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Viento frío poblado de sombras

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Froilán Meza Rivera

jueves, 17 noviembre 2022 | 05:00

Parral.- Cuando mi abuela, atraída por el ruido infernal y por aquellos gritos, irrumpió en aquella habitación, encontró a mi tío Bernardino y a su esposa en medio de la pieza, ambos con los ojos desorbitados y con los cabellos totalmente erizados.

A ella la habían despertado unos gritos, verdaderos aullidos de dolor. Y al volver la vista mi abuelita hacia la camita del bebé, mi primo Juan, que contaba con siete meses entonces, el niño estaba flotando en el aire a 20 centímetros de las sábanas.

Imagínense a mi tío con los pelos parados, pero ahora vean a mi tía política, con su cabellera tan larga como la tenía, ¡qué escena tan impresionante!

Es que ambos estaban dormidos, y alguna visión o pesadilla los levantó de la cama a media noche y los hizo que se arrodillaran en el suelo. ¡quién sabe qué, o a quién, estaban viendo, para que se les haya puesto tal cara de terror!

Se acuerda mi abuelita que, al entrar ella, había un remolino que mantenía la ropa, los papeles y todo lo del cuarto, dando vueltas alrededor de mis tíos. Mi abuela Rosita tomó al bebé en sus brazos y se puso a rezar luego luego, con lo que, al cabo de dos minutos, todo volvió a la normalidad.

Los dos adultos despertaron, y no pudieron dar ningún detalle de lo que les había sucedido, y sólo recordaron (cada uno por su parte) que soñaban con "algo malo". "Algo maligno y diabólico", dijo la esposa de mi tío Bernardino, sin ningún detalle más.

Fue ése el primero de una serie de episodios terroríficos en los que se vio envuelto mi tío, y a los que arrastraba casi siempre a sus seres más cercanos, y según mi abuela Rosa, todo se debía a las maldades que cometió mi tío en su juventud.

"Era un desobligado Nino (así le decía mi abue a su hijo), se la pasaba borracho, insultaba a la gente, ofendía a sus amigos, le faltaba al respeto a su padre, que en paz descanse, y a mí me robaba dinero para sus vicios, y hasta me llegó a golpear".

La abuela sufrió mucho con Bernardino. Fueron años, muchos años, desde la adolescencia y hasta casi los treinta y cinco años, que tuvo que soportar la mujer las golpizas y las maldades de su hijo.

"Cuando se casó, parecía que se iba a apaciguar Nino, pero cuando tuvieron al niño, se volvió a descomponer, y ahora golpeaba a Margarita".

Mi tío Bernardino duraba días fuera de casa, gastando el dinero que ganaba, mientras que la familia sufría escaseces y pasaba hambre. A mi tía le llegaban rumores de que Nino tenía otra familia, a la que igualmente maltrataba. Al hombre lo echaban de los trabajos, a pesar de que era un maestro en el arte de la ebanistería.

Siempre nos contaron en casa, de las apariciones que sucedían alrededor de Bernardino: donde él dormía, veían los parientes a un perro negro al pie de la cama o sofá donde se tendía. El tal perro negro aparecía y se dejaba de ver, de repente. También, sombras misteriosas recorrían las paredes de las habitaciones donde estaba.

Y el viento.

Invariablemente, alrededor de mi tío, por las noches, se soltaba un viento frío poblado de sombras y cargado de maldad.

Como característica de su personalidad, la gente solía decir que Bernardino "estaba más allá del bien y el mal", pero se equivocaban, porque él conscientemente hacía el mal.

A mí me pasó algo con él: cuando murió mi niño recién nacido, tío Nino se me acercó con una sonrisa torcida, burlona, y me dijo, como si con ello me consolara: "Estuvo mejor así, que haya muerto". Recuerdo que ahí lo odié, y ahora que lo pienso, él mismo tuvo la intención de provocarme ese odio, como si fuera su misión sembrar sentimientos negativos.

Ahora, ya de edad avanzada, el hombre fue repudiado por sus hijas, quienes lo sacaron a empujones de la casa una madrugada y lo mandaron a la calle. Ya no lo aguantaban.

Mi hermano y mi mamá, su hermana, acompañaron recientemente a Bernardino a Ciudad Juárez, para localizar a su hijo Juan, con la intención de que éste acogiera al anciano en su casa. "Pos si quiere quedarse, que se quede", dijo resignado mi primo.

Pero Bernardino no se quedó en Juárez y hoy anda vagando en las calles, pateando perros, matando gatos, y, dicen, incluso asesinando menesterosos y vagabundos cuando los encuentra dormidos. Lo acompañan las mismas sombras siniestras y el viento frío que hace remolinos en las noches alrededor del tendido donde mi tío Bernardino reposa su maldad.