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El perro y un niño sin sangre: Segunda y Última parte

El primogénito, les relató el tío, murió de una pulmonía que ellos no pudieron evitar

Froilán Meza Rivera

martes, 03 enero 2023 | 05:00

Los niños, que optaron por irse a jugar al patio, vieron entrar a su tío Fernando, y se atrevieron a preguntar acerca de la actitud de Eloísa.

Cuando ya creían que el hombre adoptaría la misma postura pensativa que su tía, éste les habló con una voz de tonos bajos, como de cansancio.

"Hace ya como veinticinco años -les dijo, con la mirada perdida en un punto de la barda-, cuando ustedes todavía no habían nacido, su tía Eloísa y yo tuvimos a nuestro primer hijo, Fernandito".

El primogénito, les relató el tío, murió de una pulmonía que ellos no pudieron evitar y que los médicos no pararon a tiempo para salvar al niño, quien contaba ya con cuatro años y quien dejó solo a su hermanito Esteban, recién nacido.

Cuando Esteban tenía ya los mismos cuatro años de edad que su hermanito muerto, gustaba de subir al cuarto de arriba, donde platicaba con algún amigo -"imaginario", pensaron los padres-, al que sólo él podía ver.

Tanto se aficionó el niño a su amiguito invisible, que la madre batallaba para traerlo casi a rastras para que viniera a la cocina a comer o a cenar.

Un día, el niñito bajó gritándole a sus padres, y los llevó de la mano hacia la pieza de arriba mientras pronunciaba el nombre de su hermano mayor, al que no conoció y del que la pareja nunca le hablaba.

"Fernando".

"Fernando", decía, y jalaba a sus progenitores por la escalera.

Al llegar al cuartito, donde -recordaron ellos-, subía la madre a dormir por las tardes al difunto Fernando en el frescor de la pieza con piso de madera que contaba con grandes ventanales, ellos dos y Estebancito vieron al perro color de tierra que los esperaba a un lado de la cama.

El pastor alemán se metió debajo de la cama, donde se perdió de vista.

Fernando y Eloísa sabían anticipadamente que, al asomarse debajo de la cama no verían al perro, y así fue efectivamente: un perro igual, de la misma edad e idéntico aspecto, fue la mascota del hijo muerto, y cuando les sucedió la desgracia, hacía cuatro años, al pobre animal lo atropelló el tren frente a la casa.

Así fue cómo, al cabo de 25 años, Eloísa y su marido, junto con sus nuevos sobrinos nietos, se enfrentaban con el fantasma de su hijo, y con el perro debajo de la cama.