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El niño pálido con palidez de luna; primera parte

El infante de rostro cadavérico y exangüe se perdió de la vista de los dos niños que lo miraban desde abajo

Froilán Meza Rivera

viernes, 20 enero 2023 | 05:00

Después de que un niño pálido con palidez de luna les llamó por sus nombres desde lo alto de la escalera, y de que sintieron un temblorcito de miedo recorrerles la espalda, supieron con toda seguridad que se trataba de una aparición. El infante de rostro cadavérico y exangüe se perdió de la vista de los dos niños que lo miraban desde abajo, y ellos no se atrevieron a buscarlo.

Los dos hermanitos: René de cinco y Clara de seis años de edad, sin ponerse de acuerdo, se abstuvieron de comentar nada con sus mayores, ese día.

La vida siguió, y en la siguiente visita a la misma casa, ya no se acordaban de la figura que los inquietó la primera vez.

Jugaban, y de repente los niños se extrañaron de ver aquel perro color tierra en el patio de su tía, porque siempre supieron que ella no toleraba que ninguno de esos animales entrara siquiera a su casa.

Cuando intentaron aproximarse al perro, éste salió corriendo y subió las escaleras hacia el segundo piso. Hasta allá lo siguieron los pequeños, sin acordarse de aquella otra prohibición que tenía impuesta la tía. Los chamacos sufrían las restricciones de Eloísa, y en la mayoría de sus visitas a la casa de la colonia Dale daban gracias al cielo cuando terminaba su estancia.

El perro que veían, un pastor alemán de avanzada edad, se metió debajo de la cama que había en ese cuarto de arriba. René y Clarita se asomaron para sacarlo de su escondite, pero se llevaron una sorpresa, pues ahí no había animal ninguno.

Corrieron escaleras abajo, y contaron a su tía del encuentro con el can. Eloísa los escuchó pero quedó enmudecida, contrario a su costumbre de regañar y retobar por todo y a todos en todo momento.

René miró a Clarita, y entonces a ésta y a su hermano les quedó claro que debían desaparecer de la vista de la mujer, de inmediato.

En el interior de su alma, los niños supieron que el incidente del perro, el fantasmita del otro día, así como la tristeza que acababa de tomar como rehén a su tía, tenían algo en común.

La casa de sus tíos Eloísa y Fernando estaba frente a la vía del tren y era una construcción de adobes que hace treinta años ya era vieja, y que de hecho fue una de las primeras que se construyeron en esa porción de la Colonia Dale. La vivienda era un alargado rectángulo con dos piezas, la más grande servía como sala y era también la recámara de los tíos, quienes poseían un rincón aislado por un biombo pintado con flores. El cuarto chico era cocina y comedor. El baño estaba afuera, y la casa poseía además un segundo nivel, que era una habitación encima de la cocina a la que se llegaba por una escalinata exterior de madera.

Los niños, que optaron por irse a jugar al patio, vieron entrar a su tío Fernando, y se atrevieron a preguntar acerca de la actitud de Eloísa.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...