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Pionero en la investigación del VIH y la osteoporosis

A sus más de 80 años trabaja en un proyecto sobre la diabetes y obesidad

Salud Ochoa/El Diario
miércoles, 23 octubre 2019 | 10:50

Chihuahua.- Con más de 55 años de servicio ininterrumpido, reconocido como uno de los mejores médicos de Chihuahua, precursor en la investigación del VIH y la Osteoporosis pero sobre todo con un amor a la profesión que denota en sus palabras y en el mensaje que diariamente lleva a sus alumnos, el doctor Víctor Gómez Moreno celebra la vida y el Día del Médico, trabajando e intentando dejar un legado que sea de utilidad para la sociedad en general. 

Con la actitud serena de un hombre que ha enfrentado la vida y la muerte durante décadas, reconoce que como médico los fracasos se recuerdan más que los éxitos porque estos últimos son una obligación pero un diagnóstico erróneo, que genere consecuencias negativas para un paciente, es algo que siempre se lleva en el corazón y en la memoria. 

“Uno se acuerda sobre todo de los fracasos, cuando el resultado en la atención a un paciente es exitoso no pasa nada porque es nuestra obligación pero cuando por problemas de diagnóstico o las circunstancias que sean, se tiene un resultado no óptimo para el paciente, deja dos consecuencias: la primera es que uno nunca se olvida de eso y la segunda es una agresión emocional enorme; no se puede continuar como si nada y ese sentimiento se prolonga durante días en los que uno ni siquiera quiere dar consulta”. 

La “armadura” de un médico, dice con una sonrisa, es solo un mito porque el dolor está allí pero hay que disimularlo porque la vida, al igual que una puesta en escena, tiene que continuar. 

“Eso de la armadura es un mito. La pérdida de un paciente siempre nos afecta y nos deja un dolor muy grande que debemos disfrazar porque la función debe seguir. No se puede evitar involucrarse emocionalmente con el paciente aunque se palia pensando en que a veces son enfermedades incurables pero eso no resuelve las cosas del todo”, explica. 

Con la calma y la sabiduría que sólo dan la experiencia, los años, las alegrías y los daños a veces, Gómez Moreno señala que no hay fórmulas mágicas para ser un buen profesionista de la medicina pero sí actitudes que pueden llevar a ello. 

“Para ser un buen médico, igual que para cualquier actividad, se necesita una actitud de servicio, es lo que nos satisface y nos mueve a levantarnos a las 3:00 de la mañana cuando alguien lo necesita. Cuando estaba casado y ya con hijos a veces el teléfono sonaba tres o cuatro veces en la noche y ahí iba, pero al final del camino te das cuenta que sólo se trata de eso: actitud, ganas de hacer las cosas bien”. 

Pero además, indica el galeno quien desde pequeño sabía que quería ser médico aunque no lo externaba, el trato hacia los otros suele a veces hacer la diferencia entre un profesionista y otro. 

“Hay que tratar a la gente con mucho respeto, saber obtener la información y ayudar en lo que sea posible. Cuando trabajas en hospitales donde los recursos económicos son muy limitados se genera mucho esta condición”. 

Aprender a “dar la cara” cuando la muerte se hace presente

Enfrentar a la familia de un paciente que pierde la vida es una de las cosas más complicadas para los médicos, dice el entrevistado, porque no sólo se trata de dar la explicación correcta sino aceptar y reconocer los posibles errores. 

“Te tienes que armar de valor y aceptar que uno pudo haber participado o acentuado el problema. Recuerdo una situación compleja que me sucedió cuando estaba recién salido de la especialidad. Fui a ver a un paciente que tenía calentura pero ya alguien le había dado antibióticos. 

Lo revisé de pies a cabeza y no encontré la causa, todo era casi normal, sabía que tenía un proceso infeccioso por la fiebre pero no sabía con exactitud de qué se trataba. Decidí darle un antibiótico suave y esperar. El paciente se agravó, perdió la conciencia y cuando lo volví a revisar encontré la rigidez de nuca. Tenía meningitis. Enfrentar a la familia fue difícil pero lo hice y expliqué la situación. 

Cuando pensé que iba a tener cuestionamientos graves de su parte, fue todo lo contrario: me dijeron que habían visto que yo iba tres o cuatro veces al día a verlo, que estuve al pendiente siempre, estudiando el caso pero desafortunadamente el diagnóstico se tardó y cuando el resultado del líquido cefalorraquídeo llegó arrojó casi pus. Ahora me da mucha risa porque ellos me confortaron más a mí que yo a la familia. Yo era el doliente más que ellos”, recuerda como si hubiera sido ayer y confirma con ello que los fracasos no se olvidan. 

De manera cotidiana, el maestro Gómez Moreno como le dicen alumnos y exalumnos, acude a la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde cada día intenta sembrar una semilla en los futuros médicos, a quienes aconseja “volver a las bases y no creer que la tecnología lo es todo”. 

“A los jóvenes les comento que la tecnología ha avanzado mucho, que la medicina ya no es igual que hace 50 años; ahora se dispone de muchos recursos diagnósticos que antes no había pero que se tiene que considerar primero que nada que lo que importa es el paciente y la tecnología solo ayuda, no es para que se basen en ella única y exclusivamente porque ésta no es suficiente. 

Lo más importante es generar la habilidad en cómo preguntar al paciente, analizar síntomas, reunirlos en síndromes, buscar las causas y sobre todo la atención al paciente y a la familia eso es primordial”, indica con evidente convencimiento de sus palabras mientras explica que, hoy día existen medicamentos que antes ni siquiera se soñaba que existirían, sin embargo, “lo que aprendemos en la escuela debemos utilizarlo y no sustituirlo por la tecnología, hay que volver a las bases”. La investigación sobre el VIH

Después de su llegada a Chihuahua y tras tener contacto con 2 exalumnos que trabajaban en Houston, Texas, una de sus múltiples inquietudes empezó a tomar forma. 

Uno de aquellos jóvenes era infectólogo y le comentó que estaba trabajando en Estados Unidos con una enfermedad “que los traía locos” y que atendía a muchas personas de raza negra con fondo homosexual. 

“Le pedí que viniera a platicarnos de eso; regresó a la sociedad de Medicina Interna de México y me aproveché para pedirle que nos informara más al respecto. Cuando se regresó a Houston le dije a mi esposa: ¿cómo andaremos aquí? Valdría la pena hacer un estudio pero ¿por dónde empezamos? Empezamos a investigar a personas con preferencias homosexuales pero que no tuvieran ningún síntoma. Conseguimos a un amigo homosexual y a través de él reunimos un grupo importante de personas, les tomamos muestras y empezamos a trabajar”. 

Pero el laboratorio que les iba a dar los reactivos se echó para atrás, sin embargo, lejos de quedarse de brazos cruzados contactaron al director general de la compañía y vía aérea desde Chicago les hizo llegar el material. Iniciaban a trabajar de nuevo cuando el terremoto sacudió a la Ciudad de México y el laboratorio se derrumbó. 

“Cuando eso sucedió agarramos los sueros para llevarlos al banco de sangre del hospital infantil pero al salir hacia allá, estaban los soldados en la entrada y no nos querían dejar pasar pero cuando les dije que eran sueros de sida, de inmediato respondieron: ¡Entonces pásele!".

Luego de largas jornadas de trabajo nocturno, encontraron que de las 55 personas a las que habían extraído muestra de sangre, 16 estaban infectadas y fue el resultado de esa investigación el que se presentó en un congreso.

“Tratábamos de escribir porque teníamos un congreso en puerta para presentar resultados pero no pudimos hacerlo porque con el terremoto se perdió mucha información así que, hicimos anotaciones en una hojita y con eso nos fuimos al congreso. Después se hizo la publicación oficial en una revista científica”. 

El terremoto de 1985 definió su futuro y el de su familia

-Traía plaza de la Secretaría de Salud pero en Chihuahua no había hospital Graduado en 1965 como especialista en Medicina Interna, vivió hasta mediados de la década de los ochenta en la capital del país, sin embargo, fue el terremoto de 1985 el que decidió el futuro de él y su familia.

“Tomamos la decisión de salir de la ciudad. Mi esposa y yo nos preguntamos qué era lo mejor para nuestros hijos. Tuvimos la posibilidad de irnos a otros estados de la república pero consideramos que si estábamos cerca del entonces DF lo más probable era que regresáramos a lo mismo. Me ofrecieron un puesto para construir un hospital en Cancún y la decisión fue 'no' porque era una ciudad en crecimiento, muy turística y para el tipo de familia que tenemos, vivir en un lugar así era complicado. La siguiente ciudad fue Morelia pero también optamos por no aceptar. Luego nos ofrecieron algo en Chihuahua y tomamos nota pero, fue hasta que se vino el terremoto y de alguna manera precipitó esa decisión. Yo era profesor asociado de un servicio de medicina interna y tenía algunos jóvenes con los que había hecho una buena amistad. Murieron durante el sismo y eso me generó una profunda depresión, se dieron las cosas entonces para viajar a Chihuahua”. 

Sin embargo, al llegar a la ciudad norteña, se encontraron con que tanto él como su esposa, médico también, tenían plazas para trabajar en un hospital pero ¡no había hospital! 

“Nos pasaron las plazas del hospital general a la ciudad de Chihuahua. Llegamos con la plaza de la Secretaría de Salud pero no había hospital, solo estaba un edificio en obra negra en donde sólo funcionaba la planta baja de lo que ahora es el Hospital General Salvador Zubirán. Cuando nos presentamos con el encargado, nos dijo que con el currículum que teníamos no nos podía enviar a un centro de salud pero que necesitaban colaboradores en el Hospital Central. Acudimos y allí encontramos al doctor Raúl Leal Alonso, a quien ya conocía y quien nos apoyó. Desde entonces tuvimos el entusiasmo y la aceptación de nuestro trabajo y eso nos hizo comprometernos aún más de hacer las cosas como deben de ser”. 

Es un gran ser humano que arrastra con el ejemplo: alumnos y exalumnos 

La extensa trayectoria dentro de la práctica médica, además de que ha sido pilar de la medicina en Chihuahua y formador de decenas de generaciones de médicos desde 1987, le ha ganado al doctor Víctor Gómez Moreno, el aprecio de la comunidad médica y estudiantil, quienes expresan su reconocimiento al médico pero más que nada al ser humano que se preocupa siempre por los demás. 

“Es un gran ser humano en toda la extensión de la palabra. Por su profesionalismo, ética, y humildad, trata de la misma manera a todos sus pacientes. A él no le importa si son pobres, ricos, indígenas, mestizos, funcionarios públicos o el ciudadano más humilde. Para él todos son personas y son iguales. Además es muy bondadoso al transmitir sus conocimientos, siempre dispuesto a compartir y dar consejos cuando uno se acerca a él. Como alumnos no solo nos enseña medicina, enseña vida. Hoy día, yo aún le pido consejos sobre algún paciente y los brinda sin envidia, sin celo profesional. Cuando ha sido funcionario ha sabido escuchar a los trabajadores de cualquier hospital e igual defiende a cualquier persona, si ve una injusticia no se voltea para el otro lado. Arrastra con el ejemplo”, señalan médicos que en su momento fueron discípulos de Gómez Moreno. 

En el ámbito hospitalario, es querido y respetado por enfermeras, camilleros, intendentes, médicos y trabajadores sociales de los hospitales donde ha laborado, situación que se replica en la Facultad de Medicina donde los estudiantes expresan su respeto hacia él.