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Su lucha no se rinde ante el coronavirus; ‘lo último que muere es la esperanza’, dice Mireya

En 2017, la doctora Mireya perdió a su hija Paola durante el sismo del 19-S, en el Colegio Enrique Rébsamen

Agencias

Excélsior

domingo, 10 mayo 2020 | 06:33

Ciudad de México.- La única pausa que Mireya Rodríguez ha hecho durante el largo y doloroso camino que ha recorrido desde el sismo del 19 de septiembre de 2017 para exigir justicia en el caso de su hija Paola Jurado y otros 18 alumnos que murieron en el Colegio Enrique Rébsamen, es ahora, que como médica internista, forma parte de la primera línea de batalla en contra del COVID-19, en uno de los hospitales públicos más importantes del país: el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre.

"Yo viví en carne propia, el no poder despedirme de mi hija ni poder acompañarla en sus últimos momentos, y si está en mis manos poder ayudar a un paciente a salvarle la vida y que tenga una segunda oportunidad para regresar a casa lo voy a hacer”, dice Mireya.

Desde hace 25 años, cuando Mireya se graduó con excelencia de la UNAM, encontró un propósito de vida y ése es luchar en contra de la muerte, hasta el último momento.

No conoce la palabra “rendirse”, por más desfavorables que sean los pronósticos de algunos de  los  pacientes con COVID-19 que llegan a terapia intensiva, siempre los atiende, pensando en cómo le gustaría ser tratada ella misma y con la esperanza de que con su conocimiento pueda ayudarlos a salir adelante. Y esa misma filosofía la tiene su equipo de trabajo.

"Porque para nosotros, lo último que muere es la esperanza”, asegura.

Los médicos y enfermeras se han convertido en una hermandad, y aunque en este momento no hay espacio en sus conversaciones para temas personales, pues todo gira entorno a los pacientes, el personal de salud se ha unido como nunca. Y ahora hasta tienen una mascota en común que trajo al hospital el Departamento de Psiquiatría, que llegó para darles compañía en medio de este desgaste emocional y ofrecerles un poco de alegría. Se llama Tuerto, un perrito de la raza es pug.

"Pues ver a alguien chiquito que te acompaña, claro que te ayuda a tener más fortaleza, nos obliga a animarnos y a seguir adelante”, afirma.

Desde hace siete semanas, cuando Mireya atendió su primer caso COVID-19 en la sala de urgencias del hospital, las emociones se comportan de la misma manera que una curva, van del desánimo a la esperanza.

"Te desanimas cuando ves a pacientes muy jóvenes que no responden a los tratamientos ni a la medicación, pero también nos da mucha esperanza cuando logramos dar de alta a un paciente, que estaba hospitalizado en terapia intensiva”, concluye.

Cuando los pacientes se van del hospital y se acercan a Mireya, preguntándole, cómo pueden pagarle todos sus cuidados, ella sólo responde: que su recuperación es el mejor pago que ella puede recibir. Nada se compara con esa satisfacción.

Y porque otra gran recompensa que ha encontrado al estar en la primera línea de batalla en esta pandemia es lograr que las familias se vuelvan a unir. Sus pacientes siempre le piden que los ayude a volver a casa, porque tienen niños pequeñitos, porque no hay nadie más que  mantenga a sus niños o tampoco hay quien cuide a sus padres.

Mireya ha ayudado a que regresen madres con sus hijos, esposos con sus parejas y abuelos con sus nietos.

Por las mañanas, cada vez que llegaba de sus guardias nocturnas en el hospital, Pao siempre la recibía preguntándole ¿a cuántas personas le había salvado la vida? Y le decía que, de grande, quería ser como Mireya para también poder salvar muchas vidas.

"Ella hoy ya no está”, Mireya se limpia las lágrimas al recordarla.

Luego de cada turno y de salir del hospital en estos días tan difíciles, en casa la esperan su hijo Adrián Alejandro y su esposo, Alejandro Jurado, quienes se convirtieron en sus grandes motores de vida.