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¡Viaje de terror!

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Froilán Meza Rivera

sábado, 19 noviembre 2022 | 05:00

Un dolor insoportable le hizo saber que continuaba vivo. Despertó. Sintió debajo del hombro derecho la fuerte punzada de algo que le perforaba la carne. A su alrededor, hierros retorcidos, asientos despanzurrados, un motor humeante, láminas requemadas, y el frío, el frío del amanecer que le trajo a Daniel de repente el recuerdo de lo que sucedió antes de este accidente terrible que terminó en el fondo de un barranco.

La cabeza le retumbaba en espasmos que le traían destellos de luz que iban y venían como latidos, al ritmo del corazón.

Recordó con precisión cómo empezó todo, la noche anterior. Él había abordado el transporte para llegar a su casa. Después de que se quedó dormido y de dar cabeceadas en el asiento trasero del camión urbano, el intranquilo sueño de Daniel se evaporó de súbito con un tumbo del vehículo.

¿Dónde estamos? El muchacho desconoció el rumbo, ya no había pasajeros, quedaban en el interior sólo el chofer y él, y simplemente no lograba ubicar dónde estaban. Las calles no le eran familiares, ni el terreno por donde transitaban, porque la ruta de la colonia Rosario, si bien iba por calles muy malas, ninguna como ésta.

Señor, ¿por dónde vamos? Señor, oiga ¿me escucha?

Como pudo, sujetándose con el pasamanos, el joven estudiante se pasó al frente, y en una curva, la luz de la luna le reveló el verdadero estado del camino por donde iban: era un cerro ¡iban subiendo un empinado cerro!

Daniel encaró al conductor, ya algo angustiado: Señor ¿qué estamos haciendo por acá? ¿por qué nos desviamos, si...?

El semblante terrible del chofer le metió miedo a Daniel, a quien la mirada asesina lo petrificó.

Dígame, señor ¿qué estamos haciendo aquí?

La respuesta del conductor fue un gruñido, un manotazo que desgarró a Daniel la manga de su chamarra, y un refulgir de los ojos del sujeto que al muchacho se le figuró como sobrenatural.

A estas alturas, ya le quedaba claro al asustado pasajero, que todo estaba muy mal.

El camino empeoraba conforme avanzaba el urbano de la ruta de La Rosario. Grandes hoyancos provocaban que el camión cayera y que tronaran sus entrañas a cada vuelta.

A lo lejos, a pesar del miedo que se le metió a Daniel, pudo vislumbrar por entre el hueco de dos cerros el resplandor naranja de las luces de la ciudad. Él ya conocía estos parajes, y pronto los identificó: estaban en la sierra de Santa Eulalia, en el camino que va de Santo Domingo a las antenas repetidoras de televisión que se encuentran en lo alto de la cumbre.

Pasaron varios minutos así.

Al final del trayecto, teniendo ya enfrente la mole de la caseta de las torres de las antenas, Daniel supo que el choque era inminente, y alcanzó a reaccionar abalanzándose sobre el enloquecido chofer, al que arrebató la dirección. El sujeto, en el forcejeo, cayó a un lado del autobús al abrirse la puerta delantera.

Con un bandazo del volante, Daniel y la unidad de transporte urbano se precipitaron al barranco, y lo último que vio el muchacho antes de caer presa de la inconsciencia, fueron las luces del Cereso de San Guillermo.

El velador de la caseta de las antenas, quien escuchó primero el rugir del motor y el ruido del camión al caer, se asomó al precipicio y vio las chispas del metal al destrozarse contra las piedras. El diesel, combustible malo para la ignición, por alguna razón se alcanzó a encender y cobró al vehículo como presa.

Al día siguiente, los paramédicos y los rescatistas trajeron a la capital a Daniel, quien al cabo de un tiempo se repuso de sus heridas, pero nunca encontraron al chofer.

El conductor, el conductor que aquella noche debió completar el último viaje a La Rosario, apareció dormido a la mañana siguiente en la avenida Niños Héroes, tirado en la banqueta, borracho todavía y sin poder explicar cómo y quién le secuestró el camión.