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La Llorona de Anáhuac

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Froilán Meza Rivera

viernes, 13 enero 2023 | 05:00

Anáhuac.- "El Gordo" Mendoza frenó su troquita con un chirrido de llantas, y nunca se sintió más suertudo: le estaba pidiendo aventón "una chamacona bien bonita" en el cruce con las vías.

Ya se relamía del placer de poder sentar en su cabina a tan distinguida huésped, siendo él de costumbre tan poco agraciado, que nomás abrió la puerta del lado del pasajero y se dispuso a esperar que llegara la mujer.

En el cruce con el ferrocarril, a las afueras de su natal Anáhuac, "El Gordo" Mendoza se llevó una gran decepción, y uno de los más grandes sustos de su vida. La muchacha que segundos antes le solicitara subir a su vehículo, simplemente desapareció. Bajó Mendoza de la troca, buscó y buscó, pero a la mujer de blanco se la había tragado la tierra.

"¿O me la imaginé?"

Pero "El Gordo" no fue el primero ni el último en tener un encuentro decepcionante con la mujer de blanco.

Si el desprevenido chofer cae en la trampa y se detiene para darle "rait" (o "raite", como le dicen por aquí a los aventones), la figura vestida de blanco se desvanece, para descontrol del acomedido. Pero si te niegas a pararte -ya sea por desconfianza o porque te acuerdas de la leyenda-, entonces te irá peor, porque entonces "ella" se trepa a tu carro o camioneta, y tu castigo invariablemente será que veas por el retrovisor a la mujer más espantosa, con media cara carcomida por los gusanos y deforme en extremo. Sin embargo, cuando se le ve en la orilla de la carretera, la mujer tiene el aspecto de una hermosa doncella, como la vio "El Gordo" Mendoza.

En Anáhuac, esta leyenda es vieja, y se entremezcla con una supuesta "llorona" que se hizo famosa cuando un chamaco de mi generación descubrió a una vecina regresando en la madrugada de visitar al "sancho". El niño, quien pretendía asustar a la gente con un juego de cuerdas con que movía una caja en el techo de su casa, resultó asustado él, cuando la mujer que vio en la calle, y que venía vestida de blanco, emitió un estruendoso alarido al ver moverse el artilugio de mi amigo.

Esa fue la última vez que este chamaco trató de hacerse el gracioso de esa manera.

Cuando era yo niño, mi padre era muy amante de andarnos asustando con la historia de la mujer de blanco, aunque yo nunca le creí, porque siempre pensé que el hombre la usaba para forzarnos a que nos portáramos bien.

Laboraba mi papá en la báscula de la empresa Celulosa de Chihuahua, y su puesto de trabajo estaba a un lado de la estación, atrás de la planta, por lo que no era un lugar muy transitado por la gente, aunque sí por los camioneros que llegaban a checar su carga a la entrada y el peso de sus vehículos a la salida de la factoría.

Mi padre y otros que se congregaban en la báscula, solían bromear con "El Campeón", un vagabundo al que le faltaban piezas de maquinaria en la cabeza, y del que se han de acordar todavía muchas personas aquí.

Aquel desgraciado iba y venía diariamente, en persecución de algún taco o porción de comida que le daban los trabajadores en la báscula, a la hora del almuerzo.

Los trabajadores, en un acto de crueldad con el infeliz, le daban infierno al pobre hombre, a quien obligaban a ir a buscar a la mujer de blanco.

"Ándele, allá lo está esperando la mujer de blanco, mi 'Champion', vaya rápido y vuelva para decirnos cómo le fue."

Con la promesa de un cigarro, de comida o de algunas monedas como recompensa, los bromistas hacían ir al loquito hasta una pila de agua que está como a 400 metros del lugar y donde la empresa desechaba astillas y aserrín. Todo esto lo hacían ya en las horas del atardecer, previo a la caída de las sombras de la noche.

Lo hacían ellos para que al "galáctico" individuo se le apareciera el fantasma y se asustara, pero, aunque cumplía con ir hasta la pila, y ellos le dieran su premio, al "Campeón" nunca se le apareció nadie.

Lo que nunca supieron, pero se enteraron después, al cabo de muchos años de jugarle, según ellos, aquella broma cruel, fue que el loquito iba a buscar a la mujer de blanco con mucho gusto.

Y es que él nunca creyó que la mujer de blanco fuera un fantasma, él la veía como una conquista. "Si la encuentro, yo me la echo", dicen que dijo un día el orate, relamiéndose anticipadamente.