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Lloran en misa asesinato de jesuitas

‘De Cerocahui sólo salgo en un ataúd’, había dicho el 'Padre Gallo'

Juan Alanís/El Diario

Alejandra Sánchez / El Diario

domingo, 26 junio 2022 | 08:11

Chihuahua.- Jesuitas, integrantes del pueblo rarámuri y laicos de diversas comunidades de la sierra y de Chihuahua, lloraron ayer durante la misa celebrada en el templo del Sagrado Corazón de Jesús de esta ciudad, en memoria a Joaquín César Mora Salazar, “El Morita”, y Javier Campos Morales, “ El Gallo”, quienes fueron asesinados en Urique el pasado domingo.

La tarde en la que ocurrieron los hechos, Pedro Palma Gutiérrez, quien era perseguido por Noriel Portillo Gill, alias “El Chueco”, entró al templo de Cerocahui para intentar refugiarse, pero, el agresor, decidió quitarle la vida a él y a los dos sacerdotes. 

Héctor Fernando Martínez, sacerdote de Sisouguichi, dijo que, el padre que presenció el hecho violento, narró que, “El Chueco” al darse cuenta de lo que había hecho, le preguntó que sí Dios lo perdonaría; ¿Dios me va a perdonar, padre?, este le respondió que sí, pero que no se llevara los cuerpos, sin embargo, hizo caso omiso y se los llevó. 

Luego de 72 horas, la Fiscalía General del Estado informó que las víctimas ya habían sido localizadas a lo que Luis Gerardo Moro Madrid, provincial de la Compañía de Jesús en México, expresó que si la autoridad logró recuperar los cuerpos de los jesuitas y un laico, por qué no es posible recuperar también los cuerpos de tantas personas víctimas de desaparición. 

Pese al intenso sol que hubo ayer, desde las 9 de la mañana feligreses provenientes de la zona serrana y de Chihuahua comenzaron a hacer una fila para ingresar al templo, en donde se realizaría la ceremonia de cuerpo presente. 

Durante la espera, Norma Villalobos, quien conocía al padre “Gallo” desde hace 50 años, dijo que este hecho le deja un sentimiento de orfandad y de abandono. 

“Él era como mi papá, no había cosa que yo necesitara y que me ayudará, de hecho, el miércoles que fue para Monterrey me habló y me dijo que quería comer con nosotros, pero me quedé sin verlo. 

“Él fue nuestro párroco en Guachochi; cuando él llegó yo tenía ocho años, de hecho, él me dio la primera comunión, cenaba con nosotros y nos leía el evangelio”. 

Contó que ella le decía que la Sierra lo iba a extrañar mucho cuando se fuera porque “se la barrió completa, de orilla a orilla”. Yo le decía: “padre lo va a extrañar mucho el bosque”, y él me contestaba, “yo creo que ni muerto voy a descansar”. 

Al preguntarle que le diría al jesuita, ella respondió: “padre, yo sé que usted está en el cielo, no se olvide de nosotros padre y nosotros de usted jamás; yo creo que Dios tuvo una manera muy sabía de llevárselo, una manera en que nunca será olvidado, ni por sus obras, ni por la manera en la que se fue, padre lo voy a amar siempre; mi casa está llena de sus recuerdos”.

Genoveva Díaz, del municipio de Urique, expresó que desde que los sacerdotes llegaron a Cerocahui ellos estuvieron muy pendientes de los rarámuris, de los más desprotegidos y de la gente mestiza. 

“Siempre los vamos a recordar con mucho cariño, los queremos mucho; ellos pasaron a ser parte de nuestras familias, nos daban el consejo y bueno, tenemos un sentimiento muy triste porque les arrancaron la vida”, expresó Genoveva. 

Ella estaba acompañada de otras mujeres originarias de Baragomachi, quienes organizaron una danza en honor a César Mora Salazar, “El Morita” y Javier Campos Morales. 

Así fue como en punto de las 12:00 del mediodía, inició la celebración; con coloridos trajes típicos y música originaria de sus comunidades. 

Previo a ello, los cuerpos ya habían sido bajados y colocados al frente del templo. Al recinto ingresaron 300 personas entre feligreses, políticos, activistas, familiares de víctimas de personas desaparecidas y párrocos quienes entre sollozos y lágrimas dieron el último adiós. 

En la misa, el jesuita Javier el “Pato” Ávila, dijo en su intervención, que “ya no alcanzan los abrazos para cubrir los balazos”. 

“Se fueron sin pedir permiso y con su moral llena de historias; es muy fácil ser humano, pero es muy difícil hacerse humano, y en ellos, siempre encontramos a dos hermanos, a dos hombres humanos”, expresó el párroco de Creel. 

Además, pidió al presidente Andrés Manuel López Obrador que revise su proyecto de seguridad pública, pues este no va bien. 

“Este lamentable hecho no es aislado, el padre Francisco acaba de lamentar este suceso y dijo: ¿cuántos más en México? 

Así mismo, externó que los jesuitas no abandonarán la misión, que seguirán al frente de la iglesia y que saben perdonar porque la alegría y la paz vive en sus corazones. 

“Aquí seguiremos y jamás olvidaremos a nuestros compañeros, sus nombres seguirán rebotando en el hueco de los barrancos”, finalizó. 

Luis Gerardo Moro Madrid, provincial de la Compañía de Jesús en México, señaló que la violencia se ha convertido en un modo de resolver los conflictos. 

“La sangre de Pedro y Joaquín se unen a aquella sangre que aqueja a nuestro país; hemos recibido muchas muestras de indignación que nos hacen atender el llamado a esta situación, necesitamos construir puentes para encontrar caminos de paz”, refirió. 

Dijo que México necesita la justicia y la resignación; “pedimos a Dios que la verdadera justicia nos lleve a una transformación institucional; que comiencen a construirse todos esos puentes, necesitamos escuchar a los pueblos indígenas y a todas las víctimas de la delincuencia”. 

Además, externó que no se irán de la Sierra Tarahumara ya que su mayor deseo es estar con sus pueblos indígenas. 

“Hoy, le decimos al pueblo de México que queremos trabajar por la paz y necesitamos de ustedes; Javier, Joaquín y Pedro eran hombres sencillos, incluyentes, siempre los vamos a recordar”, refirió Moro Madrid. 

Luego de los mensajes, se rindió un minuto de silencio por las víctimas y los integrantes de la comunidad indígena, llevaron una flor blanca hasta los féretros y rociaron de agua bendita. 

Al final, gritaron, “¡viva la virgen de Guadalupe!, ¡viva el Padre Gallo!, ¡viva el padre Mora!, ya basta, necesitamos justicia”. 

Las personas que se encontraban fuera del recinto pudieron entrar a la iglesia para también despedir a los jesuitas. A las tres de la tarde, entre llantos y aplausos, los cuerpos fueron sacados del templo y trasladados a Creel en donde se realizó otra ceremonia. 

El día de hoy, los jesuitas serán llevados a Cerocahui en donde se hará una danza y el lunes serán sepultados en ese mismo lugar. 

Joaquín César Mora Salazar “El Morita”, nació el 28 de agosto de 1941 en Monterrey, Nuevo León; ingresó a la Compañía de Jesús el 30 de julio de 1958 a los 16 años. 

El primero de mayo de 1971 fue ordenado sacerdote en Monterrey, su ciudad natal, Mora fue misionero en la Sierra Tarahumara durante seis meses en 1976, en Sisoguchi, donde fue vicario cooperador. 

En la misma Tarahumara realizó su Tercera Probación en 1976 y regresaría de 1998 a 1999, desde el 2000 fungió como Vicario Parroquial en Chínipas, hasta 2006, posteriormente como Vicario Cooperador en Cerocahui, Chihuahua, desde 2007 hasta la fecha. 

Javier Campos Morales, “El Gallo”, nació el 13 de febrero de 1943 en la Ciudad de México. Ingresó a la Compañía de Jesús el 14 de agosto de 1959 y en 1972 se ordenó como sacerdote. Un año después empezaría su misión como superior local, vicario pastoral y episcopal en la Sierra Tarahumara, en la comunidad de Norogachi. “El Gallo” llegó a ser párroco en Guachochi (1974-1983), en Chinatú (1987 – 1999), en Cerocahui (1996 – 2016). Desde 2019 y hasta antes de su asesinato, fue superior de la Misión Jesuita, párroco, vicario de Pastoral Indígena de la Diócesis de Tarahumara y asesor regional de Comunidades Eclesiales de Base (CEB). 

Otra de las frases en este acto fue aquella de Mario Benedetti, “el olvido está lleno de memoria”.