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Historias de terror

¿Quién me secuestró aquel día?

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Froilán Meza Rivera

lunes, 14 noviembre 2022 | 05:00

El que sigue es el testimonio de Juan José Alvarado Orozco, quien despertó una tarde en una casa extraña, en la que no vio trazas de que hubiera entrado nadie desde hacía por lo menos un año. Va, pues.

Desperté con un dolor de cabeza y abrí los ojos, tratando de orientarme. ¿Dónde demonios estoy? Traté de levantarme de aquel sillón raído y apestoso a humedad y a hongos en aquel cuartucho pobremente iluminado por la poca luz de día que entraba por las rendijas

No pude. Estaba atado y amordazado.

Se me pasó un frío por la nuca, y yo creo que se estacionó ahí porque empezó a dolerme esa parte, primero a punzaditas y después como si la cabeza entera me estuviera latiendo con dolor, agrandándose con el flujo de sangre, volviendo luego a su tamaño normal, y así durante varias horas. Ganas no me faltaron de salir corriendo, de gritar, de sumergirme en agua con hielo, pero no podía, paralizado como estuve por la mordaza y por las ataduras que me habían puesto en pies y manos.

Recordé lo que viví antes de perder el conocimiento: había bajado del camión en la parada de la calle Aldama y antes de cruzar me fijé en el porte de una muchachita que me dejó en la nariz una estela de perfume al pasar. De reojo vi que alguien bajó de un auto que frenó para colocarse cerca del paso peatonal. Me tomaron distraído y me golpearon en la cabeza, después de lo cual sólo vi un fugaz destello que se apagó en mi cabeza para dar paso a la total negrura.

Para broma, ya estuvo bueno, pensé, y descarté el móvil de la broma, porque no recordaba a ningún amigo que jugara tan pesado.

¿O dinero? Si yo nunca he tenido siquiera en qué caerme muerto.

¿Entonces? Como no soy depositario de ningún secreto, por lo menos de ninguno importante, no soy secuestrable, porque ni siquiera vengo de familia rica, y mi trabajo de dependiente de una tienda de zapatos tampoco me convierte en blanco codiciado para un secuestrador.

Y dejé de darle vueltas al asunto para concentrarme en lo que estaba a mi alrededor.

Y como venda no me pusieron, empecé a pasear la vista por la pieza. No había mucho ahí adentro. Estaban ahí el sillón en el que me ataron, otro igual pero más largo, y al fondo una camita plegable, de hierro, con cobijas mugrientas y grisáceas, y una caja de cartón llena con historietas y revistas viejísimas.

Las paredes mostraban huellas de que el agua corría ahí a chorros cuando llovía, y un cristo de antimonio pintado de amarillo colgaba de un clavo oxidado. El piso era de madera, con duelas parejitas todavía a pesar de tener varias décadas de haber sido colocadas. Los muros eran de casi medio metro de ancho.

Aquel cuarto debía sin duda ser parte de una casa grande, grande y vieja, y yo debía estar en el Centro o en alguno de los barrios viejos de la ciudad.

Había una gruesa capa de polvo en todo el cuarto, y los pocos muebles estaban también cubiertos y manchados de esa tierrita fina que se va colando por las rendijas más reducidas y que en pocos meses hacen que una casa sola parezca ruina arqueológica.

Me afané entonces por desembarazarme de aquellas ataduras, y lo logré al cabo de media hora de esfuerzos. Entonces me puse de pie y duré un rato ahí hasta que se me normalizó la circulación de sangre en las extremidades.

Y entonces, con la luz que le quedaba todavía al día, me fijé en que mis zapatos estaban dejando dos huellas sobre el polvo espeso.

Salí de aquella casa semidestruida del barrio de Londres, y me hirió la luz que se metía al Poniente, pero he de decir que en mi salida me esforcé por encontrar las huellas que debieron dejar en el piso mis captores al meterme en aquel cuarto, pero no encontré ninguna, absolutamente ninguna huella de ellos, ni mía, en toda aquella casa.

El polvo acumulado por meses no había sido pisado por nadie.

Entonces, ¿quién me secuestró? ¿quién me llevó allá, quién me ató y me dejó abandonado? ¿y cómo?

Ya pasó un año de ese suceso, y a pesar de que me he dedicado a investigar el misterio, no tengo ninguna méndiga pista, ningún indicio partido por la mitad.