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Monja salida de la nada

Pero aquel valiente no pudo aguantar el viento ululante, los ruidos de llantos, las risas, los chillidos de ratas y hasta unas luces danzarinas

Froilán Meza Rivera

miércoles, 18 enero 2023 | 05:00

Las ilusiones de mi amigo Pedro Javier Rangel Arellano se empezaron a desmoronar cuando cayó en la cuenta de que en aquella céntrica casa que recién le había heredado su tío abuelo, él no era bienvenido.

Pero ningún morador conocido, ni persona real y viviente le dijo algo o le hizo alguna grosería. No, la casa estaba perfectamente deshabitada, y así lo estuvo desde que, en 1988, muriera el señor que rentaba uno de los cuartos del frente para una talabartería y parte del patio y de las viejas caballerizas para raspar y curtir las pieles.

Quien lo rechazó y lo ahuyentó fue una monja salida de la nada.

Optimista y lleno de planes, llegó mi amigo hace tres años a la ciudad de Guanajuato, donde pensaba residir. Su intención era convertir aquella vieja casona del siglo XVII, en la que habitó su familia hasta principios de la década de los ochenta, en un mesón, o bien, en una posada, para aprovechar el furor de la moda de lo colonial. Con las ganancias, me dijo, rentaría para él una casita en algún fraccionamiento moderno.

Nomás llegando, luchó Rangel contra la chapa llena de herrumbre y contra una tranca que alguien echó inexplicablemente desde adentro, y se abrió paso entre pilas de escombro que obviamente habría que remover, en primer lugar.

Pensaba él quedarse a vivir en la casona durante el tiempo que durara la reconstrucción, pero, ¿cómo saber que no podría?

Pedro Javier llegó una mañana y se pasó todo el día tomando apuntes de lo que faltaba y de lo que sobraba, y haciendo cuentas de cuánto y de cómo se haría para dejar la casa a punto.

Una de las recámaras se encontraba en relativo buen estado, y "Rangelito" decidió comprar ropa de cama y cortinas para instalarse de manera provisional.

Al tomar medidas del ventanal, Javier Rangel mi amigo, quien estaba completamente solo en aquel recinto de trescientos años, sin luz eléctrica, sin compañía alguna, escuchó un sollozo afuera de aquella recámara.

Caía la tarde, y entre las sombras del corredor que flanqueaba el patio central tipo árabe-español, los sollozos aquellos se antojaban muy misteriosos. Todavía deseaba mi amigo que se tratara del cu-cú de las palomas que él había visto anidar en el entretecho del corredor, cuando supo de dónde venían los llantos. Vio que se trataba de una figura blanca sentada en los primeros peldaños de la escalera que llevaba a las habitaciones del piso de arriba.

Una monja de hábito blanco con la cabeza gacha, era presa de espasmos y lloraba con gran dolor, primero en sollozos leves y después a grito pelado. La mujer se jalaba los cabellos y de cuando en cuando levantaba la cabeza, y una de estas veces se percató de la presencia de Pedro Javier Rangel.

Corrió la monja, que era una joven bastante agraciada y de cabello castaño claro, y mi amigo fue en pos de ella, llamándola, hasta el segundo piso, donde se perdió.

Buscó, rebuscó Pedro, y nada encontró en los cuartos de arriba, que estaban cerrados todos con cadenas y gruesos candados de bronce. Desconcertado, bajaba ya Rangel por la escalera, cuando una ráfaga de aire frío le despeinó, al tiempo que escuchó que aplaudían en un sitio indefinido en las mismas escaleras en las que venía. Avanzaba, y con él avanzaban los aplausos, y cuando pisó el suelo del corredor, seguían aplaudiendo, pero ahora a su espalda en mitad de la escalera.

Cogió presuroso sus maletas y, sin mirar atrás, se encaminó al portón de salida provisto de su mazo de llaves, pero ahora que habían cesado los aplausos, sintió que lo pellizcaban agresivamente de las pantorrillas.

Cuando entró a la seguridad de un cuarto de hotel, Pedro Javier se examinó los pellizcos sangrantes y, dentro de todo ese horror, se quedó dormido en medio de un sueño sin sosiego. Soñó mi amigo con la misma monja de la casa, quien ahora le habló y le dijo que en la mansión existía un tesoro que podría ser de él.

"Será tuyo, pero sólo a condición de que demuestres que eres valiente y merecedor de las riquezas que te serán concedidas", le explicaba la mujer en el sueño.

Le puso una condición la monja a Rangel, y era que debía pasar una noche completa en el interior de la casona de la calle Juárez para ganarse el fabuloso premio de una gran fortuna.

Entre atemorizado y motivado, se dispuso mi amigo a pasar la noche siguiente en la recámara que acondicionó para quedarse, y ahí estaba, tendido debajo de las sábanas. Pero aquel valiente no pudo aguantar el viento ululante, los ruidos de llantos, las risas, los chillidos de ratas y hasta unas luces danzarinas que proyectaban sombras sobre las paredes.

Duró Rangelito una hora en aquella prueba trascendental, y corrió al mismo hotel de la noche anterior.

En menos de una semana, Pedro Javier Rangel Arellano pudo malbaratar la casona del siglo XVII que le había heredado su tío abuelo don Luis Rangel del Olmo, y desde entonces los guanajuatenses nunca más contaron con su visita en aquella ciudad, a la que no desea regresar, pero ni para el Festival Cervantino.