Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

“La Güera” y “Mano Lencho”, grandes toreros chihuahuenses (Segunda parte)

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/ María Cruz Zapien, “La Rubia”, la tercera mujer Torero en la República Mexicana (Foto: Cap. Israel Romero Huerta).
/ “Mano Lencho”, Florencio Zapien. (Foto Eva Zapien).
/ María Cruz Zapien, “La Rubia”, cuando era niña en el patio del antiguo Hotel Napoleón. (Foto Eva Zapien).

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 21 marzo 2021 | 05:00

Siguiendo con la crónica de grandes toreros chihuahuenses más los que se acumulen como el caso de don Florencio o “Mano Lencho” que era como cualquier persona, sencillo y trabajador, que contaba con un modesto taller de zapatería en el antiguo Hotel Napoleón ubicado frente a la antigua central de ferrocarriles de la ciudad de Chihuahua; se caracterizaba por traer indumentaria propia de su labor que consistía en: pantalón de mezclilla con pechera y en el interior de su humilde local, estaba adornado de una serie de cuadros representativos a la fiesta brava, si, una decena de ellos emulando las diferentes artes de esta tan querida actividad. Durante la semana, reparaba montones de zapatos desde una tapita, un tacón, una media o suela completa, era tan responsable que lo buscaba mucha gente, era muy conocido y el trabajo era una garantía. 

Con clavos en la boca, un pequeño martillo y pegamento, arreglaba el calzado a su respetable clientela. Mary Cruz “La Rubia”, le ayudaba a su padre a bolear los zapatos y recoger el desorden que se dejaba por una larga jornada de trabajo por las tardes, porque por las mañanas estaba estudiando la carrera de comercio. Le gustaba jugar a las cartas, era buena en la apuesta que a más de tres, los dejaba con los bolsillos vacíos, era un “tahúr”. Pero fuera de estas actividades que se desarrollaban de lunes a sábado el querido zapatero y la jovencita de ojos azules dejaban esas actividades cotidianas los domingos, los cuales se transformaban en otros personajes muy distintos con sus trajes y sus sombreros andaluces.  En uno de los roperos de la vecindad del antiguo Napoleón, estaba lo que ellos consideraban un tesoro, ese traje compuesto por la montera que es la que se colocaban en la cabeza, confeccionada en tejido rizado muy similar al del camello; la chaquetilla que llegaba a la cintura; sus alarmes bordados en oro, plata y seda, lucían como piezas de gran valor; de las hombreras colgaban los “machos” que eran las “borlas” con las que se ajustaban a la “taleguilla”, calzón sujetado con tirantes que llegaban hasta las rodillas. 

La chaquetilla que finalmente colgaba de las hombreras demasiado rígida, abierta por las axilas para que facilitara el movimiento de los brazos de “Mano Lencho” y de la distinguida “Rubia”. Las medias de seda de color rosa, los corbatines que consistían en cintas muy finas que se anudaban como corbata generalmente del color del fajín que iba ceñido en la “taleguilla”; la camisa blanca, adornada en su solapa con boleros o chorreras; las zapatillas negras sin tacón con suela especial, para evitar resbalones y adornadas con un lazo. El “capote de paseo” con la misma forma del capote de brega pero algo más pequeño y liviano, elemento lujoso del traje de luces y solo lo utilizan los espadas y banderilleros liados a sus trajes en el momento de hacer el paseíllo adornado con figuras religiosas.  

En el caso del capote, era de lona gruesa o fibra sintética pesada de color rosa y el envés amarillo generalmente, aunque algunos lo usaban azul; su corte en forma de capa cuya función era para burlar y torear; la muleta de tela más ligera y pequeña que el capote rojo que sujetada a un palillo utilizada por el espada para templar y encauzar la embestida del toro y finalmente el estoque, espada con la que se mataban los toros con una ligera curva en la punta que se le denomina muerte. Todo esto, era la indumentaria, el traje de ambos y lo guardaban en un humilde ropero que fue bendito como un santuario para ellos dos en un rinconcito del antiguo Hotel Napoleón. A partir de todo este antecedente, padre e hija iniciarían algo importante en sus vidas que también estaban alrededor de una gran familia que el mismo Florencio había construido en la ciudad de Chihuahua y que gracias al amor de los hijos procreados con su nuevo matrimonio, la jovencita María Cruz, encontraría un rotundo apoyo por parte de sus hermanos para que se introdujera cada vez más por el gusto a la apasionante fiesta de los toros.

“Mano Lencho” el buen banderillero y la atrevida matadora “La Rubia” que con el tiempo se  ganarían un lugar importante como tercer torera en la República mexicana. Un dúo bien “padre”, padre e hija, supieron encontrar el gusto por el ruedo, la vocación por la fiesta brava. Decía la güerita Zapien, hermana e hija de María Cruz y Florencio Zapien, respectivamente: “Mi padre lucía su gallarda figura, cuando iba a las plazas para entrar de lleno al espectáculo; alto, blanco de ojos azules y ese porte que tenía, toda una buena estampa que como su hija sentía gran admiración por él. Sí, cuando llegaba la temporada fuerte de las corridas de toros, mi padre nos llevaba para que disfrutáramos cada segundo de está tan bonita, pero estresante fiesta. Él quería que admiráramos todas las artes que se ofrecían a los centenares de personas que se daban cita al ruedo y que, se volcaba con grito rígido para sancionar o premiar al torero en turno. 

“Recuerdo que tenía escasos cinco años y como era tan pequeña, mi padre me dejaba encargada con uno de los organizadores de las entradas, pues él tenía que ir a ayudar a los toreros, lo que me provocaba mucho sentimiento porque yo quería estar con él. Era casi la muerte al estar viéndolo en un peligro constante. Lloraba tanto, me daba miedo que le pasara algo pues al ver a los enormes animales, solo me tapaba los ojos y rezaba una pequeña oración, la de la Virgen de Guadalupe que me había enseñado mi madre. Al terminar la corrida, él de inmediato iba por mí, extendía sus brazos para abrazarme haciendo yo lo mismo, pero siempre con llanto; me alentaba para que no me preocupara jamás, que todo había pasado y la corrida se había terminado. Al poco tiempo todo se borraba y disfrutaba más tarde de un paseo al lado del ser que más quería.

“En algunas ocasiones solo íbamos de espectadores, mi hermana María Cruz y demás hermanos al lado de mi padre disfrutábamos a plenitud las corridas de toros en aquella plaza desparecida llamada “Chihuahua”, donde hoy es el Hotel Tierra Blanca. Sentado a mi lado,-decía la Güerita- mi padre me contaba lo que a él le gustaba en la fiesta brava y el porqué de haber escogido ser banderillero; le causaba un gran amor por los toros y la verdad era su vida después de su familia; mi hermana “La Rubia” se encaminó a ser “matadora”; ella, quien empezaría a brillar allá por los años 30s para ser más precisos en 1935 en los ruedos del norte de la República Mexicana, y llegar a alcanzar un importante lugar en esta actividad, la verdad todos estábamos orgullosos de ambos. 

A “La Rubia” la consideraban como una hermosa muchacha norteña, del meritito Chihuahua a la que le gritaban también “Cruz, Cruz, Cruz”, vitoreándola siempre en cada intervención como “Rubia, Rubia” a la que relacionaban con sobrado cariño con su padre Florencio el banderillero. Ambos llegaron estar juntos al alternar con la torera española Juanita Cruz y con la inmortal María Cobián la “Serranita” quién durante mucho tiempo siguió toreando a pesar de la edad de sesenta años. Era una satisfacción verlos, me daba mucho gusto que juntos compartieran una parte de la enorme plaza; más que padre e hija, eran amigos que compartían la misma afición y las anécdotas eran como un tesoro valioso que repartían a todo mundo cuando platicaban sobre la fiesta de los toros…Esta crónica continuará. 

El contenido de esta crónica es con fines de investigación, sin ánimo de lucro, por lo que no viola derechos de propiedad intelectual ni derechos conexos. “La Güera” y “Mano Lencho”, grandes toreros chihuahuenses, forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si desea los libros de la colección de los Archivos Perdidos, tomos del I al IX,  adquiéralos en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros. Además, tres libros sobre “Historia del Colegio Palmore”, adquiéralos sólo en Colegio Palmore y al celular 614-148-85-03 que con gusto se los llevamos a domicilio. 

Fuentes

Entrevista con la señora doña Eva Zapien Delgado.

Capitán Israel Romero Huerta.

Libros: Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas de Chihuahua.

Para consulta de otras crónicas, en la dirección: 

https://cse.google.com/cse?cx=005609530166656930428%3Acaf9nj5edyu&ie=UTF-8&q=cr%C3%B3nicas+de+mis+recuerdos

Oscar A. Viramontes Olivas

violioscar@gmail.com

Maestro-investigador-FCA-UACh