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Además es músico y poeta

Makawi, héroe entre los rarámuri

Este hombre que cultiva la poesía y traduce obras universales al rarámuri, lucha por inculcar entre su gente su verdadera cultura e identidad

Froilán Meza/ Colaborador/ El Diario

domingo, 13 noviembre 2022 | 18:55

Chihuahua, Chih.- “Cómo sucedió, ¿me lo puedes explicar?, que habite entre nosotros un hombre de la talla de Martín Makawi y que nadie le haya rendido homenajes o erigido estatuas. ¿Por qué no lo detienen hordas de jóvenes en la calle para arrebatarle un autógrafo? ¿Tendrá eso algo que ver con el hecho de que los pueblos originarios están aquí desde tiempos inmemoriales, pero tampoco los notamos?”. El amigo entrañable que dijo estas palabras en voz alta, sostiene que, por mucha saliva que se haya gastado, o por muchos ríos de tinta que hayan corrido en la “reivindicación” o “reparación” del maltrato histórico de los nativos americanos que viven en Chihuahua, hasta ahora, esas no han sido sino patrañas.

Pero, por cierto, para entrar al tema, hay que preguntar: ¿y quién es Makawi?

Martín (Chávez) Makawi, a quien se le ve con alguna frecuencia convivir con sus hermanos de la etnia rarámuri en las colonias proletarias del Cerro Grande en la ciudad de Chihuahua, es el mismo Martín que ha sido invitado a ofrecer lecturas de poesía propia y presentaciones musicales, entre otras plazas importantes, en Madrid, Nueva York, Viena y la Ciudad de México.

Makawi (“Paloma”, como se autodesignó), quien del año 2000 al 2006, fue el redactor en tarahumara del periódico Ukí y tradujo una selección de poesía universal a este idioma, no sólo convive con los rarámuri citadinos y baila, participa y canta en sus Yúmares, sino que tiene su casa en la colonia Vistas Cerro Grande, donde su esposa es la gobernadora de la comunidad indígena del lugar.

Martín Makawi es poeta, traductor, músico y promotor cultural rarámuri. Nació en la comunidad de Ipó, en el ejido de Basíware, municipio de Guachochi. Allá fue estudiante en la escuelita comunitaria y con el tiempo se vino a la capital de Chihuahua, donde empezó trabajando como difusor de la cultura tarahumara. “Pues yo me vine a Chihuahua a trabajar en el gobierno en el tiempo de (el gobernador) Barrio, desde el 96 al 98; trabajé en una de las oficinas donde hacía entrevistas para un libro de educación, que se llamó ‘Los saberes antiguos’, recopilado entre los cuatro pueblos originarios de Chihuahua: el ódami, el pima, el rarámuri y el warijó”.

El mismo cantor que ha representado a su pueblo y al estado de Chihuahua en, por ejemplo, el Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato, y en la Feria del Libro del Palacio de Minería, en México, hace presentaciones también en diversos sitios de la Sierra Tarahumara, en tierra, ante sus iguales, a quienes respeta mucho.

CANTO DEL VIENTO

Su inspiración, Martín, ¿de dónde le llega? “Pues yo creo es algo que uno ya trae desde la nacencia, yo nací bajo un árbol, y creo que eso me ha ayudado mucho en este camino de hacer trabajos, obras de música, poemas”. Escuchar todo el sonido de la naturaleza: canto de aves, el aullido de coyote, el sonido del agua que canta. “Eso inculca un aprendizaje muy importante para la vida del pueblo rarámuri, porque al escuchar, uno va aprendiendo. A partir de ahí, pues, me nace cantar”.

Ha trabajado de manera casi ininterrumpida en la Secretaría de Cultura en el Estado de Chihuahua, y con las experiencias adquiridas, inició su labor de escribir poesía propia en el idioma materno. Es notable cómo algunos de sus textos han sido plasmados en murales de gran formato en sitios públicos de la Sierra Tarahumara.

Un solo libro es de su autoría. Propio. Solamente uno, que es de poemas, que se llama “El canto del viento” … “son poemas que hablan de la naturaleza, sobre el idioma materno, sobre las raíces de la cultura rarámuri, los valores, el canto de los pájaros, el valor de un árbol, temas diversos que me inspiran”.

Entre otras obras que ha traducido, tradujo al rarámuri el libro de Joseph Neumann “Historia de los levantamientos de los indios tarahumaras”, obra que fue presentada el viernes 13 de noviembre de 2015 en el Museo Casa Redonda. El texto fue trasladado primero del latín al español y de esta misma traducción, Martín Makawi hizo lo propio a la lengua rarámuri. La obra se hizo bajo la coordinación del insigne maestro Enrique Servín, quien en vida fue titular del Programa de Atención a las Lenguas y Literaturas Indígenas.

CRISTALIZAR LA CULTURA ANCESTRAL

¿Por qué cristalizar, reforzar, afirmar la cultura rarámuri?

“Lo que yo ahorita estoy peleando mucho, es tener nuestra propia educación, en la modalidad monolingüe, sin que tenga que intervenir el idioma español. Eso es lo que mi esposa y yo hacemos en la comunidad de Divisadero Barrancas, y en mi comunidad, que es donde estamos trabajando”.

“Y tratamos de hacerlo aquí también en los asentamientos urbanos. Estas niñas (voltea a ver a las chiquillas que lo acompañaron a cantar en un acto conmemorativo de la muerte del indio apache Victorio), algunas son mis nietas, y vienen de este asentamiento, en Vistas Cerro Grande.

Mi prioridad es tener una educación muy propia de nosotros, que se hable desde la raíz porque, por ejemplo, a mí, nunca me dieron clases en rarámuri, ni siquiera una pincelada de la historia de nuestro pueblo. Ahí donde yo conocí algo de historia, eran historias, que de la Independencia, que de la Revolución mexicana, que Venustiano Carranza, así, muy de la cultura occidental, pero de la cultura nuestra, ahí no existía”.

LA PALOMA LE FUE IMPUESTA EN UN SUEÑO

En una entrevista que le hizo a Martín el periodista Ignacio Espinoza Camilla, activista y cofundador del Proyecto Wakaya (una visión nueva y abarcadora de la patria americana desde la visión de las etnias originarias), el entrevistador escribió, al ser recibido por Makawi en su oficina de Cultura del Estado: “Al otro lado del mueble hay un laptop y al centro un cúmulo de hojas donde está impreso ‘El Principito’ de Antoine de Saint- Exupéry, libro con el que trabaja para traducirlo al rarámuri. ‘Ahorita no hay materiales para las escuelas. Estoy traduciendo algunos libros que pudieran ser factibles para los niños, entonces ahí andamos’, dice Martín Makawi con una voz pausada y serena que le permite expresar sus ideas. ‘Creo que la lengua es la mejor herramienta para preservar una cultura’, agrega. Pero antes de Makawi fue Chávez, el verdadero apellido del poeta y cantante hasta 1994, cuando la actual identificación llegó por un sueño. Un indio de la tribu sioux, en Dakota del Norte (Estados Unidos) le lanzó una flecha en el cuello. “En el momento en que estoy tirado, él llega hacia mí y me dice: ‘Martín por qué me tienes miedo’, yo solo vine a darte un nombre y te quiero invitar a la lucha a que defiendas tu cultura, tu tierra, tus animales, tu bosque, tu lengua, el idioma rarámuri. Sólo que te voy a cambiar el nombre, de hoy en adelante te vas a llamar Makawi”.

Espinoza le entresaca que el tal bautizo no le gustó, porque Makawi en rarámuri significa paloma, “un animal indefenso”. Poco apropiado para un hombre de carácter. Pero luego, en comunión con sus propósitos ya definidos, encontró que el sentido de esta “paloma” iba a significar “que voy a ser el vocero, que voy a llevar las palabras de los ancianos hacia los niños. Pero no solamente para mi pueblo, sino que al pueblo del mundo”.

A Martín lo respetan mucho sus compañeros, sus paisanos. Él lo mismo participa como invitado en un festival musical de la radiodifusora en lenguas indígenas, la XETAR (La Voz de la Sierra Tarahumara), que cada año hace una celebración y rememora las luchas de los pueblos por liberarse y por tomar su lugar en las actuales circunstancias, e igualmente se atreve a condenar “las malas influencias”. Esto es peligroso, pero la lucha es la lucha. En ese mismo sentido se orienta otro de sus trabajos, que es asistir a los rarámuri que se ven obligados a dejar la Sierra y emigrar a las ciudades en busca de mejores oportunidades. Señala, al respecto, que “Hoy en la Sierra se ha apoderado la gente armada, y nuestra gente se va porque tienen miedo de que sus hijos vayan a entrar a este tipo de trabajos en los que perdemos la identidad que nos define”. Reconoce que “La cultura armada nos ha ganado, entonces requerimos una lucha fuerte, un trabajo fuerte con los niños. La gente joven se inclina hacia el narcotráfico y a matar a su propia gente”.