaciega de inequívoco gusto importado de los porfiristas ahí continúa. La Calesa, el legendario restaurante que nació a mediados del siglo XX sabía que ya no está. 

Pienso que Jaime Creel Sisniega, fundador de esa empresa, desde cuyo balcón y con cierta óptica nuestro acontecer fue observado, no lo habría clausurado. Los sucesores no siempre piensan igual y, frecuentemente, tampoco piensan, el paraíso en forma de herencia y abundancia, cuando cae del cielo, siempre es obra de los parentescos, más que de la inteligencia. 

Quería llegar, en realidad, frente a los arcos góticos del Hospital Central, sentir que una obra inaugurada por Díaz hace más de un siglo sigue ahí, enhiesto, de pie. 

Deseaba verlo como una muralla infranqueable del mal que nos abate. Lucía sombrío en su sobriedad. Los que hacen guardia para apoyar a sus enfermos traían sus ojos enrojecidos y la huella inequívoca del deseo de dormir, de olvidar lo que aqueja, soñar para olvidarse del dolor y del duelo humano que ahí ronda cotidianamente, minuto a minuto. 

Una mujer altruista, solidariamente anónima, sin apariencia de vanidad alguna, repartía bebidas calientes en vasos de unicel, con los que se mitigaba el frío y se hacía más llevadera la duermevela. 

Me lié en grata charla con un hombre que no ocultaba, en su apariencia, ser de alguna de las rancherías aledañas a la ciudad. Sus ropas y su acento así me lo decían. Todo en él denotaba al ranchero que pertenece a los que menos tienen para sobrellevar las dificultades de la vida, dotado de la inteligencia natural y hecho a las fatalidades que cuando se comprenden, enseñan que la vida se agota. Siempre se agota. Mostraba el sentimentalismo provocado por la posible muerte de un familiar cercano, querido. Me extendió su mano y me dijo soy Ramón, le contesté con mi nombre. 

El tema obligado, como ahora en todas partes, fue la pandemia, el terror que provoca, los grandes miedos que larva inexorablemente. La charla se abrió rápido. En Ramón había el dejo de quien ha profesado una religión sostenida en tradiciones milenarias y habla de resignación ante la adversidad. “Que se haga lo que Dios quiera”, dijo muy serio y adusto. “Dios –lo afirmó con mirada extraviada– nos puso un límite”. 

Pensé, sin expresarlo, en la famosa frase que se atribuye a Marx sobre la relación entre el opio y el adormecimiento social y que el filósofo sólo tomó en préstamo de otro muy desconocido, dándole una fama hoy apocada. Quién se recuerda de eso. Claro que no me adentré por esa ruta y me atreví a decirle que veía su pensamiento sencillo y valiente, con una utilidad depositada en un “más allá”, para él, la estación final del viaje. Y le dije además que otros muchos pensaban diferente. 

La charla terminó. Me dejó cavilando mientras se internaba en el edificio del hospital para cerciorarse del estado de su enfermo y auxiliarlo. Cavilando…, que para mí siempre significa escepticismo, duda, perplejidad… lo conjetural. Pensé en adecuar para ese encuentro el terceto final de un soneto de Borges: “En el oriente se encendió esta guerra / cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra”. Pero el ajedrez cósmico al que alude el poeta no me es dado cambiarlo, sería una demesura. 

Continué mi callejoneada nocturna por otras rutas y sitios. Ya no quise detenerme para revivir recuerdos y pronto me encontré en la colonia Santo Niño, más adelante en la Ciudad Deportiva, que crucé por sus áreas verdes y sus pinos hasta llegar, en círculo, a una sola cuadra de mi casa, donde estoy en cuarentena. Pensé en la fragilidad que nos azuela, en la ruptura de la solidaridad necesaria, y me hice cargo a borbotones en mi cerebro, de mi pasado, de todo lo que fueron mis convicciones, en el progreso que todo lo soluciona con mecanismos de relojería, no a la hora ni a la carta como serían nuestros deseos en este momento. 

Entonces recordé a un olvidado líder de una utopía deshonrada durante la era de los totalitarismos que fue el siglo XX, lepra del alma que no se ha ido del todo. Pensé, como ese hombre, hoy casi no pronunciado, que “la salida está en hacer la vida más densa espiritualmente, en reconsiderarla como una actitud ante la naturaleza, ante sus semejantes y ante sí mismo. Urge revolucionar las consciencias…”. Fueron palabras tardías, palabras que se traicionaron una y otra vez, mas no carentes de su profundo sentido. Ahora viven, pero sin ellos. Si recuerdo eso es porque me ata a la política pasión igual que la que amarra al pintor a su paleta y al lienzo, al músico a su pentagrama y las partituras y a los poetas a la palabra que vale oro y diamante y nunca a dinero.

Al llegar a casa, los primeros rayos de sol empezaron a aparecer por el rumbo de la cordillera de Nombre de Dios, ubicada en una ladera del Río Sacramento que une al magro caudal del Chuvíscar. Con el poco ánimo que me quedaba, ya en mi estudio abrí el libro La vuelta al día en 80 mundos de Julio Cortázar que había colocado tres días antes en mi escritorio y por azar lo abrí en la página donde él en ese collage notable acumuló palabras igualmente notables de escritores que dejaron huella. Escojo dos:

De Lezama Lima: "Ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa”. 

De Antón Arrufat: "Sin embargo estoy aquí, la puerta abierta. Después saldré, saldremos, a conquistar la ciudad. El que está disponible para la hora futura Sabe que la vida vale la pena”. 

Cercano escuché un tren que se alejaba simbolizando el eterno movimiento, vi que las bugambilias ya estaban aquí pasando lista de presente en nombre de la naturaleza que no muere y una bandada de tordos pecho amarillo que nos visitan anualmente hacían grato ruido en el tejado de mi recámara. Me envolví entre las sábanas y dormí. Hasta mañana. Porfío: hasta mañana. En busca del alba, caminemos por la noche.

Cortázar, JULIO. La vuelta al día en ochenta mundos. Siglo XXI Editores. Primera edición, México, 1967.

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