Local
Historias de terror

Improbables sucesos en la mítica cueva

.

Froilán Meza Rivera

miércoles, 16 noviembre 2022 | 05:00

Agustín Fernández no encontró los cuatro cadáveres puestos en cruz a partir de los cráneos que, le habían dicho, debería encontrar si seguía las instrucciones. Tampoco vio el agujero en forma de pileta que era, supuestamente, la entrada al cerro de la Mojonera, que, según todas las indicaciones que se le dieron, tendría que estar completamente hueco.

Lo que sí encontró Agustín fue un chorro de agua que se levantaba en ratos, como si fuera un géiser en miniatura, pero frío.

Pero bien pensado, al "maistro" fontanero le pareció que el chorrito de agua era un mejor descubrimiento que la bola de fantasías que lo llevaron a explorar este cerro, quizás el cerro más pequeño que él conocía, en el kilómetro 192 de la carretera Panamericana, exactamente a 17 kilómetros al sur de la entrada de la ciudad de Chihuahua.

El cerrito es, de por sí, un detalle atractivo en el paisaje, porque a pesar de su escasa altura, es la única elevación en varios kilómetros.

A don Agustín, quien llegó al cerro de la Mojonera un domingo temprano por la mañana, le habían estado hablando de las maravillas que contenía el lugar. "Fíjese, compadre -le dijo el padrino de uno de sus hijos-, que si va usted en agosto, a las 7 y media de la mañana, en la mitad exacta de la parte que queda sombreada, ahí va a encontrar, al pie del cerrito, la entrada.

"La va usted a reconocer, porque ahí está una piedra redonda, pero no se preocupe, la tal piedra es liviana y no va a batallar para recorrerla. Una vez que la haga usted a un lado, quedará al descubierto una pileta tallada en la piedra viva, y aunque esté anegada con agua de lluvia, no tenga usted temor, que no le va a pasar nada, camine usted de frente y agáchese tantito nomás, y siga por el pasillo...

"Va a encontrarse en seguida con una bóveda, alta, casi tan alta como el mismo cerrito, y esa es la maravilla, que alguien talló una construcción tan chingona, que uno no se imagina que algo así pueda estar en un cerrito tan modesto".

"¡Y los temblores, compadre! ¡Los temblores! Porque debe usted saber que aquí tiembla, quién sabe por qué, pero se sienten unos temblores que sólo sacuden al cerrito y no pasan de ahí".

Además de esas maravillas, el compadre del fontanero le dio indicaciones para localizar, ya dentro de la fantástica bóveda, cuatro cadáveres puestos en cruz que se pegaban con los cráneos.

"Oiga, compadre, ¿y qué se supone que haga yo con tantas cosas?"

"No me lo tome a broma, compadre, que no me lo estoy cotorreando, yo soy muy serio, yo mismo estuve allá, y si no lo acompaño, es porque ya estoy muy enfermo, compadre, pero así, tal y como se lo platico, así lo va a encontrar todo".

"Ándele, usted no se preocupe, yo sí le creo, y para demostrárselo, me voy a arrancar este mismo domingo para allá."

Agustín Fernández se maravilló con el chorrito que salía a presión entre unas piedras y con la corriente que se formaba con aquel vertedero que alimentaba un arroyo a medio kilómetro de ahí, y le puso por nombre "Fuente del compadre", en honor del hombre que lo animó a examinar aquel lugar.

Y cuando don Agustín encontró una preciosa punta de flecha y una serie de morteros labrados en la piedra, vestigios innegables de algún asentamiento indígena antiguo, se dio por satisfecho.

"No todas las leyendas tienen que ser tan tétricas como una historia de terror", reflexionó el hombre, y pasó a sus hijos el conocimiento de aquellos restos de una cultura desaparecida, y ellos vienen aquí de vez en cuando a admirar el chorrito en tiempos de aguas. Sin embargo, en contra de lo que pensaba su padre, ellos siguen buscando la entrada de la mítica cueva dentro del cerro de la Mojonera, en el kilómetro 192 de la carretera Panamericana.