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¡Y que se levanta el muerto!

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Froilán Meza Rivera

sábado, 12 noviembre 2022 | 05:00

"Te estabas zurrando del miedo", me dijo muy gráficamente un amigo al que le conté los sucesos de aquella ocasión remota en el tiempo.

Es que yo ya estaba cabreado a más no poder, lleno de pánico en el ambiente enclaustrado y tétrico de aquella habitación de luces vacilantes. No era para menos, porque a mi lado yacía el cadáver de mi bisabuelo Claudio Aldama, con sus manos cruzadas sobre el pecho, y con aquellos puntitos negros que le afeaban la cara y el cuello, que se me figuraban como si se le hubieran incrustado chispitas de escoria de fundición.

Sólo estábamos el muerto y yo, y a lo lejos, la noche nos traía el eco de un aparato encendido, sintonizado en Radio Variedades, una estación que se identificaba hacia el oyente con una tonadilla triste, triste a más no poder. Me esforcé por distinguir alguna palabra humana en medio de la interferencia de la señal del radio, y este afán me apartó momentáneamente de mis pensamientos fúnebres.

Pero, enfrente como estaba de mi bisabuelo, no pude menos que presenciar lo que pasó en seguida, un horror que me marcó de por vida y que, sin exagerar, ha sido el peor susto que me he llevado en mis cincuenta años.

El cuerpo inerte del anciano, que llevaba apenas una hora o algo así de haber perecido, se incorporó de repente de su lecho por la cintura hacia arriba y, con los ojos cerrados, muerto como estaba, vomitó. Vomitó el cadáver, por la boca que apenas abrió por la presión de los líquidos que salieron, vomitó una pasta acuosa de color verde negruzco.

Vomitó el abuelo de mi madre y volvió a su misma posición de muerto tranquilo, una vez que expulsó de su pecho aquella sustancia que lo ha de haber matado.

Vomitó el anciano y regresó a su lecho sin haber vuelto a la vida, pero en mi mente debilitada por el terror, mi bisabuelo Claudio Aldama era un fantasma que había venido para hacerme presa de algún tormento.

A los pocos segundos ya estaba yo corriendo.

Antes de este horror, mi padre había decidido que me dejaría con el muerto, ya que el señor vivía solo. "Aquí te estás, no te vayas a mover, tu mamá y yo vamos a arreglar todo lo del funeral y la caja". Y yo ahí me quedé, con todo el miedo que sentía.

Don Efrén, el socio de mi bisabuelo en el negocio de los préstamos, se fue a las carreras al panteón, tarde como era, para asegurar un pedazo de tierra para el siguiente día. Recuérdese que en los años sesenta, e incluso mucho más recientemente, los muertos eran velados en las casas.

De todas maneras, cuando hui del muerto y salí del cuarto tenebroso, me detuve en la puerta para pasarle el cerrojo por fuera, yo todavía en mi papel de cuidador. Al verme correr de esa manera, y tal vez porque me quedé blanco o amarillo, los vecinos del difunto se empezaron a reunir en la puerta, y me preguntaban cosas y trataban de consolarme.

Hubo incluso quien entró a revisar el cuerpo para cerciorarse tal vez de que ahí seguía el anciano prestamista, aunque tiempo después me enteré, por pláticas, que algunos aprovecharon esos momentos de confusión para buscar en el interior las letras de cambio de sus préstamos y desaparecerlas.

Mi padre me contó más tarde que, en Zacatecas, de donde era originario mi bisabuelo, era muy común que los mineros como él, cuando morían, se levantaran a vomitar, tal y como lo hizo aquel cadáver que me aterró y que me privó de noches tranquilas por el resto de mi vida. Secuelas de la silicosis, que satura los pulmones de los mineros, pues.