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El tesoro lo volvió loco

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Froilán Meza Rivera

sábado, 14 enero 2023 | 05:00

Deberían haber visto ustedes la cara que puso el hombre cuando se rebeló en contra de los espíritus que le impedían sacar el tesoro de la cueva. Fuera completamente de sus cabales, retaba a fantasmas imaginarios a los golpes, abanicaba los puños y los estrellaba incluso contra la peña, y si lo dejaban, se mediría también con ellos a un duelo de "fuerza cerebral", amenazaba.

Dentro de la cueva, una vez que el tiempo y la luz del equinoccio de primavera se agotaron aquel 20 de marzo, se agotó también la magia del momento.

Y Pedro quedó preso del dilema de salir de inmediato de las entrañas de los montes, pero sin el tesoro, o cargar los sacos repletos de monedas de plata y oro y quedar encerrado para siempre en la Cueva del Apache.

Pedro, quien a partir de ese suceso agregó a su nombre de pila el apelativo de "El Loco", decidió salir al aire libre de la noche, pelado, sin un quinto, y miserable como se sintió desde ese día. Pero antes de dejar la oscura gruta dudó, se echó los sacos de raspa al hombro, los bajó con todo y su carga de precioso dinero, los volvió a levantar para salir con ellos, y se volvió a topar con la espesa pared rocosa que surgía cada vez que tocaba el tesoro.

Y el miserable tomó y dejó sus riquezas una y otra vez, y cada vez que se deshacía de los tesoros, aparecía ante sus ojos como por encanto la salida de la cueva. Así pasó casi toda la noche, hasta que en estos ejercicios insanos se le fue por el caño lo que le quedaba de cordura.

Poco le importó haber salvado su vida, víctima de loca ambición. Pedro ya no se curó de la infelicidad, y su mente débil se refugió desde entonces en un mundo imaginario e inofensivo en el que era feliz vagando por el pueblo, sin destino.

"Pedro El Loco" de Colonia Anáhuac, quien solía vagar por las calles mascullando toda suerte de incoherencias que a muchos a veces les parecían genialidades, no siempre estuvo en esa condición.

Pedro, antes de ser el loco del pueblo, era un individuo que estaba un poco más dentro de lo que se conoce como "normal", aunque en este asunto yo soy muy reacio a poner etiquetas de normalidad a la gente... caras vemos, juicios desconocemos.

Como sea, el caso es que Pedro tenía antes su troquita y vivía de trabajar las tierras de su padre, de quien pensaba heredar milpa, casa de adobe y algunos animalitos de labor y de carne. Tenía Pedro fama de "alegre", que con ese benigno adjetivo se llaman entre ellos los borrachos en mi rancho, para suavizar el hecho de que son parranderos e irresponsables.

Nada, pues, fuera de lo "normal".

Pero poseía Pedrito otro vicio, que era el vicio de los tesoros y del cual quedó contagiado, merced a las compañías de dos célebres "tesoreros" de Anáhuac, un par de viejos a los que un día se les metió la obsesión y ya no pudieron jamás quitarse la costumbre de dormir, soñar, desayunar, comer y cenar con aquella parla inútil de mapas y derroteros.

Hacia el Este de Anáhuac, está la famosa Sierra del Apache, donde en unas cuevas la imaginería popular decidió colocar uno de los míticos tesoros de Pancho Villa. Cerca de esa sierra están dos pueblitos, El Apache y Pénjamo, y hay un caserío como de cinco familias, El Ojito, más cerca de las cuevas.

De El Ojito a la Cueva del Apache se dirigió un día Pedro, quien estaba convencido de que en la sierra hay una fuente de energía que emana desde el centro mismo de la tierra. Aseguraba también, y nadie supo de dónde le llegó aquella convicción, que entre el 20 y el 21 de marzo de cada año, cuando sucede el equinoccio de primavera, los tesoros quedan al descubierto y están a disposición de quien los encuentre.

Entró el fanático a la Cueva del Apache, llevado por un rayo de luz solar que se coló por entre las oquedades a la salida del astro rey al amanecer de ese equinoccio, hace ya más de 20 años. En Anáhuac dicen que "Pedro el Loco" encontró una cantidad fabulosa de monedas de oro y plata envueltas en sacos de ixtle, en un rincón de la referida cueva.

El caso es que después de que le sucedió lo que le sucedió, a Pedro se le vio vagar también por la Sierra del Apache cada inicio de primavera -nadie sabía cómo llegaba de tan lejos-, y que aullaba como lobo herido, toda esa noche. Y dicen también que, al regresar a Anáhuac, lo seguían algunas sombras que la gente veía rondar en torno suyo a plena luz del día.

"Mira, son los espíritus que reclaman la vida de quienes se atrevieron a perturbar el reposo del tesoro".