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Conviviendo con las ánimas en pena

Primera Parte

Froilán Meza Rivera

martes, 10 enero 2023 | 05:00

Atemorizados por el ruido de cascos de caballo que llegan a la esquina de su patio, por los relinchos de ultratumba y por unas voces que conversan en susurros, unos vecinos de la colonia Zootecnia ya mandaron traer un cura para que rociara agua bendita en el lugar. Trajeron también a Chanita, la curandera de Labor de Terrazas, para que esparciera buenas vibras y ahuyentara los malos espíritus, y para que hiciera una "limpia" colectiva en toda la cuadra, esta mujer con fama de bruja blanca.

En la casa de Luciano Amparán, de la calle 122, hace más de veinte años que se dieron cuenta de que los ruidos que acompañan la cabalgata de varios jinetes, no se correspondían a personas ni a caballos reales.

Cuando la familia de Luciano llegó aquí, a su esposa le llamaba mucho la atención que hubiera tanto tránsito de jinetes por la calle. "Serán gentes de los ranchos de aquí cerca", pensaba ella, cuando se quedaba sola por las mañanas después de que despachaba a niños y marido hacia las escuelas y el trabajo. Martina se asomaba incluso por la ventana y veía a los hombres alejarse a lomo de sus corceles.

Pero no le daba importancia más allá de la natural curiosidad.

A fuerza de fijarse, sin embargo, Martina siempre contaba cuatro jinetes al pasar éstos por su lote. Cuatro.

Siempre cuatro.

¿Pero por qué siempre cuatro? ¿y a todas horas?

¡Y son siempre los mismos! -cayó en la cuenta.

El análisis de los jinetes y de sus cuatro caballos se llegó a convertir en una fijación obsesiva para el ama de casa. "Va uno siempre adelante, el de sombrero zacatecano y caballo retinto con un revólver .45 al cinto (Martina se había criado en un rancho de su natal Bachíniva, en contacto siempre con los caballos y la equitación); le sigue "el hacendado", a quien ella llamó de esa forma por la elegancia con que llevaba sus prendas negras de charro de etiqueta, y por el evidente rango superior. Iba éste sobre un hermoso ejemplar alazán tostado purasangre. Atrás del "hacendado" cabalgaban dos peones, uno a lomo de un bayito enclenque y el otro en una yegua tirándole a colorada.

Y eso era todo. El tráfico de pezuñas fue incluso cronometrado por la observadora, quien encontró que el paso de los jinetes se repetía, durante las 24 horas redondas de un día, a intervalos de 22 minutos y medio.

Y para Martina, lo más sobresaliente era que el sonido de los cascos y de las conversaciones era siempre igual. Ella pudo anotar algunas de las palabras que sobresalían de la plática de aquellos rancheros, y predecir con toda precisión cuándo el "hacendado" pronunciaría una frase con las palabras "pesos" y "cubeta".

Por supuesto, cuando Martina hubo aprendido todo esto, ya se había convencido de que se trataba de jinetes fantasmas.

"Fue una vez como a las 12 del día, cuando estaba yo tendiendo una ropa y vi que pasaban los jinetes... se me ocurrió preguntarle la hora al 'hacendado' y me arrimé a la cerca de piedra que da a la calle de al lado, pero no alcancé a decir nada porque los jinetes se fueron haciendo transparentes cuando me acercaba". Las voces y el tronar de los cascos sobre las piedras de la calle se siguieron escuchando, pero Martina sólo los podía ver desde la distancia.    

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ