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Señor: ¿Qué hora tiene?

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Froilán Meza Rivera

viernes, 11 noviembre 2022 | 05:00

"Era mi cuñado José Alberto, te lo juro, yo lo vi con estos ojos, y si no me crees, ahí está Silvita, que iba conmigo y también lo vio".

"Cómo crees, Alejandra, si Pepe tiene dos años de muerto. A lo mejor, como tú no estabas cuando lo enterramos, se te pudo figurar con alguien muy parecido".

"Te digo que no, si Silvita y yo ya lo platicamos, y coincidimos en todos los detalles... además, ella sí estuvo en el entierro, ¡y es hija de él, por Dios! ¿cómo no lo va a conocer?"

Alejandra Venegas y Silvia Márquez Venegas, tía y sobrina, aseguran -y lo juran vehementemente- que viajaron por unos instantes a una realidad distante, y que "allá" tuvieron un contacto fugaz con José Alberto Márquez, cuñado de la primera y padre de la segunda, quien había muerto hacía poco menos de dos años.

"Es que, si te creyera, es como admitir que ustedes entraron a otro mundo, Alejandra, y yo guardo mis reservas con esos temas".

"Yo también, no creas que soy tan supersticiosa, pero ¿cómo voy a negar lo que vivimos?"

Todo sucedió en San Luis Potosí, una tarde de primavera, todavía con luz de día. Alejandra y Silvia habían ido al centro a tomar café en una reunión que organizaron con dos amigas de la familia a las que no habían visto hacía tiempo. Tía y sobrina coincidieron, al final de la tertulia, en irse caminando a casa, al fin que había buen tiempo y que tenían todavía buen sol.

"Me va a hacer muy bien, porque últimamente he estado muy encerrada y me falta ejercicio, eso fue lo que dije a Silvita, lo recuerdo muy bien, para que veas que lo tengo presente".

Caminaron dos cuadras y, al pasar por la Plaza del Carmen, ambas mujeres sintieron al mismo tiempo que las invadió una súbita ola de calor. Fue como si hubieran pasado a través de una barrera de agua, y como si del otro lado estuviera una copia del paisaje por el que transitaban.

"A mí se me nubló la vista, muy curioso, y sentí que había pasado a través de una gelatina transparente... Silvita me dijo después que ella sintió algo muy parecido."

Lo que Silvia Márquez Venegas experimentó en ese momento, lo describió ella como si su mente se hubiera desconectado de su cuerpo por un segundo y se hubiera recompuesto en seguida.

Al pasar las dos mujeres por la "cortina" de calor, divisaron adelante de ellas unos tres metros, a un hombre que se encontraba de pie y que las miraba.

"¿Mi cuñado? ¿es José Alberto?"

"¿Papá?"

Las mujeres no dijeron nada, pero detuvieron la marcha y se miraron entre ellas, y entonces habló Alejandra: "¿Ves lo que yo veo, Silvia? Ese señor se parece a tu papá, es como si fuera él mismo".

"¡Es él, es él, tía!"

"No, m'ija, tu padre está muerto".

Sentían la mirada sobre ellas, y Silvia se adelantó y avisó a su tía que se acercaría al hombre que se parecía tanto a su padre muerto.

"Señor, ¿qué hora tiene?"

"M'ijita, aquí no hay tiempo", respondió él con aquella expresión indefinida tan común en él cuando vivía, entre serio y pícaro.

Quedaron mudas Alejandra y Silvia, en tanto que el hombre caminó y se empezó a alejar.

Cuando caminaron ellas también y lo persiguieron, los rasgos de quien iba adelante de ellas eran ya otros, de un individuo diferente sin nada que recordara al muerto que habían visto.

"Ese fue el día cuando entramos en la dimensión de la muerte".