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Exnovio del más allá

Las comadres con sus chismes decían, aseguraban, que el muchacho se llamaba Felipe porque así le puso su mamá en honor a un antiguo novio

Froilán Meza Rivera

lunes, 09 enero 2023 | 05:00

Recuerdan los muy viejos cuando llegó una epidemia de gripe asiática, a la que muchos dieron en nombrar “la peste”, y que se llevó a mucha gente a llenar los panteones. Por aquellos días nefastos, incluso se abrieron las puertas de las bodegas del viejo y ahora desaparecido mercado de Los Portales (que estaba donde se ubica hoy la Presidencia Municipal de Chihuahua), para usar esas instalaciones como anexos de hospital para instalar camas ahí y atender a los enfermos que ya no alcanzaban lugar en los hospitales.

Por el templo de Santa Rita, que le llaman hoy, vivía la pareja de doña Leonor y don Cayetano, quienes tenían dos hijos: Felipe el mayor, de 20 años, y Leonor, quien era una guapa señorita de 18 y quien se parecía mucho a su madre.

Las comadres con sus chismes decían, aseguraban, que el muchacho se llamaba Felipe porque así le puso su mamá en honor a un antiguo novio con quien no la dejaron andar. Contaban la historia de la madre. La primera Leonor amaba con gran pasión al tal noviecito, y éste le correspondía grandemente, pero los padres de la entonces doncella no aprobaban aquel noviazgo, y aun lo prohibieron. Sin embargo, ellos se las ingeniaron para comunicarse y sostener secretas entrevistas: todas las tardes, cuando su madre salía al rosario al templo, la novia se veía con Felipe por la ventana. Él llegaba por la calle silbando El Pajarillo Barranqueño, canción que era muy popular entonces, y ella salía entonces, si podía hacerlo.

Sin embargo, llegó el día en que Leonorcita ya no pudo más con las presiones de sus intolerantes padres, y tuvo que decir a su enamorado que habrían de terminar necesariamente, porque ella ya no podía con más regaños. Se separaron con lágrimas, y se juraron que, si la vida los separaba, ellos se volverían a juntar a toda costa con el silbido de aquella melodía.

Así lo juraron ambos, y se separaron.

Don Pedro, el padre de la muchacha, destinó a ésta para matrimoniarse con un viejo y rico comerciante, un tal don Cayetano.

Cuando pasaron preguntando que quién se quería ir a la Revolución, Felipe, decepcionado y adolorido, abrazó la causa villista. Con el tiempo, debido a su capacidad de mando y a su visión táctica, regresó a Chihuahua convertido en el coronel Felipe Garza. Al llegar a la ciudad, el coronel no dudó en visitar a su antigua amada en su propia casa. En las presentaciones, Felipe se dio cuenta de que había un hijo de ella con su propio nombre, y que la hija se llamaba como ella. “Y él es mi esposo”, dijo ella al presentar a don Cayetano.

Sin mayores complicaciones, se separaron de nuevo, con gran dolor.

Pero cinco años después, cuando la terrible epidemia diezmaba a la población, doña Leonor cayó enferma envuelta en grandes dolores y altas temperaturas que se la estaban llevando.

Don Cayetano, Leonorcita y Felipe rodeaban la cama de la madre, transidos de dolor al adivinar el desenlace de aquella vida de todos tan amada. La enferma apenas respiraba, y lo hacía con mucha dificultad. No abría los ojos y de cuando en cuando lanzaba algún gemido que golpeaba el pecho de todos porque temían que fuera el último.

Así estaba la familia de Leonor una noche oscura y llena de los resplandores ocasionales del relámpago de tormenta, cuando de pronto la quietud fue rota por un silbido lejano. Era la tonada del Pajarillo Barranqueño. Quedaron todos pasmados de asombro, cuando en eso vieron que la moribunda se levantó del lecho, se peinó y arregló precariamente sus ropas, y se colocó, repentinamente animada como si no tuviera mal alguno, en la ventana. Miraba ella a lo lejos, y todos alrededor de ella fueron testigos de un milagro.

Con voz de contralto, empezó la mujer a cantar, clara y entonada, la melodía del Pajarillo Barranqueño. “...qué bonito par de ojitos, lástima que tengan dueño”.

Era como si nunca hubiera estado enferma, de acuerdo a su aspecto mejorado en aquel punto. Quiso entonces asomarse al balcón, y al dar un paso en aquella dirección, se desplomó muerta, muerta pero con una expresión alegre en el rostro.

Todo aquello había sido muy sospechoso, por lo que en cuanto terminaron las honras fúnebres de su esposa, don Cayetano se decidió a investigar aquel misterio. Los detalles del amor secreto y platónico de su mujer con el coronel Felipe Garza le fue revelado al anciano por una vieja sirvienta de la casa de su esposa, quien le contó toda la historia y además lo puso al tanto de que al coronel lo habían matado en una acción militar durante la toma de Zacatecas, el 22 de junio de 1914. Ya muerto, Felipe Garza había venido cuatro años después, en octubre de 1918, a cumplir la última cita que tenía pendiente con Leonor desde que eran novios.