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Predilección por las reflexiones éticas

“Vi el palacio viejo y lo contrasté con otro, el edificio gubernamental, nuevo y moderno pero sin la prestancia para contender con el de cantera..."

Juan Alanís/El Diario

Jaime García Chávez / Colaboración Especial

sábado, 11 abril 2020 | 13:40

Segunda de 3 partes

Tomé un descanso frente a la exquisita Quinta Gameros, templo porfirista muy venerado, y cavilé sobre las afinidades que se iban perfilando en mí en aquellos años de juventud: predilección por las reflexiones éticas (la prisión kantiana era ineludible), la disputa con la religión dominante, las ideas de progreso y revolución, las cárceles sociales en las que vivíamos aprisionados y los barruntos de un marxismo adocenado del que siempre permanecí distante. Veía en la juventud el motivo esencial de una apuesta de transformaciones revolucionarias. 

Seguí por la Avenida Ocampo, rumbo a la calle Aldama. Vi un edificio que fue escuela católica para señoritas y después lo que queda del Colegio Hidalgo donde, con remilgos, un cura admitió, hace más de un siglo, al niño Martín H. Barrios Álvarez a pesar de que no sabía rezar. Él, con el tiempo, fue un intelectual y educador generoso, cuya huella se ha ido borrando por el desprecio de algunos hacia las personas grandes que aportaron su talento y esfuerzo por la cultura en una tierra que les es inhóspita y, a lo más, decorativa y de coctel. 

Más abajo, está el vestigio del FO Bar y el recuerdo –toda una cicatriz– del periódico Tribuna, abatido en un trágico derrumbe. Más que eso, sobre todo, recordé la presencia de un hombre grande y aguerridamente independiente: Luis Fuentes Saucedo, que un día llegó a Chihuahua a cubrir la fuente del juicio castrense escenificado en el Teatro de los Héroes, el original, que se le siguió con parcialidad, saña y consigna al general Felipe Ángeles, fusilado para vergüenza de la clase política triunfadora en la Revolución. Cuadras abajo llegué a la esquina donde se levantó la casa de Luis Terrazas, el longevo cacique y terrateniente que vivió para contar su fortuna y que hasta se ganó el mote de “Don”, que se da más por un acendrado sentido de servidumbre que por las consabidas reglas de la urbanidad, también cargada de hipocresía. 

De esa esquina, donde ahora hay un restaurante llamado “La Casona” (¡vaya imaginación para bautizar!) que congrega a los poderosos, continué en mi ruta, ahora preocupado por la presencia de patrullas de la policía de la municipalidad que me interrogaron sobre mis pasos de noctámbulo inofensivo, que al final de cuentas, encogiéndose de hombros, sólo les pareció raro. No me causaron molestias, al contrario, el incidente me recordó lo que le sucedió a Ignacio Ramírez cuando estuvo aquí acompañando a Benito Juárez, evento que escuché de mis amigos, ahora historiadores distinguidos. Sin dificultades seguí hasta llegar a la calle Quinta y recordé el despacho de Augusto Martínez Gil, no sin antes eludir la trastienda del Casino de Chihuahua, donde una vez vi salir casi rabioso al matón Óscar Flores Sánchez, el gobernador. También, en una especie de vadeo, vi el antiguo edificio del PRI, hoy convertido en laboratorio, ya no son los tiempos en los que hasta Luis L. León fue su presidente estatal. Llegué, por la empinada calle al Paseo Bolivar y de ahí fui a la Plaza Hidalgo. Vi el palacio viejo y lo contrasté con otro, el edificio gubernamental, nuevo y moderno pero sin la prestancia para contender con el de cantera, símbolo de muchas administraciones, las más enanas a mi juicio. El antiguo edificio del Instituto Científico y Literario, que alberga hoy la rectoría de la universidad, se levanta como legado de un esfuerzo en favor de la educación, en confrontación con los confesionales. Sin embargo para mí confirma que es testigo mudo de una promesa malograda. Inexplicablemente, el Instituto desapareció por decreto y hoy la universidad es un refugio de inválidos, como nos lo pregonó el Manifiesto de Córdoba del que tanto nos servimos en los debates del pasado. Ojalá nuevas manos la transformen si no en el gigante que requiere el estado, al menos en una institución de más altos vuelos. 

Hice alto en una escala inevitable: frente al memorial Cruz de Clavos que es, bien miradas las cosas, un desafío subversivo al poder, a los convencionalismos, las buenas conciencias, a un cristianismo que se agotó en la iglesia, en el clero y las jerarquías. Es el testimonio que da la memoria y permite los recuentos de la barbarie del patriarcado en los tiempos de la depredación neoliberal y de la malvada delincuencia contra las mujeres. Me pareció escuchar el trajinar de los trabajadores acereros que un día se desnudaron en público para reclamar sus derechos y las voces de Irma Campos Madrigal, sin duda una esforzada vida en el complejo proceso de liberación de las mujeres. Cuando el flashback se empezó a tornar abrumador en mi cerebro, me levanté y tuve en deseo ver, por la Calle 13 y De la Llave, la fachada, en clausura cuarentenaria de mi oficina de abogado, aledaña al templo de la Sagrada Familia, dedicado en su origen a los pobres y a una filantropía que por más que se lo propusiera no alcanzaría, como lenitivo suficiente, para sobreponerse a la miseria. 

Opté por enfilar, de nuevo, hacia la calle Aldama. A mi paso vi desolación. Los músicos que ahí suelen congregarse ahora no estaban. Los solicitantes de sus servicios se veían frustrados, esos que al influjo del alcohol quieren salir de su mal de amor o satisfacer su deseo de reconciliación con la amada o la pretendida, más si la han agraviado. Antigua área de lupanares, parte venérea de la ciudad, ahora opaca y espectral, está derruida; inspira miedo por el dolor que ahí se padeció a la distancia. Vi a un desarrapado que se acercó a pedirme unas monedas, seguramente para comprar, en sitio clandestino, algo de alcohol. Le di unos billetes azules, de esos que traen la imagen del Benemérito de las Américas. Me agradeció con atenciones y reverencias y me puso en las manos de un dios muy conocido, dios que tengo por cruel en sus versiones del Antiguo Testamento.

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