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"EL Curro", un fantasma ricamente ajuareado: Primera parte

Este señor se iba a las 12 de la noche a Mina Vieja a "cortar" la línea del tranvía

Froilán Meza Rivera

jueves, 05 enero 2023 | 05:00

Santa Eulalia.- "El Curro", entonces, se llevó en ancas a don Manuel Cano, y el señor se agarró como pudo a la cintura de aquel espectro para no caerse del caballo. Pero a pesar de que el jinete aparentaba tener el cuerpo de un hombre vivo, a través del saco sólo se sentían huesos. Presa del horror, el viejo minero aguantó el trote del negro corcel entre peñas y arroyos. Tanta así era su ambición, desatada con la promesa del fantasma, de llenarlo de riquezas tales que ni siquiera se podrían calcular.

En los tiempos en que estaba viva la actividad minera de Santa Eulalia y de los pueblos y minas vecinas a esta población, había una red de canastillas que se desplazaban en las alturas, el llamado "tranvía aéreo" que transportaba los metales extraídos de las minas hasta los patios de beneficio. Don Manuel Cano fue durante muchos años el jefe del "tranvía aéreo" y como tal, era empleado de confianza de la compañía.

Pues bien, este señor se iba a las 12 de la noche a Mina Vieja a "cortar" la línea del tranvía. Una noche de esas, a la altura del puerto, en la mitad del camino entre Santa Eulalia y Santo Domingo, a don Manuel se le apareció un hombre muy elegante montado en un precioso caballo negro ricamente ajuareado.

Le habló la aparición, y a don Manuel, con todo y su boca abierta de asombro, le dijo: "Yo soy 'El Curro' y vengo a poner en tu poder, si así lo quieres, toda mi riqueza. Ven conmigo y te haré inmensamente rico, cual yo lo fui en vida".

Don Francisco Loya, quien relató ésta, que parece ser la versión más pura de la leyenda, dice que el supervisor del tranvía no dijo nada, pero que muy seguramente "El Curro" no necesitaba que le hablaran. "Fantasma al fin, ¿usted cree que la lengua y los oídos de un aparecido son de carne?", razona el santaeulaliense con lógica de hierro.

En fin, partieron el vivo y el muerto y cabalgaron y cabalgaron hasta que llegaron a los nombrados cañones de Mina Vieja, y meramente en el Cañón de Buendía se metieron a una cueva en la que el minero se fijó bien.

Adentro, alumbradas con antorchas de luz naranja, "costaleras y costaleras de monedas y de lingotes de oro, que nomás de verlas se cansaba el hombre".

"Todo esto es tuyo, pero tienes que llevártelo todo de una sola vez, o te mueres", dicen que le dijo "El Curro" al señor Cano, quien no razonaba ya, intoxicado de codicia.

Manuel Cano se embolsó luego luego unas monedas y se retacó los bolsillos en un aparente descuido del espectral jinete, pero éste le gritó sin mover los labios: "Deja eso con el resto. Te repito que, so pena de muerte, dejas todo aquí como está, o te llevas todo, pero no puedes tomar una parte".

Dice don Panchito Loya que, de alguna forma, Cano negoció con el espectro del minero español, y quedaron ambos de acuerdo en que el hombre traería los animales que pudiera conseguir para carga, y que se llevaría tanto, que lo que quedara al final, si acaso quedase, sería insignificante.

Manuel Cano vació entonces sus bolsillos y dejó incluso algunas monedas propias que había mezclado con las del "Curro".   

Esta historia continuará...