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Entre el presente y los recuerdos

Para doña Linda el pasado ya va quedando atrás, perdido en el olvido

Cuando ella tenía 11 años fue asesinado el padre Maldonado, quien se convertiría en el primer santo chihuahuense

Efrén Guzmán De la Rosa / El Diario

martes, 19 julio 2022 | 17:49

Su frágil figura es etérea. Sus movimientos son suaves y cuidados. Le gusta sentarse a un lado de la cama. Casi no oye y sus ojos siempre observan con una interrogante. Para doña Linda el pasado ya va quedando atrás, perdido en el olvido. A sus 88 años, su cuerpo vive en el dolor continuo; articulaciones desgastadas; vista cansada y dañada. Casi sorda y viviendo la vida ya sólo en el presente. Para ella el pasado se va convirtiendo en una bruma difícil de entender. Pero tampoco hay futuro. Con todo y su dolor, lo único que le queda es el presente.

Cuando ella nació, los dirigibles todavía surcaban los cielos del mundo, como el Norge, que completó un vuelo transártico, llegando a Teller (Alaska) el 14 de mayo de 1926.

“No me acuerdo…”, repite una y otra vez durante la plática a preguntas sobre su vida y luego, una disculpa detrás de la frase.

Sus manos, a fuerza del trabajo doméstico están deformes, al punto que sus dedos apuntan en diferentes direcciones cada uno. Sus coyunturas están hinchadas, las venas exaltadas y los huesos amenazan con salirse de su lugar. Al tacto, sus manos se sienten como montes que suben y bajan.

Sus ojos se han hecho chiquitos y las arrugan le dan forma a su rostro; con todo, no pierde su sonrisa. Una sonrisa que sabe a años. Su pelo entrecano sigue en su lugar, no así sus dientes postizos, que le provocan dolor y se ven fuera de lugar.

Ella nació en la tradicional colonia Ávalos, de Chihuahua. Colonia de trabajadores de la planta Industrial Minera México ubicada en los suburbios de la ciudad de Chihuahua. Un lugar hecho a la medida de la empresa para sus empleados.

Solo tuvo una hermana, quien actualmente tiene 73 años y cuatro hermanos.

En ese lugar nació, creció, conoció el amor y tuvo sus hijos, y aquí, a unas cuantas cuadras, a sus 88 años, tiene aún su casa.

“Cuando yo estaba chica la colonia de Ávalos era muy alegre, había muchos jardines. A la hora que salían los trabajadores a comer salían corriendo a sus casas. En ese entonces, mi mamá hacia las tortillas para vender, yo iba por la cubetas con el nixtamal”.

En alguna ocasión sus padres le comentaron, o escuchó en algún lado de Rodolfo Valentino, actor del cine mudo que estaba de moda cuando ella aún era chica.

Quizás sus padres nunca lo supieron, pues mientras en ese tiempo en Europa y Estados Unidos había una legión de artistas que se convirtieron en leyendas por romper estereotipos como el arquitecto Antonio Gaudí, y el ilusionista y maestro del escapismo Harry Haudini, su familia sólo se preocupaba por salir adelante al día, como todo el país, sumido en una guerra cristera y en una etapa post-revolucionaria.

Su tiempo, también fue tiempo de santos, ya que el 11 de febrero de 1937, cuando ella tenía 11 años, fue asesinado durante la Guerra Cristera el padre Maldonado, quien sería beatificado en 1992 por Juan Pablo Segundo, convirtiéndose en el primer santo chihuahuense.

De su infancia, dice que era “bien machetona” (un término norteño para definir a una niña que se divierte con juegos de niños). “Mi papá tenía un trompote (un juguete hecho de madera que se hace bailar con un cordón) que hizo de este tamaño, refiere mientras le da forma y tamaño  con sus dos manos,  -¡grandote! A pesar de ser niña, yo jugaba a las canicas y al trompo con otras amigas”.

Tuvo que dejar la escuela para ayudar a su mamá haciendo tortillas de maíz para vender en la quintas de Ávalos, que era donde vivían los ingenieros de la planta. “Mi mamá trabajaba mucho, ella murió de cáncer en los pulmones de tanto planchar ajeno y de tantas tortillas que hizo durante su vida”, comenta con tristeza.

Llegó hasta cuarto año de la primaria y durante ese tiempo aprendió a leer y a escribir; a sumar y restar. “Nunca me pude enseñar a dividir, eso de los cuadrados y de quien sabe que… los quebrados, nunca se me dio”.

Le gustaba ir a la escuela porque allí podía jugar sin tener responsabilidades. Recuerda que su mamá trabajó toda su vida lavando ropa ajena y haciendo tortillas de maíz. “Éramos muy humildes. Yo le ayudaba a mi mamá a echar las tortillas. Me dijo Pedro (su esposo) que por eso se había enamorado de mí, por como echaba las tortillas. Las tortillas se me inflaban. Ahora nos las están dando con todo y el olote. Están muy duras”.

 “Me acuerdo de mi abuelita Lupe, de mi mamá Chana (Ana)”, dice.

Su papá se llamaba Nieves, “puros nombres raros que ya no se usan… ahora, -dice casi como reclamo- puros nombres americanos, Bryan, Kevin…”.

Fue la segunda de seis hijos, dos mujeres y cuatro hombres, así que desde que tuvo conciencia, tuvo que ayudar a su mamá para sacar su familia adelante.

Su papá laboraba en Ávalos, dice que cuando llegaba a la casa se acostaba, y mientras él dormía, ella escuchaba un radio, que fue con el que empezó a bailar, gusto que le duraría toda su vida. “Trabajaba en la caldera, por eso se le destruyeron sus pulmones, por estar en la caldera todo el día”.

“Antes no era como ahora… no teníamos televisión ni comunicación, sólo un aparato de radio. Yo me enseñé a bailar sola, como quien dice, -lo bailado nadie me lo quita-, por eso ahora estoy como estoy”, dice entre sonrisas. “Decía mi papá: para morir nacieron y para casarnos todos”.

Escuchaba música y noticias en el radio, aunque ya no recuerda la programación ni lo que pasaba en el mundo. Ya no recuerda nada de la Segunda Guerra Mundial ni  de la Guerra de los Cristeros, los artistas, o los políticos de ese tiempo. Es como un vaso de agua que poco a poco se va vaciando.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939, ella tenía 13 años y todo su mundo era hacer tortillas y lavar ropa para ayudar a su mamá.

Para cuando terminó el conflicto mundial en 1945, ya tenía 19 años, su infancia ya había pasado.

Tenía 18 años cuando conoció al que sería su esposo. “Me enamoré luego luego…. si estaba rechulo mi esposo”, dice todavía con picardía. “A los 20 años me casé con él… no me casé, nos robamos, como se dice”.

Tuvo ocho hijos y todos viven actualmente.

Y vuelven las disculpas. “Ya tengo muy mala memoria. Tengo muchas historias, lástima que ya no me acuerdo”.

De los presidentes de México sólo se acuerda de (Carlos) Salinas de Gortari… “por las orejotas”, dice y luego suelta una sonora carcajada. De gobernadores de Chihuahua recuerda a Reyes Baeza y a Patricio Martínez.

Luego, la entrevista se interrumpe. “Ya me empezó a arder la boca, es lo que me quedó por el cáncer, por las pastillas. Cuando tengo nervios o algo me duelen… y los ojos y la alergia”.

Recuerda las historias que le contaba sus abuelitos de Pancho Villa. “Mi abuelito Apolinar, esposo de mi abuelita Lupe, anduvo con (Pancho) Villa. Ellos se vinieron de Conchos en un burrito, traían a mi mamá chica. Mi abuelito me decía que Villa era buena gente. Él anduvo en la Revolución y me platicaba que a veces echaban muchos muertos juntos en unos hoyos. Todos hechos bola”.

Menciona que cuando su abuelita anduvo en la Revolución, lo primero que bajaban cuando se detenían en algún lado, era un metate que cargaban para hacer las tortillas”. Y su mente regresa al presente. “Hace poco me deshice de ese metate de mi abuelita; se lo regale a una india. Me preguntó, oye ¿qué vas a hacer con ese metate que tienes? Le digo –nada-, ¿por qué? ¿Me lo regalas? dijo, -pero le falta la manita-. La busqué y se la di. Ese metate anduvo en la Revolución; lo cargaban mi abuelita para hacer gordas. También lo utilizó mi mamá cuando yo estaba chica. Mi papá era de Guanaseví, y mi mamá era de Conchos. Es de lo que me acuerdo”.

De repente el teléfono suena y ella misma se para apoyada en su bastón para contestar. -“Cuando no aguanto mucho me pongo la pomada y la venda. No, sólo de la pierna para abajo. ¿Cómo?, ¡bah!”, le responde a alguien que está al otro extremo de la línea.

El paso del tiempo hizo mella en ella; ahora se apoya en sus lentes para ver, en su bastón para caminar y en sus pomadas para moverse.

Sus recuerdos se le van como el agua entre las manos, y a fuerza de pensar los forma en partes cual si se tratara de un rompecabezas al que cada vez le faltan más piezas, mientras su mirada se va convirtiendo en una eterna interrogante, como la de muchos viejos que viven entre el pasado, el presente… y la nada.

eguzman@diarioch.com.mx