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Cuba... imposibilitada para conocer el mundo

Una nación con múltiples contrastes donde se refleja el nacionalismo, la pobreza, la represión y el descontento de los jóvenes

Óscar A. Viramontes Olivas

lunes, 19 julio 2021 | 10:50

Primera de seis partes

Cuba.- En esta ocasión iniciamos una serie de crónicas sobre algunas experiencias vividas en dos oportunidades que tuve al visitar la hermosa Cuba por motivos de investigación en la Universidad de La Habana, donde aparte de conocer sus avances científicos en materia agropecuaria me di la satisfacción de indagar sobre su cultura social, política, religiosa y económica en aquel país caribeño, meses antes de la muerte del líder más representativo de aquella nación, Fidel Castro Ruz.

Con una serie de entrevistas y puntos de vista del ciudadano común, se construye este documento que puede ilustrar poco o mucho de lo que era la Cuba con Fidel y que además, se expone como parte del próximo aniversario del asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y además de los actuales movimientos sociales que se están dando en la isla y fuera de ella en contra del régimen socialista heredado de los hermanos Castro.

Tuve la honrosa oportunidad de vivir un tiempo en La Habana, sorprendente e importante, no se diga interesante, por lo que a través de estas líneas que aquí se comparten, trato de expresar de manera imparcial el punto de vista de la gente sencilla y humana a la que pude entrevistar a lo largo de varias semanas que permanecí en medio de ellos.

Era uno de esos días del mes de enero a las 16:00 horas cuando el avión en el que viajaba de la Ciudad de México a La Habana, se encontraba en medio de un clima frío y con pronóstico de lluvia. Sin embargo cuando dejamos el cielo de la Capital Azteca las condiciones cambiaron, mostrándose una temperatura cálida, medio nublado y una imagen del mar esplendoroso; mis compañeros (que eran dos), antes de partir habían comprado un puño de pequeños regalitos de las tiendas del aeropuerto Benito Juárez y la verdad, ignoraba cuál era el propósito.

Esto de los regalitos era una especie de costumbre que los viajeros mexicanos hacían para regalar a la gente, en la medida que uno se fuera “topando” con ella. Al principio me pareció absurdo, pero yo respetaba la decisión de mis compañeros. Por fin después de un laberinto de recorridos para el boleto de avión y el pago de la aduana, me encaminé al avión que me llevaría a La Habana, Cuba.

En el interior de la aeronave casi todos eran turistas, pocos cubanos que regresaban a su país después de realizar alguna actividad fuera del mismo.

Durante las dos primeras horas de viaje, solo se observaba agua por la ventanilla pero no tardaría unos minutos cuando empezaríamos a dejar el océano y ver las primeras playas del país caribeño, las que se dejarían notar por el relieve que separaba el agua del suelo.

La primera impresión que tuve fue al contemplar la enorme cantidad de recursos naturales que posee la isla, sus áreas agrícolas, ganaderas, frutícolas y una decena de fumarolas que se extendían por todo el horizonte debido a la quema de áreas arboladas y pastizaleras que daban paso a nuevas extensiones productivas.

En el área urbana “algo no estaba del todo bien”

Una nación con múltiples contrastes donde se refleja el trabajo, el nacionalismo, la pobreza, la represión, la obsolescencia de la industria y el descontento de los jóvenes

El paisaje era todo un edén, sin embargo cuando se empezaron a notar las primeras áreas urbanas notaba que había algo que no estaba del todo bien y se trataba de una serie de fábricas que desde lo alto parecían estar abandonadas y desde hace tiempo sin actividad.

Eran como zonas de guerra donde lo que queda después de un conflicto, es desolación e inactividad. Sí, toda esa infraestructura estaba sin utilizar, abandonada a su suerte, lo que fuera en algún tiempo símbolo de progreso y trabajo para el pueblo cubano.

Pasarían los minutos y el copiloto informaba que en instantes aterrizaríamos en el aeropuerto de La Habana. Aquello que había apreciado desde lo alto lo confirmaba ya de cerca, cuando el avión volaba a unos cuantos metros de la superficie terrestre.

Fábricas abandonadas, algunos decían que eran aquellas que algún día procesaban caña de azúcar, las cuales eran bastantes. Paisaje desolador el pensar que esto estaba pasando en Cuba, un país muy arraigado en la vida de todos los mexicanos, una nación que se identifica con nuestro pueblo y que siempre habían conservado lazos muy estrechos hasta la llegada del ignorante expresidente Vicente Fox, cuando se lesionaron las relaciones.

Afortunadamente hoy en día ha ido cambiando todo eso, existe más acercamiento entre mexicanos y cubanos. Pero más allá de esto que lo trataremos más adelante, queda la impresión de ver a una nación con múltiples contrastes donde se refleja el trabajo, el nacionalismo de un pueblo, la pobreza, la represión, la obsolescencia de la industria en general y sobre todo el descontento de un sector grande de jóvenes que hoy en día han salido a las calles a protestar en contra del régimen.

Un aeropuerto modesto y arcaico

Ya en la superficie cuando el reloj de La Habana anunciaba las 18:00 horas, el capitán del avión se despedía de los pasajeros, agradeciendo el hecho de haber elegido la aerolínea para el viaje. A partir de aquí, empezamos a descender de la aeronave, el aeropuerto modesto y arcaico al estilo de las centrales de autobuses en México, nada que ver con el aeropuerto de la Ciudad de México o sencillamente el de Chihuahua, donde se reflejan ciertas características que los hacen verse como tales.

El aeropuerto de La Habana era un lugar sombrío y descuidado, con instalaciones cuya arquitectura reflejaba los años cincuenta y sesenta donde alguna vez floreció la influencia soviética; era como una especie de mercado, sin mercaderes, lleno de aduanales y policías que estaban muy atentos de la gente que llegaba y salía del edificio.

El trato de los oficiales de inmigración fue bastante cordial y lo que me llamó la atención es que en algunos puestos de revisión, varios de ellos solicitaban de manera discreta algún recuerdo de nuestro país, no por pedirnos algún tipo de “mordida” porque está muy prohibido ese tipo de prácticas y más cuando se le hacen a algún turista.

De esta manera se estila en aquel país y por tal motivo, empecé a comprender que lo que pedían ellos y ellas era algo que los identificara con el exterior, pues la posibilidad de los ciudadanos cubanos de salir de su país, realmente no es fácil y para muchos imposible.

Era extraño pensar que cualquier moneda, muñequito o producto extranjero fuera recibido con gusto y agradecimiento por el personal que así nos lo solicitaba.

La primera impresión que tuve fue al contemplar la enorme cantidad de recursos naturales que posee la isla, sus áreas agrícolas, ganaderas, frutícolas y una decena de fumarolas que se extendían por todo el horizonte debido a la quema de áreas arboladas y pastizaleras que daban paso a nuevas extensiones productivas” Óscar A. Viramontes Olivas Cronista

“La gente desea saber del exterior”

Sí, es como en aquellos tiempos de mi niñez cuando Chihuahua era una pequeña isla en medio de la nada, donde poco sabíamos del mundo exterior y cuando por casualidad algún familiar llegaba de Estados Unidos, salíamos corriendo hacía él; nos volvíamos locos por las cosas que traían: juguetes, ropa, dólares y más aún, cuando se nos hablaba de hamburguesas, pizzas, pollo Kentucky y más.

Era un sueño tener algo de allá y creo que en Cuba sucede algo similar.

La gente está deseosa de saber del mundo exterior, de aquel que está más allá de sus fronteras y más aún de los mexicanos.

La verdad era extraño, escalofriante y no sé cómo decirlo pero sí impone saber que en pleno Siglo XXI haya esa percepción y la falta de posibilidades de conocer un poco más allá de las fronteras de un país.